La ciudad que volvió a temblar
Evacuados y clima de nerviosismo
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NUEVA YORK.- El tremendo impacto de ver otro avión caer en picada sobre la ciudad reavivó de inmediato el miedo entre sus ocho millones de habitantes, todavía sensibles a dos meses y un día de haber sufrido el peor atentado terrorista de la historia.
"¡Dios mío, otro ataque más!, pensé en cuanto vi las imágenes en televisión", contó a LA NACION Sara Nesbitt, que trabaja en un rascacielos en el medio de Manhattan y veía la columna de humo negro proveniente de Queens, donde se estrelló el Airbus de American Airlines.
"Acababa de llegar a mi oficina y agarré de nuevo mi cartera para evacuar el edificio -dijo Nesbitt-. Había mucho nerviosismo. Todos temíamos que empezaran a llover más aviones. No sabíamos qué estaba pasando."
El inquietante ulular de las sirenas de bomberos, ambulancias y policías despertó el pánico de mucha gente. Como sucedió el trágico 11 de septiembre, todos hacían cola en la calle frente a los teléfonos públicos y se prestaban los celulares para comunicarse con sus familiares y amigos. "¿Es un acto terrorista?, ¿un accidente?", se preguntaban una y otra vez, sin encontrar una respuesta.
Mientras la noticia corría como reguero de pólvora por toda la ciudad, los puentes y túneles que comunican Manhattan con el resto de la ciudad fueron bloqueados; sólo se permitía el paso a vehículos de emergencia que iban hacia el lugar de la tragedia.
El tránsito se volvió un caos. Fueron evacuados varios edificios (entre ellos, el Empire State y las Naciones Unidas) y los desconcertados trabajadores se refugiaban en los cafés para ver la TV. En los subtes, quienes tenían walkmans mantenían al tanto de la información a otros angustiados pasajeros. El alcalde Rudolph Giuliani salió temprano a pedir calma. En vano.
Luego de haber sufrido los brutales ataques terroristas contra el World Trade Center, todo en esta ciudad se ve de otra manera. Y un accidente aéreo -si es que de eso se trató- volvió a abrir heridas, alimentó temores y provocó escenas de pánico en una población profundamente afectada por la tragedia de hace exactamente dos meses.
El fin de semana pasado, los neoyorquinos se esforzaban por recuperar la normalidad, envueltos en el espíritu prenavideño que ya se comienza a sentir en las vidrieras, decoradas con muérdagos y moños rojos, y en los Papás Noel que hacen sonar sus campanillas en las esquinas, en busca de contribuciones a obras benéficas. Pero ayer los sueños de normalidad se desvanecieron y Nueva York despertó de nuevo ante una jornada trágica, signada por el dolor y la incertidumbre. Violentamente, los hechos recordaron a los neoyorquinos su vulnerabilidad.
"Ahora ni loca me subo a un avión -aseguró a este cronista Cathleen Bennison, una joven asistente de dentista que trabaja en el Rockefeller Center-. Iba a sacar mi pasaje hoy para volar a ver a mis padres en Chicago para el Día de Acción de Gracias (la semana próxima), pero esto me decidió y me voy a ir en tren."
Como ayer era feriado (por celebrarse el Día del Veterano), mucha gente se encontraba en sus casas por la mañana y siguió, incrédula, los detalles por televisión: nuevamente se veía a bomberos combatiendo un feroz incendio en la zona de Rockaway, en Queens, y a médicos y socorristas con barbijos para protegerse del humo.
Pasado el mediodía, los nervios se fueron calmando, se abrieron los aeropuertos y todos los caminos de acceso. La ciudad volvía a recobrar su ritmo. En Times Square, David Griffith frotaba las manos de su hijo Brian, de 7 años, mientras allí parados veían las imágenes del desastre en Queens por las gigantescas pantallas de la cadena ABC. A Brian, contento por haber conseguido entradas para ver el musical del "Rey León", se le borró la sonrisa y preguntó: "Papá, ¿por qué se caen tantos aviones?"
Dominicanos en silencio
Lejos de allí, al norte de Manhattan, en Washington Heights, el barrio dominicano por excelencia, las calles estaban casi vacías. No se escuchaban las típicas canciones de merengue y salsa que desbordan los puestos de vendedores ambulantes. La mayoría seguía las noticias por radio o por el canal Univisión, dentro de los restaurantes o peluquerías, buscando datos de alguien conocido por los vecinos.
"Desde temprano estamos pegados al televisor", dijo a LA NACION Bienvenido Reyes, dominicano dueño del almacén San Antonio, en la esquina de Broadway y la calle 175. "Yo tengo un vecino que iba a viajar hoy a Santo Domingo. No sé si estaba en ese vuelo", señaló. A unas cuadras de allí, Yolanda Ramírez se secaba las lágrimas. Empleada de la agencia de viajes Blue Star Travel (Broadway y la 148), Yolanda conocía a cuatro de las personas que murieron en el avión de American Airlines. Ella misma les había vendido el pasaje la semana pasada.
"Era uno de nuestros vuelos más populares. Para éste no quedaba ningún asiento vacío, ni siquiera en primera -dijo a este cronista-. Es que muchos dominicanos, asustados por la recesión acá, se están volviendo para República Dominicana. La mayoría había comprado pasajes sólo de ida."
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