La guerra no acabó con la limpieza étnica

Hoy, los perseguidos son los serbios, víctimas de la venganza albanesa y del fracaso pacificador de la KFOR, la fuerza multinacional.
Hoy, los perseguidos son los serbios, víctimas de la venganza albanesa y del fracaso pacificador de la KFOR, la fuerza multinacional.
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24 de marzo de 2000  

Pristina.- El general Wesley Clark celebrará hoy en la ciudad de Mitrovica, en el norte de Kosovo, el primer aniversario de la guerra que las fuerzas de la OTAN a su mando libraron exitosamente contra Yugoslavia.

Sus palabras se oirán muy distinto a los dos lados del río que divide la ciudad en partes étnicamente homogéneas. En el Sur, controlado por los mayoritarios albano-kosovares, será saludado como un liberador; en el Norte, donde se defienden en minoría los serbio-kosovares, lo sentirán como el insulto que se añade a la injuria.

Para después de las 20, hora en que cayó la primera bomba aliada el 24 de marzo de 1999, los albaneses han planificado fiestas. A esa misma hora, del lado serbio de Mitrovica se hará sonar la sirena de alarma, en memoria de su sufrimiento de hace un año y su agonía actual.

Ese día, la OTAN, originalmente una alianza defensiva, lanzó la primera guerra de agresión de su historia, sin aval alguno de las Naciones Unidas, para evitar la matanza y expulsión de los albano-kosovares por las tropas serbias, y para imponer una "democracia multiétnica" en esta provincia de Yugoslavia.

El 9 de junio siguiente, después de una campaña exclusivamente aérea que, según reconocen ambas partes, no costó grandes bajas militares pero sí daños graves a la economía y el bienestar de los yugoslavos, el ejército de ese país firmó la rendición y aceptó retirar sus tropas de Kosovo, que fue ocupada por la KFOR, la fuerza multinacional montada por la OTAN.

Pero los objetivos políticos de la guerra no han sido conseguidos hasta hoy. La presencia de la KFOR no ha podido evitar que los albano-kosovares, que en un 50% fueron deportados pese al bombardeo aliado, tomaran venganza a su regreso y persiguieran, mataran o expulsaran a más de 200.000 serbios que, en su gran mayoría, los habían visto partir con indiferencia o placer y ahora viven, a su vez, como refugiados en Serbia o Montenegro.

La presencia de la KFOR no ha conseguido -pese al desarme del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), la principal guerrilla de "liberación" albanesa- que un nuevo grupo armado surgiera bajo sus narices y se lanzara a incursiones en el sudeste serbio.

Persecuciones

La presencia de la KFOR en Kosovo tampoco ha inhibido a las tropas serbias expulsadas y aún bajo el mando de Slobodan Milosevic -que todavía gobierna desde Belgrado con puño de hierro- de perseguir a albaneses en esa misma zona en que actúa esta nueva guerrilla, lo que renueva el ciclo que engendró la guerra de hace un año.

Y, finalmente, el compromiso de conservar a Kosovo dentro de Yugoslavia no ha podido ser mantenido. Por el contrario, desde entonces se han adoptado nuevas instituciones -en las que no participan los serbios-, circula otra moneda (el marco alemán) y el control de las fronteras ha quedado en manos de la OTAN y no de la policía yugoslava, como preveía el acuerdo de paz.

La situación de la minoría serbia en Kosovo es desesperante. Sólo le es posible vivir bajo la custodia estricta de las tropas de la KFOR para evitar represalias de sus vecinos albaneses.

Por su parte, los líderes del lado serbio de Mitrovica -el principal enclave de esta etnia en el Kosovo actual- tienen una sola política: mantener la separación entre ambas comunidades y reivindicar su ligazón con Belgrado, de donde recibe ayuda, víveres y dinero, además de -según han denunciado voceros de la OTAN y de la ONU- paramilitares dispuestos a mantener el enfrentamiento.

El principal factor es la amenaza albanesa. Así, los serbios que trabajan con la administración internacional deben vivir recluidos en Kosovo Polje y ser escoltados. Otros viven con puerta blindada y en secreto en Pristina, según vio el comandante mayor Carlos Blanco, jefe de la policía regional del Oeste. O tienen que esperar, como seis ancianas que viven en Djakovica y se niegan a marcharse, a que alguno de los ocho soldados italianos que las custodian vuelva con las compras del día.

Lo comprobó personalmente el capitán de navío Jorge Gómez, que actúa como enlace argentino con la administración de la ONU en Pec. La camioneta de la ONU en que viajaba hacia un vecindario serbio esquivó por rutina un pequeño montículo de papeles blancos en la ruta de acceso; la siguiente se detuvo a examinarlo. Era una mina dejada allí apenas poco antes; la ruta era sólo utilizada por los serbios y los funcionarios internacionales que los custodian y atienden sus necesidades. No era difícil adivinar quién la había puesto.

En esas condiciones, no hace falta la propaganda de Belgrado para que los serbios que se fueron no quieran volver. Hasta el máximo responsable del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), Sadako Ogata, dijo ayer que "la situación de seguridad es tal que no podemos promover en lo inmediato retornos" de ciudadanos serbios a Kosovo.

Otra guerrilla

Existen, en cambio, nuevas razones para irse. Un nuevo grupo, el llamado Ejército de Liberación de Presheva, Bujanov y Medvexa (Elpbm, o Ucpbm en albanés), usa el este de Kosovo como base para hacer incursiones en el sudeste de Serbia, en lo que consideran la "liberación de Kosovo Oriental".

Ya no se sabe si fue primero el huevo o la gallina. Campesinos albaneses de esa zona dicen que tropas serbias expulsadas de Kosovo comenzaron hace meses a presionarlos y que el grupo armado surgió como autodefensa.

Lo cierto es que el ciclo de violencia y éxodo ha vuelto a comenzar en menor escala. Según Peter Kessler, vocero del Acnur, hasta la semana pasada unos 8000 albaneses habían dejado el sudeste de Serbia para asilarse en Kosovo.

En el refugio del Acnur de la ciudad de Gjilan, cerca de la frontera con Serbia, una familia que llegó el viernes último aseguró a La Nación que los problemas comenzaron cuando fuerzas especiales de la policía serbia salieron de Kosovo por imposición de la OTAN y se instalaron en esa zona, donde no pueden actuar militares, ni paramilitares, ni la policía política de Milosevic.

Aseguran que en su pueblo sólo quedan los viejos y los que no han encontrado el modo de huir. Dicen que cientos viajan hacia Kosovo por las montañas, en ómnibus o a pie. Que los policías serbios les hacen la vida imposible, nadie tiene trabajo y son amenazados todo el día. Que nadie se atreve a salir a la calle. Y que no quieren que su nombre aparezca en los periódicos.

Cuando el cronista les pregunta por el Elpbm, responden que lo conocen y que se trata de albaneses que compraron armas en Macedonia, Serbia y Kosovo para defenderse de la policía. Y que la pelea empezó en Dobrosin, un pueblo de la frontera cuando los serbios quisieron entrar y los albaneses se defendieron a tiros.

Según Kessler, vocero del Acnur, la entrada masiva de albaneses de Serbia en esta zona de Kosovo ha alarmado a los 30.000 serbios que aún viven en ella protegidos por tropas de la OTAN. "Es un patrón común -comenta-. El desplazamiento de unos provoca el de los otros."

Con el futuro incierto, el presente es aún la continuación del pasado. Tanto Dobrosin como Mitrovica son la prolongación de la "limpieza étnica" que la guerra de hace un año se propuso frenar y que no consiguió ni en un caso ni en otro. Por ahora, sólo ha girado el péndulo hacia el lado contrario; el tiempo dirá dónde se detendrá.

El papel de la Iglesia Ortodoxa

PRISTINA (De un enviado especial).- Sólo el arzobispo serbio ortodoxo Artemije, desde su residencia en el pueblo de Gracanica -a pocos kilómetros al este de esta ciudad-, ha intentado una reconciliación: criticó públicamente a Milosevic por los crímenes cometidos, se mostró dispuesto a compartir una administración común entre las distintas minorías bajo el auspicio de Naciones Unidas y pidió, a su vez, un arrepentimiento de los albaneses por su persecución de los serbios.

Pero hasta en los monasterios la realidad es más compleja. Para la Iglesia Ortodoxa serbia, Kosovo es la esencia de su identidad: allí nació como Iglesia, en el siglo XII, y allí se conservan sus principales monasterios, 80 de los cuales han sido destruidos por la furia albanesa desde que la OTAN tomó el control de la provincia.

En el más importante de ellos, la iglesia fundada por San Sava en el siglo XII, donde han sido ungidos todos los patriarcas ortodoxos serbios, apenas sobrevive un puñado de sacerdotes y monjas protegidos por tropas italianas.

"Esto no es un monasterio, es un búnker", se lamenta con algo de humor el padre Pietr (38), que recibe al hieromonk (sacerdote y monje) Jovan Culibrk, perdido admirador de Jorge Luis Borges, Para Culibrk, como para Pietr, el enemigo es claro: el comunismo. Las guerras de disolución de la ex Yugoslavia han sido guerras entre comunistas que se peleaban sus despojos. "Han sido guerras políticas, enmascaradas detrás de la religión", explica Culibrk.

Esto les permite criticar a Milosevic y al mismo tiempo defender la identidad serbia de Kosovo, que definen como "espiritual" y ligada a la Iglesia. Culibrk acepta "que debo arrepentirme personalmente por no haberme acercado a la comunidad albanesa".

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