
Histórica visita de Juan Pablo II a una mezquita
Reclamó por el diálogo interreligioso
1 minuto de lectura'
DAMASCO.- Son casi las ocho de la noche, el sol ha terminado de ponerse detrás de las colinas desérticas de esta ciudad milenaria, y el cansado y enfermo Juan Pablo II acaba de dar otro gran paso histórico. En un acercamiento sin precedente entre el cristianismo y el Islam, el revolucionario Pontífice polaco se ha convertido en el primer jefe de la Iglesia Católica en entrar en una mezquita, descalzo.
Un gesto inédito, comparable al que dio en Italia en 1986 al ingresar por primera vez en la sinagoga de Roma. Una nueva acción de gran valor simbólico, con la que el Papa polaco auspicia el diálogo y la hermandad entre las grandes religiones monoteístas.
En medio de un impresionante dispositivo de seguridad, que convirtió el corazón de Damasco en un verdadero búnker, el Papa llegó a la gran mezquita de los Omayyadi mientras miles de agentes patrullaban la zona, los techos y los minaretes de la ciudad vieja.
A bordo de su papamóvil blindado, para llegar a esa joya arquitectónica en la que musulmanes y cristianos veneran la tumba de San Juan el Bautista, conocido aquí como "Yaya", el Santo Padre atravesó una calle cubierta del fascinante suk que se levanta alrededor de la mezquita.
Allí lo esperaba una multitud de gente con banderitas vaticanas y sirias, así como pancartas de explícito contenido político: "No habrá paz sin justicia", y "¿Dónde está la paz justa sobre la Tierra de la Paz?", en alusión a la cuestión palestina.
La entrada del Papa al milenario sitio de culto musulmán fue caótica, y causó el nerviosismo de su séquito. Líderes islámicos con turbantes y túnicas, patriarcas, obispos ortodoxos y católicos, y fieles de ambas religiones, se agolpaban alrededor del frágil anciano vestido de blanco. Con muy mal semblante, visiblemente fatigado, el Papa avanzó encorvado y a pasos cortos hacia una sala adyacente a la de oración. Allí se sentó unos minutos, cerrando los ojos como para descansar, y después de que sus anfitriones le ofrecieron té, un gesto típico de hospitalidad y bienvenida, su secretario privado le sacó los viejos mocasines marrones y le puso una suerte de chinelas blancas sobre sus medias también blancas.
Emoción y temor
Un gran emoción invadió poco después la inmensa sala de oración de la mezquita de los Omayyadi, cuando el Papa hizo su ingreso. Aunque también se respiró cierto pánico, porque el Santo Padre trastabilló. Su vocero, Joaquín Navarro Valls, con cara preocupadísima, enseguida lo aferró por los brazos y lo sostuvo.
En una suerte de maratón, visiblemente agotado y rodeado por una nube de gente, el Papa avanzó apoyándose en su bastón y en su secretario privado hasta la tumba de San Juan el Bautista, un gran sepulcro cubierto por vidrios verdes que los musulmanes también veneran. Mientras todo el mundo hizo silencio, el Papa se detuvo unos minutos para orar frente al sitio donde se cree que está sepultada la cabeza del precursor.
Más tarde, avanzando sobre las bellísimas alfombras sirias que cubren el suelo de la mezquita -que Navarro Valls intentaba achatar para evitar traspiés-, el Papa llegó, agotado, al imponente patio de la mezquita, al aire libre, donde todo estaba listo para que él y el muftí de Damasco, la principal autoridad religiosa islámica, se sentaran en elegantes sillones, y poco después pronunciaran sendas palabras. Como ya se sabía, no hubo una oración común, sino declaraciones que hablan a las claras de un avance en el diálogo interreligioso que el Papa impulsa desde hace años.
Después de que un líder religioso pronunció una típica letanía, el gran muftí, que tiene la misma edad del Papa, tomó la palabra. "El islam es una religión de hermandad y paz", dijo, al destacar que tanto musulmanes como cristianos "adoramos al mismo Dios". "Alá llama a todos a la paz y a creer en el amor", siguió, al comparar la figura del profeta Mahoma con la de Jesucristo, y al subrayar que "las enseñanzas del islam son las mismas que las de la religión cristiana".
Luego, tal como hizo el presidente sirio, Bachar al Assad, el día anterior, el muftí comenzó a hablar de Al-Aqsa, la mezquita sagrada de Jerusalén, acusando directamente a Israel "de no querer dejar en paz a los musulmanes y a los cristianos".
"Los crímenes cometidos por el Estado judío en Tierra Santa, donde echan a la gente de sus casas y destruyen mezquitas, son vistos con indiferencia por todo el mundo", apuntó. Y luego pidió expresamente al Papa, "un gran huésped", que ayudara a detener las "matanzas" y a "restaurar la justicia".
Famoso lugar
Cuando le tocó su turno, el Papa se manifestó "profundamente emocionado" por haber podido ingresar en ese sitio y destacó: "El hecho de que nuestro encuentro tenga lugar en este famoso lugar de oración nos recuerda que el hombre es un ser espiritual, llamado a reconocer y a respetar la prioridad absoluta de Dios sobre cualquier otra cosa".
Karol Wojtyla estaba tan cansado que dejó que un obispo de su séquito leyera gran parte de su discurso, que auspicia que entre las dos religiones haya "un diálogo respetuoso y nunca más conflictos". "Es importante que a los jóvenes se les enseñen las vías del respeto y la comprensión para que no sean llevados a abusar de la religión misma para promover o justificar odio y violencia", sostuvo. "Auspicio que nuestro encuentro de hoy sea una señal de nuestra determinación de llevar adelante el diálogo interreligioso entre la Iglesia Católica y el Islam", agregó.
Aunque no mencionó las Cruzadas, como había hecho en Grecia, el Papa volvió a pedir perdón, esta vez a los musulmanes. "Por todas las veces que musulmanes y cristianos se ofendieron recíprocamente, debemos buscar el perdón del Todopoderoso, y ofrecer el perdón los unos a los otros. Jesús enseña que debes perdonar a quienes nos ofenden si queremos que Dios perdone nuestros pecados."
Por el diálogo
Para el final de su histórico discurso, el Papa retomó la lectura y concluyó: "Como miembros de la familia humana y como creyentes, tenemos obligaciones hacia el bien común, la justicia y la solidaridad. El diálogo interreligioso llevará a muchas formas de cooperación, sobre todo en el cumplir el deber de asistir a los pobres y a los débiles. Esto es lo que testimonia la autenticidad de nuestro culto a Dios".
Apenas terminó, el muecín de un minarete cercano empezó a llamar a los fieles para la oración del atardecer. Eran casi las ocho de la noche de un día histórico.
Renovado llamado por la paz
- DAMASCO (De una enviada especial).- "En esta tierra santa, cristianos, musulmanes y judíos están llamados a trabajar juntos, con confianza y audacia, para que pronto llegue el día en que cada pueblo vea respetados sus derechos legítimos y pueda vivir en la paz y en la comprensión recíproca."
Frente a unas 40.000 personas reunidas en el estadio Abbassayine para asistir a la primera misa que un pontífice celebra en Siria, el Papa insistió ayer en la necesidad de que haya paz en Medio Oriente. Mientras hacía este llamado, en la TV estatal que lo transmitía en directo apareció sobreimpresa la noticia de un bombardeo israelí en la ciudad palestina de Beit Jala.


