La desesperada lucha por sobrevivir antes del derrumbe de las Torres
Los pisos superiores se convirtieron en una trampa mortal para miles de personas
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Los pisos superiores de las Torres Gemelas se convirtieron, el 11 de septiembre, en una prisión de humo, fuego y escombros. Allí se registró el 69% de las muertes por los atentados. The New York Times reconstruyó el drama de esas personas desde que el primer avión se estrelló contra la Torre Norte a las 8.46 AM hasta que ambos edificios cayeron. Esta es la segunda parte de la nota, que, en la edición de ayer, incluyó los minutos previos al impacto del segundo avión.
NUEVA YORK (The New York Times).- 9.02 AM. Torre Sur. Piso 81, 57 minutos antes del derrumbe.
"Sí", dijo Stanley Prainmath a un amigo que lo llamaba para preguntar si estaba bien. En realidad, él había descendido a la planta baja de la Torre Sur, pero un guardia le aconsejó que regresara. Estaba de vuelta en su oficina de Fuji Bank. "Estoy bien", repitió.
Fueron sus últimas palabras antes de divisarla. Una sombra gris en el horizonte. Un avión que pasaba la Estatua de la Libertad. Se acercaba. Se dirigía hacia él. "Dios, hacete cargo", gritó y se escondió bajo su escritorio.
A las 9.02.54 la nariz del avión de United irrumpió en el piso de Prainmath, a cinco metros de su escritorio. Surgió una bola de fuego. Una onda expansiva lanzó computadoras y muebles por las ventanas. Y la Torre Sur se movió poniendo ferozmente a prueba su estructura. Una de las escaleras sobrevivió. Fue lo que salvó a Prainmath.
En el impacto, el avión barrió con los pisos 78 al 84. El piso 84 quedó aniquilado. Algunos lograron sobrevivir. Entre ellos, Robert Coll, Dave Vera, Ronald DiFrancesco y Kevin York. Saltaron hacia las escaleras, encabezados por un bombero, Brian Clark.
En el camino, se encontraron con dos personas: "No vayan hacia abajo; hay humo y llamas", les advirtieron. Eso cambió todo. Cientos pensaron lo mismo. Pero el humo en las escaleras eventualmente demostró ser menos peligroso de lo que parecía. Esa escalera era la única salida. Quien la encontrara estaría salvado.
Mientras el grupo discutía qué dirección tomar, se escuchó la voz de Prainmath, atrapado entre los escombros en el piso 81: "Ayúdenme. Estoy atrapado".
Clark y DiFrancesco fueron a rescatarlo. El resto del grupo optó por subir hacia la terraza.Tras ser sacado, Prainmath corrió con Clark hacia las escaleras y bajaron. DiFrancesco, sofocado por el humo, prefirió subir en busca de aire fresco. Al llegar a la puerta de la terraza se encontró con sus colegas. No podían acceder al techo, la puerta estaba bloqueada. Agotados, en medio de una pared de humo, estaban tirados en el piso. De DiFrancesco incluido. "Nos estábamos durmiendo. Pero en ese momento yo pensé: "Debo ver a mi mujer y a mis hijos una vez más". Entonces me levanté y corrí hacia abajo", contó.
9.05. Torre Sur. Piso 78, 54 minutos antes del derrumbe.
Mary Jos, funcionaria del Departamento de Finanzas de Nueva York, no recuerda cuánto tiempo estuvo tirada allí, desmayada, en el lobby del piso 78. Su primer recuerdo es el del calor ardiente. Y luego las llamaradas repentinas en el centro del piso. Fue atemorizante. Pero más horrible fue lo que vio después. Bajo el humo y las nubes de yeso había decenas de cuerpos. Sólo segundos antes esas personas -entre 50 y 200- habían estado debatiendo si debían abandonar el edificio.
El primer avión ya había impactado en la Torre Norte y ellos no estaban seguros de que debieran dejar las instalaciones. Habían sentido alivio cuando la administración de la Torre les advirtió que era más seguro quedarse.
Pero llegó el segundo avión. La punta de su ala izquierda se incrustó en el piso 78. En un instante, una luz brillante, una explosión de aire caliente y la onda expansiva destruyeron absolutamente todo.Tirada en medio de un silencio mortal y entre un cúmulo de cadáveres, Mary Jos, quemada y sangrando, pensó: "Yo no voy a morir". Es una de las 12 personas, de esos cientos que estaban en el lobby del piso 78, que sobrevivieron.
9.35. Torre Norte. Pisos 104 y 106, 53 minutos antes del derrumbe.
Tan urgente era la necesidad de aire que la gente se apilaba de a cinco en cada ventana rota, sus torsos colgando a cientos de metros de la calle. Estaban en un lugar sin retorno.
Las oficinas de la financiera CantorFitzgerald y, justo arriba, el restaurante Windows of the World, se convertirían en un hito de ese día fatídico. Cerca de 900 personas murieron entre los pisos 101 y 107.
En la sala de conferencias de CantorFitzgerald, en el piso 104, Andrew Rosenblum y otras 50 personas habían logrado protegerse del humo. "Rompimos las ventanas con las computadoras", contó Rosenblum a su amigo Barry Kornblum, a través de su teléfono celular. Pero no había escapatoria.
Desde los pisos superiores la gente ya había comenzado a saltar al vacío. Rosenblum los podía ver.
9.38. Torre Sur. Piso 97, 21 minutos antes del derrumbe.
En las oficinas de la financiera Fiduciary Trust había cada vez más humo y calor. Varios de los empleados ya habían sido evacuados. Cuando el piso comenzó a crujir, Edmund McNally, director de tecnología, llamó a su esposa, Liz. Rápidamente le advirtió sobre su seguro de vida. "Luego dijo que yo y mis hijos éramos su mundo", recuerda Liz. Después intercambiaron lo que ella pensó sería su último adiós. Pero a los pocos minutos, el teléfono de Liz sonó de nuevo. Su marido le contó que había reservado pasajes para Roma para festejar el cumpleaños de ella". "Liz, debes cancelar eso", dijo McNally. Ese fue finalmente el último adiós.
9.45AM Torre Sur. Piso 105. 14 minutos para el derrumbe.
La promesa de un santuario en el techo de la Torre Sur era tan lógica, tan irresistible, que mucha gente subió las escaleras. Fue un camino sin salida.
Vinny Camaj tenía la llave de la puerta de la terraza."Estoy en el piso 105 con unas 200 personas", le dijo a su esposa por teléfono. Pero la llave sola no podía destrabar la puerta. También se necesitaba que, desde el puesto de comando del piso 22, se apretara un botón. Y el puesto ya había sido evacuado.
Unos pocos afortunados se habían dado cuenta de que la escalera A estaba semidespejada y conducía hacia la calle. Pero ese dato nunca llegó a los que trataban de escapar de los pisos superiores.
Los techos caían. Los pisos cedían. Las llamadas de teléfono se cortaban. La Torre Sur había comenzado a derrumbarse.
10.00. Torre Norte. Piso 92, 28 minutos antes del derrumbe.
"Mamá -preguntó Jeffrey Nussbaum-, ¿qué fue esa explosión?" Desde Oceanside, a 40 kilómetros de Nueva York, Arline Nussbaum podía ver por televisión lo que su hijo no podía desde sus oficinas de la empresa Carr Futures, en el piso 92. Arline recuerda sus últimas palabras: "La otra Torre se acaba de caer", Arline le dijo a su hijo.
"¡Oh, mi Dios! -respondió Jeffrey-. Te quiero".
Y la línea de teléfono se quedó muda. La Torre Norte, impactada por el avión de American Airlines 16 minutos antes que la Torre Sur, todavía estaba en pie. Aún así, moría, más lentamente, pero moría.
A las 10.18, Tom McGinnis, otro empleado de Carr Futures, atrapado en la sala de reuniones del piso 92, sólo dos pisos abajo de la zona de impacto, pudo finalmente encontrar a su esposa, Iliana. "Esto se ve muy mal", dijo Tom.
Algo en la voz de su marido ponía muy nerviosa a Iliana.
"Tom, ¿estás bien?", lo interrogó.
"Estamos en el piso 92 en una sala de la que no podemos salir -respondió. Te quiero. Cuídala a Caitlin (su hija)."
Eran las 10.25 . El fuego era imparable en el piso 92. Tom McGinnis dijo nuevamente a su esposa que la quería. "No me cortes", imploró Iliana. "No, debo tirarme al piso", respondió Tom. Y, con eso, la comunicación se cortó.
Eran las 10.26. Dos minutos antes de la caída de la Torre Norte. El World Trade Center había enmudecido.






