
La masacre de Haditha
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MIAMI.- Haditha es un pequeño poblado agrícola en el Valle del Eufrates, a unos 200 kilómetros al noroeste de Bagdad. Es parte de la provincia de Al-Anbar, donde se concentra la fuerza principal de la resistencia sunnita contra el gobierno chiita de Irak y la ocupación norteamericana.
Hasta el 19 de noviembre pasado, Haditha era un poblado más, uno de los tantos focos de las operaciones de combate contra la sedición. Pero en la mañana de ese día, una bomba hizo volar el Humvee que transportaba a un grupo de marines. El atentado le costó la vida al cabo Miguel Terrazas, un chico de 20 años, de Texas. Lo que ocurrió a continuación es lo que ha hecho a Haditha tristemente célebre.
El primer comunicado militar afirmaba que 15 civiles habían muerto por la explosión de la bomba y que otros ocho eran insurgentes muertos en un intercambio de fuego, pero, a juzgar por la abundancia de evidencias, los testimonios de sobrevivientes y el relato de algunos participantes, quedan pocas dudas de que lo que sucedió en Haditha, durante las cinco horas que siguieron al atentado contra el vehículo militar, fue una masacre.
Entre los veinticuatro muertos figuran niños, un anciano en una silla de ruedas y hasta dos pasajeros de un taxi que tuvo la mala suerte de pasar por el lugar. Las heridas, en todos los casos, son de bala y no fragmentos de bomba. Pero las circunstancias que hacen de este episodio un caso llamado a convertirse en paradigma de una guerra terriblemente equivocada no son meramente el saldo en vidas sino la cadena de responsabilidades.
Todo indica que el comando militar trató de barrer el incidente de Haditha bajo la cotidiana lista de muertos civiles en Irak. Dos soldados que fueron despachados al lugar al día siguiente, para fotografiar y remover los cuerpos han descripto el espantoso cuadro que los aguardaba. Eman Waleed, de 9 años, una de las sobrevivientes, contó a la revista Time cómo los soldados mataron sistemáticamente a su familia.
El doctor Wahid, director del hospital local, relató que los marines llevaron 24 cuerpos al hospital en la noche del 19 de noviembre, asegurando que habían muerto por esquirlas de bomba. "Pero había orificios de bala", dijo el médico.
La teoría inicial acerca de lo que pudo haber ocurrido en Haditha es que, obnubilados por la muerte de Terrazas, sus compañeros decidieron ejecutar a todo el poblado. Pero aun esta teoría tiene sus fallas.
Según una reconstrucción de The Washington Post, en los primeros minutos tras la explosión de la bomba, se produjo un gran silencio. Los marines parecían atónitos mientras se movían alrededor del Humvee en llamas, de acuerdo con el recuento de un testigo. Después, uno de los soldados se hizo cargo y comenzó a gritar, dirigiendo a la patrulla a la casa más cercana a la explosión.
Pero aunque el deseo de venganza sea un sentimiento incuestionablemente humano, no es la forma en que actúan los militares. Como recordó el cabo Michael Miller: "En Irak, todo lo que uno hace esta sujeto a una cadena de comando. Uno no puede andar limpiando casas sin permiso de más arriba".
Esta apreciación fue confirmada por el coronel Ben Mittman, un oficial retirado, quien sospecha que los marines involucrados en el episodio pueden llegar a convertirse en chivos expiatorios. "En estos días nadie hace nada en el frente sin el conocimiento de sus comandantes."
Como significativo recordatorio de la reticencia de los comandantes a asumir responsabilidad, anteayer, el sargento Santos A. Cardona se convirtió en el undécimo militar condenado por abusos en Abu Ghraib. Todos lo sentenciados son soldados de baja graduación.



