
La educación de sus herederos, un desafío para la realeza europea
Debe adaptarse a los tiempos que corren; ahora se trata de integrarlos con chicos de todas las clases
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LONDRES.- Frágil y pequeñita como es, Catherina-Amalia ya le está quitando el sueño a la entusiasmada familia real de Orange. No tanto con su llanto nocturno -natural en toda bebita, haya nacido o no con una cuchara de plata en la boca- sino con el duro dilema de tener que decidir, en tiempo récord, cuál será su educación.
La preocupación no es prematura. Instruir a la realeza nunca fue tarea fácil y la responsabilidad tampoco se ha visto reducida por la disminución en poder de las monarquías parlamentarias. La cuestión será pronto debatida en forma pública en Holanda y para entonces la familia real tendrá que estar en condiciones de presentar un plan de acción capaz de satisfacer tanto a la mayoría de los holandeses como a la pequeña aludida.
La hija de la argentina Máxima Zorreguieta y Guillermo Alejandro corre con dos ventajas: haber nacido en el siglo XXI y en un país acostumbrado al matriarcado, un régimen que ella misma revivirá cuando herede el cetro.
Su abuela, la reina Beatriz, recibió una de las educaciones más adelantadas de su época. Lejos de ser criada por niñeras -como lo fue su contemporánea Isabel II-, Beatriz fue a una guardería y una escuela primaria convencional tanto durante su exilio en Canadá, durante la Segunda Guerra Mundial, como de regreso en Holanda.
Más tarde ingresó en El Taller, la famosa escuela del pacifista Kees Boeke, y en el Incrementum, parte del Liceo Baarns donde aprendió arte y literatura clásica. En la Universidad de Leiden estudió sociología, jurisprudencia, economía, historia parlamentaria, derecho constitucional, tomó clases especiales sobre las culturas del Surinam y de las Antillas Holandesas para terminar con un título en abogacía.
Su educación se diferenció en años luz de la de su propia madre, la reina Juliana, a quien se le creó una pequeña clase de niños de su misma edad en el palacio de Huis ten Bosch para que pudiera ser educada allí por un tutor.
De este lado del Canal de la Mancha, la reina Victoria, al frente del mayor imperio en la historia de la humanidad, fue educada por su gobernanta Louise Lehzen y por el odiado reverendo George Davys, quien limitó sus estudios a la religión, el latín, la historia y la geografía.
Un siglo más tarde la situación sería mejor, pero el sistema de clases privadas permanecería intacto. La futura Isabel II y su hermana la princesa Margarita fueron educadas primero por tres niñeras. Cuando, tras la abdicación de Eduardo VIII, la familia se mudó al Palacio de Buckingham, las niñas empezaron a recibir clases de derecho e historia constitucional. En medio de la Segunda Guerra Mundial, las jóvenes recibieron lecciones adicionales de historia europea y francesa por parte de la vizcondesa de Bellaigue, una noble belga.
Quizá descontenta con el resultado de su aislamiento escolar, Isabel II y el duque de Edimburgo decidieron enviar a su primogénito a la exclusiva escuela primaria Cheam School, en Berkshire. Pero allí pronto constataron con horror el interés que suele desatar un heredero de la corona en la prensa. Tuvieron que convocar a los editores de todos los diarios para rogarles que detuvieran la cobertura.
La tregua informativa se mantuvo hasta que Carlos comenzó lo que él mismo ha calificado de "encarcelamiento" en Gordonstoun, un internado en el noroeste de Escocia donde fue sometido a un régimen espartano de duchas de agua fría, luchas a puño limpio y golpes en la cabeza cada vez que osaba roncar en medio de la noche.
"Esto es un absoluto infierno -confesó el pobre Carlos en una carta a su niñera Mabel Anderson-. Aquí tengo miedo hasta de dormirme."
Sus padres lo habían enviado allí, en lugar de a Eton, con la intención de que entrara en contacto con "gente de todas las clases". Lo que ignoraban era que los aranceles de Gordonstoun eran lo suficientemente caros como para excluir a niños pobres y de clase media.
Carlos quedó aislado en un grupo social de alto poder adquisitivo pero que resentía los privilegios de la nobleza. William Boyd, uno de los pocos amigos que cosechó durante sus cuatro años de educación en Escocia, asegura que la frase favorita de sus compañeros era: "¡Ja! Acabamos de golpear en la nariz al futuro rey de Inglaterra".
Y allí no terminaría la seguidilla de humillaciones. Unos ensayos escritos por Carlos desaparecieron en Gordonstoun para aparecer publicados en la revista alemana De Stern, que pagó 1700 dólares al alumno que los suministró.
Esto explica quizá por qué Carlos y la princesa Diana acordaron enviar a William y Harry a la tradicional Eton. Allí los dos príncipes se codearon con jóvenes de otras casas reales y con hijos de importantes empresarios, académicos y miembros de la nueva "realeza de la celebridad": hijos de pop-stars y actores famosos. En una atmósfera de igualdad dentro de una misma clase social, William apenas se diferenció del resto por tener un baño privado.
A la luz de la experiencia de su papá, la educación de Catherina-Amalia será probablemente menos elitista. El príncipe Guillermo fue a una escuela protestante en La Haya a la que accedían niños de todo origen y, como su madre, estudió en la Universidad de Leiden, en su caso en la cátedra de historia moderna, para luego hacer un máster en recursos hidráulicos.
Todas las monarquías europeas se esfuerzan por dar a sus hijos la formación más normal posible. La princesa Victoria, futura reina de Suecia, fue alumna de varias escuelas públicas en su país para tomar luego clases de política en la universidad norteamericana de Yale. El príncipe heredero danés Federico aprendió el abecé con un tutor privado en el palacio de Amalienborg, pero pronto fue inscripto en un colegio público de Copenhague para terminar alcanzando una licenciatura en ciencias políticas en Harvard.
"Sin distinciones"
El español Felipe de Borbón cursó el preescolar, la primaria y el bachillerato en el colegio católico Santa María de los Rosales, "donde se integró sin distinciones" (según destacan en el palacio real), para licenciarse más tarde en derecho y economía en la Universidad Autónoma de Madrid, en relaciones internacionales en la Universidad de Georgetown (en Washington) y seguir más tarde una carrera militar que comenzó como soldado raso.
Pero sería pueril presumir que la nueva bebita de la familia Orange tendrá una infancia convencional. Después de todo, ¿cuántas son las niñas en el mundo que aun antes de nacer provocan una convocatoria de urgencia del gabinete nacional? En su caso fue para cambiar el saludo tradicional previsto para una princesa de 51 cañonazos por uno de 101 destinado hasta entonces sólo a un heredero varón.
Cuesta, por lo tanto, no coincidir, con un dejo de melancolía, con lo dicho por el príncipe Carlos a su biógrafo Jonathan Dimbleby: "No puede haber nada de convencional en la vida de una persona cuyos progresos y tropiezos académicos son revelados y discutidos por todos bajo el principio de que, cuando se trata de la realeza, el público siempre tiene derecho a saber".
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