
Juan Pablo II y su relación con la Argentina
En el ultimo cuarto de siglo, los argentinos sufrimos una guerra, la de Malvinas, y estuvimos a horas de otra con Chile, que hubiera sido aun más trágica.
En ambas circunstancias estuvo cerca el Papa, que ayer celebró 25 años en la Cátedra de Pedro.
De la confrontación con Chile, nos libró el primer gran gesto de audacia de Juan Pablo II. Fue una suerte de primicia de lo que habría de ser su pontificado peregrino puesto al servicio de la paz.
A semanas de su elección, cuando el mundo y la Iglesia aún se preguntaban quién era este primer pontífice no italiano en 450 años, Wojtyla no trepidó y con su mediación impidió la tragedia. No calculó ni midió riesgos o consecuencias y respondió sin vueltas a aquella angustiosa llamada del cardenal Raúl Primatesta desde la Nunciatura de Buenos Aires.
Tres años y medio después, habiendo estallado el conflicto armado en las Malvinas, Juan Pablo II tampoco dudó y horas después de cumplir con su viaje a Inglaterra laboriosamente gestado desde mucho antes, llegó a Buenos Aires para acompañar a los argentinos horas antes de la derrota. Y en uno y otro lado bregó por la paz.
En estas horas de celebración por el aniversario del gran pontífice y aún más allá de la fe, ¿puede haber para un argentino otra manera de acercarse al acontecimiento que la de rescatar de nuestra frágil memoria aquellos dos episodios?
Diáfano, directo, sin vueltas, como lo mostró aquella decisión adoptada en las horas previas a la Navidad de 1978 habría de ser el pontificado. Y así, la casi esmirriada figura del cardenal Antonio Samoré cruzando a un lado y otro de los Andes devino una suerte de anticipo del magno sello del actual pontificado: el peregrinar.
Para confirmar la fe
Así presentó desde un principio sus viajes pastorales: peregrinar con todo el profundo sentido bíblico y espiritual que esa actitud de búsqueda y encuentro encierra para los que creen. Peregrinar hasta el corazón mismo de las más variadas situaciones geográficas y humanas; peregrinar para confirmar la fe de sus hermanos.
Con esas visitas ha sacudido las conciencias de los creyentes y de quienes no lo son para proclamar y defender la dignidad del hombre y sus derechos.
Emergía así su otra condición extraordinaria: su capacidad de comunicación, su carisma para convocar a grandes multitudes, su particular don para atraer la atención de los jóvenes, como sucedió aquella memorable noche de 1987 en la avenida 9 de Julio y sucedería a lo largo y ancho del país cuando, por fin, llegó en visita pastoral.
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