
La trayectoria de la guerra preventiva
Elaborada por Bush y sus asesores después del 11-S, está condicionando desde entonces las relaciones internacionales
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En su dimensión más estremecedora, el terrorismo constituye una afrenta a la dignidad de la vida humana. Gracias a la globalización en las comunicaciones, con respecto a lo que el mundo contempló en Beslan -ciudad perteneciente a la región de Osetia del Norte, en Rusia- las palabras huelgan: nos basta recordar esas imágenes que transmitían el sacrificio de unos chicos en edad escolar atrapados entre el fuego cruzado de quienes hicieron de ellos rehenes y de aquellos que, sin mayores miramientos, procuraron rescatarlos.
No hay sosiego en la memoria de tales hechos, como tampoco debe haber indiferencia al contemplar los efectos políticos de esa cadena de infortunios. Tal vez en esa etapa inmediata a las acciones terroristas y a su eventual represión se condensen algunos de los atributos más perversamente exitosos de la estrategia terrorista. En realidad, cuando golpea en el corazón de una potencia, el terrorismo procura desencadenar dos tipos de efectos, más allá de la espectacularidad del hecho difundido por los medios: primero, agrandar el espacio donde cunde la guerra, entendida como sanción o como prevención; segundo, crear las condiciones internas, en el Estado afectado, de una creciente inestabilidad institucional.
Si el Estado que sufre los embates terroristas es débil institucionalmente, los efectos domésticos serán más negativos. Si, en cambio, existe en él una capacidad institucional consolidada por una larga legitimidad, las consecuencias no serán tan graves. En ambos casos, sin embargo, la situación no será igual a la que prevalecía antes del ataque. En la Rusia de Vladimir Putin, el ataque al colegio de Beslan hizo de palanca para que el régimen político involucionara y adquiriese nuevos rasgos autoritarios. En los Estados Unidos gobernados por George W. Bush, el atentado a las Torres Gemelas del 11-S incidió posteriormente sobre el generoso sistema de libertades públicas y garantías de la república norteamericana.
Estos fenómenos de retroceso institucional tienen por lo tanto grados diferentes. En Rusia, la fragilidad de los mecanismos institucionales se ha acentuado. Mayores poderes otorgados al presidente, dependencia progresiva de la Duma o Parlamento a los dictados del Poder Ejecutivo, supresión en fin de las autonomías provinciales establecidas por la constitución federal: todo parece concurrir al diseño de un orden centrado en el hiperpresidencialismo en cuya dinámica han aflorado otra vez los fantasmas del pasado.
Ya sabemos qué pasos se dieron en los Estados Unidos para modificar el delicado engranaje constitucional de las libertades. Lo que no parece tan claro, a la luz de los debates de la campaña electoral y de los pronósticos de las encuestas, es la reacción de la opinión pública. ¿Habrá que aceptar el argumento implícito en el pensamiento de Hobbes que postula que, ante una opción de hierro entre seguridad y libertad, la ciudadanía terminaría inclinando sus preferencias hacia el primer término? Por ahora, las oportunidades de la oposición demócrata para ganar las reñidas elecciones presidenciales de noviembre se ubican más sobre el cuadrante de la economía que sobre el cuadrante de la seguridad. En este último aspecto, George W. Bush parece cosechar más apoyo que John F. Kerry.
No obstante, estas diferencias se apagan cuando las potencias coinciden en el punto de la guerra preventiva. Elaborada por Bush y sus asesores cuando aún no habían sido removidos los escombros en Manhattan, la doctrina de la guerra preventiva está desde entonces condicionando con su lógica agonal las relaciones internacionales. El éxito fulminante de la guerra en Irak y los fracasos sucesivos en el período de la posguerra resultan de esta doctrina: aislamiento de los Estados Unidos (la reelección de Bush es rechazada prácticamente en todo el mundo) e incremento del terrorismo tanto en las ciudades iraquíes como en otros puntos del planeta.
Estos datos configuran un llamado de atención. No obstante ello, parecería que hubiese una suerte de fuga hacia la doctrina de la guerra preventiva, como si este desplazamiento estuviese inscripto en la razón de Estado de las grandes potencias. Putin ha resuelto emprender ese camino, sin recurrir por ahora a su arsenal nuclear, y aunque la economía rusa haya declinado abruptamente, conviene destacar que el país sigue siendo una potencia militar de peso. De esta manera, cabalgando sobre las consecuencias de los atentados terroristas, la doctrina de la guerra preventiva se ha generalizado.
Existen, claro está, excepciones. Los países de escaso poder que han sufrido atentados terroristas con raíz internacional -la Argentina, por ejemplo- o que están incorporados a un esquema de integración económica y política, como España, no responden del mismo modo, pese a haber soportado también efectos internos de fuste. Los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA dejaron al desnudo nuestra enfermiza insuficiencia institucional. Nada pudimos hacer porque se ha fraguado el patético escenario de que nada sabemos: avestruces en vez de halcones. Los atentados del 11-M en Madrid trastocaron en pocas horas la escena de los decisivos comicios del domingo siguiente. La guerra preventiva es entonces un instrumento propio de superpotencias solitarias o de dirigentes que no han abandonado el designio de actuar en el mundo con reflejos imperiales.
Como puede advertirse, estas incógnitas son difíciles de despejar en la medida en que no se elabore una respuesta razonable a un crucial interrogante: ¿es acaso la guerra clásica la acción mejor pertrechada desde el punto de vista estratégico frente a la agresión terrorista? Desde luego no valen aquí rígidas posiciones de principio. La guerra en Afganistán, por ejemplo, tuvo más consenso internacional que la guerra en Irak. Sin embargo, aun aceptando la validez de la arremetida contra la tiranía de los talibanes, es preciso formular la hipótesis en torno a la eficacia de la guerra clásica en este contexto planetario intoxicado por la presencia terrorista.
Un planteo semejante debería obligar a las grandes potencias a delinear una forma de acción mucho más centrada en la microcirugía que en la macrocirugía. George W. Bush habla constantemente de "guerra al terrorismo". Si la guerra ocurre (es éste uno de los peores legados del siglo XX), no hay distinciones sustanciales entre ejércitos y poblaciones civiles: todos la sufren (aunque el perfeccionamiento tecnológico de las armas pueda precisar con más rigor los blancos) con el agravante de que los sentimientos de privación de justicia en los pueblos afectados aumentan sin cesar.
Como diría un viejo criollo, parece "cosa ?e Mandinga", pero lo cierto es que luego de atravesar la prueba de dos guerras clásicas dotadas con un formidable material bélico, Osama ben Laden sigue en las sombras mientras los atentados, a manos de células autónomas, se descentralizan cada vez más. No es descartable que, merced a un teatral golpe de efecto, el personaje sea capturado (algunos así lo imaginan) a la vera de las elecciones presidenciales de noviembre. Especulaciones al viento: lo que está en juego en este momento no es tanto las maniobras impactantes, sino un cambio de método en las acciones estratégicas, más atento al respeto que merece la dignidad de pueblos enteros sometidos al flagelo de la guerra.
Esto significa para los Estados Unidos (y, por carácter transitivo, para Rusia) un cambio de perspectiva. Cuando se lucha contra minorías globalizadas es necesario concentrarse en el foco, con el apoyo de la comunidad internacional, y no extender excesivamente el campo de la acción. Tal vez para el mundo sea éste el principal asunto que habrán de dirimir los norteamericanos en las elecciones de noviembre.
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