Traductor de las “Mil y una noches” y también el “Kamasutra”, vivió una larga lista de hazañas en sus 79 años
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Hay biografías que parecen no caber en una sola vida. La del explorador, espía, diplomático, militar, traductor e investigador antropológico británico Richard Burton da la impresión de estirarse más allá del espacio y el tiempo para intentar albergar todas las hazañas y controversias de sus 79 años de vida.
El aventurero más extravagante de la época dorada de la exploración victoriana hablaba 26 idiomas —40 contando los dialectos que también dominaba—, se infiltró tanto en La Meca como en burdeles masculinos de Karachi, buscó las fuentes del Nilo y tradujo las “Mil y una noches” y también el “Kamasutra” para la pudorosa sociedad británica, convirtiéndolo en uno de los libros prohibidos más pirateados de la lengua inglesa.
Pero Burton no solo viajó por el mundo para ampliar las fronteras del imperio británico, también exploró “otras cosas que habrían dado a la reina Victoria un infarto fulminante: dioses y religiones exóticas, drogas experimentales y, sobre todo, sexo y erotismo”, señala el escritor y académico británico Redmond O’Hanlon en su serie sobre exploradores decimonónicos.
“Unos lo describen como un genio. Otros creen que fue un pervertido”. Nacido en Torquay, en el suroeste inglés en 1821, Burton se crio en distintos países de Europa, entre ellos Francia e Italia, donde se estableció con su familia. Dotado de una sorprendente capacidad para los idiomas —así como falta de modestia—, Burton aseguraba que aprendió latín con tres años y griego con cuatro.
Fue admitido en el Trinity College de Oxford, donde Burton aprendió árabe, cetrería, perfeccionó la esgrima, se dejó crecer un “espléndido bigote” que le obligaron a afeitar, se aburrió, rompió reglas y fue finalmente expulsado en 1842 por asistir a unas carreras de relevos sin permiso.
Cuando fue amonestado por las autoridades universitarias, él les reprochó que trataran a los estudiantes como niños, “hizo una ceremoniosa reverencia” y se marchó. Pero lo hizo con estilo: alquiló un coche de caballos con otro alumno infractor y se alejaron cabalgando por la calle principal de Oxford, tocando una trompeta de hojalata, despidiéndose de los amigos y besando las manos de las dependientas. Esta teatralidad y rebeldía lo acompañó toda su vida, y le valió un apodo: “Dick el rufián”.

Él mismo se definía como “un vagabundo, un extraviado…Un destello de luz, sin rumbo fijo” y, quizás por su infancia en Europa, lejos de su país de origen, se quejaba de que “Inglaterra es el único país donde nunca me siento en casa”.
Distintas biografías lo describen como un hombre de superlativos y excesos, que frecuentaba tanto los burdeles como las bibliotecas, las tabernas y las drogas, con una gran cultura y una curiosidad infinita que lo impulsó a explorar las distintas sociedades por las que viajó.
El informe de Karachi
Una anécdota demuestra hasta qué punto Burton vivió intensamente y sin miedo a adentrarse en cuerpo y alma en todo aquello que le rodeaba. Tras abandonar Oxford, Burton se unió al ejército de la Compañía de las Indias Orientales, donde sirvió bajo el mando del despiadado general Charles Napier.
Burton aprendió gran parte de las lenguas locales —como gujarati, punjabi, telugu, pastún, marathi e hindustaní— además del persa y el árabe, que ya dominaba, lo que lo convirtió en un importante activo para los servicios de inteligencia.
Para camuflarse entre la población local y conseguir entrar allí donde el hombre blanco nunca podría poner el pie, Burton se dejó crecer el cabello hasta los hombros, así como una poblada barba larga. Se teñía además con henna manos y piernas y se hacía llamar “Mirza Abdullah”, afirmando que era un comerciante del golfo, de ascendencia arabe-persa para camuflar sus posibles errores de pronunciación.
Al ser el único oficial británico que podía hablar sindi, la lengua de la región en la que se encontraba Karachi, Napier le encomendó en 1845 que investigara los burdeles homosexuales de la ciudad, con el objetivo de poner fin a la prostitución masculina.
Acompañado de amistades locales que había conocido, “Mirza Abdullah” visitó noche tras otra distintos burdeles y desempeñó, al parecer, su trabajo con tal atención al detalle que, en la pudorosa sociedad victoriana, causó un gran revuelo, dañando su futuro en el ejército para siempre.
El hecho de que reportara que gran parte de los clientes de estos lupanares eran soldados y oficiales británicos tampoco ayudó a su carrera, según algunas biografías.
Destino La Meca
Burton volvió entonces a Inglaterra, donde escribió varios libros sobre las costumbres de los diversos pueblos indios, pero el gusanillo de la aventura y la exploración no lo abandonó.
Uno de sus grandes deseos había sido visitar La Meca y Medina, las ciudades santas y lugar de peregrinación de los musulmanes, cuya entrada estaba —y está— prohibida a los que no profesan esa fe. Por aquel entonces, el castigo para aquellos que violaban este veto era la muerte.
Pero eso no acobardó a Burton, que pasó años estudiando “teología musulmana, aprendió gran parte del Corán de memoria y se convirtió en un ‘experto en la oración’”, según la exhaustiva biografía que de él escribió Thomas Wright, “La vida de Sir Richard Burton”, en 1909.
Para camuflase esta vez adoptó la apariencia de un doctor pastún, haciéndose llamar “Sheij Abdullah” y asegurando que procedía de la zona de Afganistán. Se rapó la cabeza y se dejó otra vez crecer la barba. Incluso, según afirmó un amigo suyo, se hizo circuncidar, para dar aún más realismo al personaje.
De esta forma, Burton viajó de Inglaterra a El Cairo en 1953, donde compró su atuendo de peregrino y ultimó sus preparativos para partir a la tierra santa del islam, no sin antes irse de borrachera con un capitán albanés al que acababa de conocer. Cuando se corrió la voz, Sheij Abdullah consideró que era mejor partir cuanto antes.

Inició un viaje en camello hasta Suez a través de “una tierra yerma e infestada de bestias salvajes y hombres aún más salvajes”, relata la biografía escrita por Wright.
En Suez conoció a algunos habitantes de Medina y La Meca, que iban a ser sus compañeros de viaje, entre ellos “Sa’ad el Demonio”, “un negro que llevaba dos cajas con ropa elegante para sus tres esposas de Medina”, y Sheij Hamid, “un ‘árabe larguirucho y apestoso de sudor’, que nunca rezaba sus oraciones porque le daba pereza sacar ropa limpia de su caja”.
Este tipo de detalles anecdóticos hicieron de libro sobre el viaje, “Peregrinaje a Medina y La Meca”, un gran éxito en la Inglaterra tan prejuiciosa como ávida de exotismo. Tras una travesía en barco, arribó al puerto de Yambu y de ahí consiguió llegar hasta Medina después de ser atacados en el camino por beduinos.
Visitó los lugares santos de la ciudad, y presenció la entrada en Medina de una “gran caravana procedente de Damasco, compuesta por 7000 personas: grandes señores en magníficas literas verdes y doradas, enormes dromedarios sirios blancos, caballos y mulas ricamente enjaezados, devotos hajis (peregrinos), vendedores de sorbetes, aguadores y una multitud de camellos, ovejas y cabras”. Cómo no quedar seducido ante tal espectáculo.
Se unió a una caravana hacia La Meca, a la que llegó el 11 de septiembre de 1853. Allí, como un miembro más de la umma, la comunidad islámica, completó todos los ritos religiosos: dio siete vueltas a la Kaaba, la construcción sagrada hacia la que los musulmanes orientan su oración, e incluso, generando un pequeño rifirrafe con unos persas a los que su criado Mohamed insultó llamando cerdos, se abrieron paso hasta lograr besar la Piedra Negra, la roca sagrada que se encuentra engarzada en una esquina de la Kaaba.
“Mientras la besaba y frotaba mis manos y mi frente contra ella, la observé detenidamente y salí convencido de que se trataba de un aerolito”, escribió Burton. Burton, que tomó notas e hizo a escondidas bocetos de la Kaaba, pensó que, de todos los fieles que lloraban aferrándose a las cortinas que cubren el santo lugar, ninguno sentía una emoción más profunda que él, aun reconociendo que el suyo era “el éxtasis del orgullo satisfecho”.
Es posible que Burton no fuera el primer occidental en entrar a La Meca, pero sí fue el primero en narrar con prolijidad los ritos y costumbres musulmanas, sin escatimar en detalles sobre su aventura, alimentando así su propia leyenda.
En busca de las fuentes del Nilo
Su libro fue un éxito, pero él, en lugar de regresar a Inglaterra para disfrutarlo, decidió viajar a otro lugar entonces prohibido a los no musulmanes: la ciudad de Harar, en el Cuerno de África. Llegó allí vestido esta vez de mercader turco, y logró que el amir (príncipe) de la ciudad le permitiera alojarse durante 10 días.
Burton era arrojado, pero no un inconsciente, como señala Thomas Wright: “Cuando pensaba que se encontraba bajo el techo de un príncipe intolerante y sanguinario, cuyas sucias mazmorras resonaban con los gemidos de prisioneros encadenados y medio muertos de hambre, entre un pueblo que detestaba a los extranjeros, él, el único europeo que había cruzado jamás su inhóspito umbral, se sentía naturalmente incómodo”.
Conquistado Harar en su lista de hazañas, Burton puso entonces sus ojos en las legendarias fuentes del Nilo, un misterio que corroía la curiosidad de muchos exploradores.

De las dos principales ramas que alimentaban el río, se sabía que el Nilo Azul tenía su origen en Etiopía, pero se desconocía dónde nacía el Nilo Blanco.
Un primer intento de llegar a las fuentes se vio frustrado cuando su expedición, en la que también participaba el oficial inglés y explorador John Speke, fue atacada por unos 300 nativos en Berbera. Los guerreros mataron a algunos miembros del grupo e hirieron a Speke en el hombro y las piernas, y a Burton le clavaron una lanza en la cara que le dejó su característica y temible cicatriz en el rostro.
Tras un viaje a Inglaterra para curarse, y su paso por la guerra de Crimea, adonde fue voluntario, —así de rica en vivencias fue su vida—, Burton retomó la aventura del Nilo. Partió desde la isla de Zanzíbar con Speke y 132 porteadores. En lugar de remontar el Nilo río arriba, Burton pensó que la forma más rápida de encontrar las fuentes sería atravesando el continente desde el Índico.
La expedición sufrió todos los males posibles, atravesando selvas, cenagales y sufriendo las picaduras de todo tipo de insectos, por lo que Burton y Speke llegaron finalmente al lago Tanganika, que ningún hombre blanco conocía ni había visto hasta entonces, enfermos de malaria y medio ciegos.
Speke se recuperó más rápido y, al comprobar ambos que el lago Tanganika no era la fuente del Nilo, emprendió el camino hacia otra gran masa de agua que, según los hombres, había a varias semanas de viaje hacia el norte, dejando a Burton atrás recuperándose.
Speke llegó al hoy conocido como lago Victoria, que nombró en honor de la monarca británica, y concluyó que había resuelto el misterio. Pero su hallazgo le llevó a una agria confrontación con Burton, que no quiso creerle. La disputa se fue acrecentando una vez que regresaron a Inglaterra. Una segunda expedición de Speke al lago Victoria confirmó su teoría, manchando aún más la reputación de Burton. Pero no fue la última aventura de este explorador.
Cónsul y traductor
Viajó a Estados Unidos para estudiar a los mormones en Salt Lake City, sobre los que escribió un libro, “La ciudad de los santos”.
Se casó con una aristócrata y fue enviado como cónsul a Fernando Poo, la capital de la entonces colonia española Guinea Ecuatorial, desde donde lanzó más expediciones a distintos puntos de África, escribiendo al menos otros cinco libros más sobre las costumbres de los pueblos que conocía, así cómo sus fetichismos, canibalismo y rituales sexuales. Fue también cónsul en Santos, Brasil, donde tradujo a Luís de Camões, y luego en Damasco, hasta que, en 1872 aceptó el consulado de Trieste, en Italia, su último destino.

Allí, lejos del exotismo que persiguió toda su vida, se dedicó a la literatura. Escribió sobre Islandia y los etruscos, tradujo a Catulo y a Giambattista Basile. Burton viajaba ahora con la imaginación y su propia erudición. Puede que fuera esa propia curiosidad desacomplejada, sobre todo en lo que a los aspectos más íntimos de las relaciones humanas se refería, la que finalmente le proporcionó los réditos para vivir una vejez acomodada.
Arriesgándose a ser encarcelado, tradujo y publicó en secreto el “Kama-sutra”, trayendo a occidente la sabiduría sexual de los manuales orientales sobre el amor, así como una versión sin censurar de “Las mil y una noches”, que acompañó de ensayos sobre pornografía, homosexualidad o educación sexual para mujeres.
“Traduzco un libro dudoso en mi vejez y de inmediato gano 16.000 guineas. Ahora que conozco los gustos de Inglaterra, nunca nos faltará dinero”, dijo, al parecer, a su esposa Isabel.
Ella, católica practicante, no parecía estar tan cómoda con los gustos de su esposo. El día después de fallecer Burton, Isabel entró en el estudio de su marido y, temerosa de la reputación póstuma que perseguiría a su esposo en la pudorosa sociedad victoriana, quemó varios manuscritos.
Entre ellos estaba una nueva traducción del manual amoroso árabe del siglo XV, “El jardín perfumado”, en la que había pasado los últimos 14 años trabajando y que incluía un último capítulo sobre homosexualidad que nunca antes había sido traducido. Hubo que esperar casi 100 años para que otra traducción pudiera ver la luz.
Por Paula Rosas
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