La inteligencia humana prevalecerá sobre la inteligencia artificial
Cuanto más puedan hacer las máquinas, más claro se vuelve aquello que solo los seres humanos pueden aportar
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WASHINGTON.- Permítanme empezar con una advertencia. He notado que, en esta temporada de ceremonias de graduación, algunos discursos han provocado algunos abucheos por parte de los estudiantes. Así que probablemente debería advertirles que estoy a punto de pronunciar las dos letras más provocadoras hoy en día: IA. inteligencia artificial.
Pero, en realidad, no quiero hablarles de IA. Quiero hablarles de IH: inteligencia humana.
Cada generación se ha enfrentado a tecnologías transformadoras que parecían destinadas a sobrepasar a la humanidad: la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, internet. Todas inspiraron asombro y pánico en igual medida. Y ahora llega la madre de todas ellas: la IA, capaz de escribir ensayos, componer música, diagnosticar enfermedades, realizar matemáticas de alto nivel, generar videos, aprobar exámenes profesionales y conversar con una fluidez inquietante.
La gente se pregunta naturalmente: “¿Qué les quedará por hacer a los seres humanos?”. Pero quizás esa sea la pregunta equivocada.
La mejor pregunta es: “¿Qué nos dice la IA sobre todas las cosas que los seres humanos ya hacemos, y que hacemos de manera distintiva e irremplazable?”. La respuesta, creo, es profundamente esperanzadora.
Consideremos primero el auténtico milagro del cerebro humano.
Un cerebro humano pesa alrededor de un kilo y medio. Funciona con aproximadamente 20 vatios de energía, más o menos lo que se necesita para iluminar tenuemente una bombilla de refrigerador. Entrenar algunos de los sistemas de IA más avanzados del mundo requiere centros de datos que consumen cientos de millones de vatios de electricidad, suficiente para abastecer ciudades enteras.

Estas instalaciones se extienden a lo largo de cientos de hectáreas, llenas de enormes servidores, gigantescos sistemas de refrigeración y kilómetros de cables. Mientras tanto, tu cerebro de apenas un kilo y medio permanece silenciosamente dentro de tu cráneo, consumiendo menos energía que un cargador de computadora portátil. Y aun así puede hacer cosas que todavía desconciertan a las máquinas.
Un niño pequeño puede reconocer instantáneamente una cara en condiciones de poca luz, comprender el tono y la emoción, desplazarse por una habitación llena de gente, aprender el lenguaje a través de la interacción social, inferir intenciones y captar contextos, todo ello sin esfuerzo. Los seres humanos podemos comprender la ironía, la ambigüedad, el afecto, la vergüenza, el amor, la culpa, el humor y la nostalgia. Podemos percibir el ambiente de una habitación. Podemos detectar la tensión en el silencio. Podemos advertir la falta de sinceridad detrás de una sonrisa.

Las máquinas son asombrosamente buenas para el análisis. Pero los seres humanos hacemos algo más. Vivimos en un mundo complejo habitado por otros seres humanos.
El científico informático Yann LeCun ha señalado que la inteligencia humana no es simplemente computación. Es experiencia encarnada, comprensión social y cognición emocional acumuladas sobre millones de años de evolución. Tal vez deberíamos dejar de imaginar a los seres humanos como computadoras inferiores.
A menudo reducimos la inteligencia a formas estrechas de razonamiento analítico, precisamente aquellas que las máquinas pueden optimizar. Pero, como recuerda el escritor Michael Pollan, la conciencia humana es mucho más rica y misteriosa que eso.

Una máquina puede escribir un poema triste, pero no puede llorar en un funeral. Puede generar una carta de amor, pero no puede enamorarse. Puede describir el miedo, pero no puede permanecer despierta a las tres de la mañana preguntándose si ha desperdiciado su vida. Y esto importa porque las dimensiones más importantes de ser humano son las experiencias que vivimos.
Cuanto más poderosa se vuelva la IA, más podríamos redescubrir cuánto valoramos aquello que es distintivamente humano.
Ya hoy proliferan en internet por millones novelas, ensayos, pinturas, canciones y videos generados por IA. Técnicamente, algunos son impresionantes. Pero a la mayoría de las personas no les importan demasiado. ¿Por qué? Porque el arte tiene tanto que ver con el ser humano que está detrás de él —o incluso más— como con el producto final. Nos relacionamos con el arte porque proviene de otro ser humano.
Cuando leemos una novela de Charles Dickens, Toni Morrison o Gabriel García Márquez, no solo consumimos palabras elegantemente ordenadas en una página. Entramos en su conciencia. Nos importa que otro ser humano haya luchado, sufrido, imaginado, dudado, esperado y que de algún modo haya transformado todo eso en lenguaje. Esos escritos nos conmueven porque son, en cierto sentido, imperfectos.
El mayor poeta de la lengua inglesa, John Keats, hablaba de la negative capability (“capacidad negativa”), es decir, la capacidad de convivir con la incertidumbre, la duda y el misterio sin la “irritable búsqueda de hechos y razones”.
En Japón, el concepto central del wabi-sabi celebra la imperfección, la incompletitud, la asimetría, la transitoriedad, la aspereza y la irregularidad. Las cerámicas hechas a mano son apreciadas precisamente porque llevan la huella de quien las creó: asimetrías, esmaltes desiguales y deformaciones que revelan individualidad y oficio. La cerámica rota a veces se repara con vetas de oro, una práctica llamada kintsugi. La grieta brilla en lugar de ocultarse. La superficie resultante es rugosa, pero lo que nos conmueve es la evidencia visible de la fragilidad y la reparación.
Durante décadas, la sociedad nos alentó a pensar en los seres humanos principalmente como máquinas analíticas. Pero quizás la IA nos esté obligando a replantear por completo ese marco. Porque si las máquinas llegan a ser mucho mejores que nosotros en el análisis puro, el cálculo, la memorización y el reconocimiento de patrones, entonces aquello que sigue siendo exclusivamente humano se vuelve más visible, no menos.

De hecho, el peligro de la era de la IA no es que las máquinas se vuelvan demasiado humanas. Es que los humanos empiecen a intentar volverse demasiado parecidos a las máquinas.
Ya vemos que esto ocurre. La gente habla cada vez más de “optimizar” cada dimensión de la vida: el sueño, la productividad, las redes de contactos, la marca personal, el rendimiento. Los estudiantes sienten la presión de convertirse en currículums perfectamente diseñados. Los trabajadores temen ser medidos frente a algoritmos que nunca se cansan ni duermen. Pero el florecimiento humano no consiste —ni ha consistido jamás— en la optimización. Los seres humanos somos imperfectos, gloriosamente imperfectos.

Una vida verdaderamente significativa suele ser desordenada, no lineal, contradictoria, emocional e ineficiente. Y las personas que moldean nuestras vidas de la manera más profunda rara vez son las más optimizadas. Son las más humanas: la docente que te inspiró porque se preocupaba genuinamente por sus alumnos; el amigo que permaneció a tu lado durante horas cuando sufrías un desengaño amoroso; la madre que sacrificó décadas de su vida por su hijo; el activista que se negó a rendirse aun bajo amenaza de muerte; el científico cuya curiosidad logró imponerse al fracaso.
La grandeza humana surge de la lucha. Quizás algún día una máquina escriba una sinfonía técnicamente perfecta. Pero nunca conocerá la angustia de Ludwig van Beethoven, quien compuso su Novena Sinfonía —una de las mayores obras musicales jamás escritas— cuando ya estaba casi completamente sordo. Cuando escuchamos la Novena, lo que nos conmueve no es simplemente la disposición de las notas. Es la tristeza, la perseverancia y el triunfo de un compositor decidido a crear sonidos trascendentes que él mismo jamás podría oír.

Por eso importa la IH, la inteligencia humana. No porque sea más rápida que la IA. No porque sea más eficiente. Sino porque está arraigada en la experiencia vivida. Las máquinas pueden ayudarnos a resolver problemas. Pero la inteligencia humana sigue siendo la que decide qué vale la pena valorar, proteger, construir o sacrificar.
Su generación vivirá cambios tecnológicos extraordinarios. La IA transformará la medicina, la ciencia, la educación, el transporte, la comunicación y, quizás, todas las profesiones representadas aquí hoy. Algunos tipos de trabajo cambiarán y sectores enteros de la economía evolucionarán. Pero, en medio de toda esta disrupción, los seres humanos seguirán necesitando aquello que solo otros seres humanos pueden ofrecer.

La gente seguirá queriendo que seres humanos eduquen a sus hijos; seguirá queriendo que seres humanos la ayuden a superar la enfermedad y el dolor. Querrá seres humanos que la consuelen en momentos de duelo. Seres humanos que la guíen en tiempos de crisis. Seres humanos que creen arte acerca de nuestra propia condición humana.
Y, quizá lo más importante, las personas seguirán queriendo ser importantes unas para otras. En su esencia, la vida humana es relacional. Nos vinculamos con otros seres humanos, para bien y para mal. Buscamos reconocimiento, dignidad, afecto y amor en otros seres humanos. No podemos obtener nada de eso de las computadoras ni de la IA, por más poderosas que sean.
A veces creemos que sí podemos. Pero la evidencia acumulada es ahora abrumadora y clara: demasiada interacción con computadoras y teléfonos nos vuelve más solos y más tristes. Como señala la investigadora Sherry Turkle en su libro Alone Together, hemos abrazado la tecnología y recibido la ilusión de compañía sin las exigencias ni las recompensas de la amistad.
Mi esperanza para ustedes es que, en lugar de competir con la IA bajo sus propios términos, permitan que la IA los impulse a convertirse en seres humanos más plenamente humanos.
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