
La vida bajo los misiles en un kibbutz cerca de Gaza
"No soñaba con esto cuando llegúe a Israel", dice un argentino
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"Decime, papá, ¿era esto lo que soñabas?"
La pregunta de su hija le llegó a Néstor Feldchteyn mientras ordeñaban las vacas en el kibbutz Zikim, donde viven, a apenas cinco kilómetros de la Franja de Gaza. Hace algunos días, él decidió sumarse como voluntario a esa tarea que siempre había pensado como la imagen misma de un mundo agrícola apacible y que hoy, bajo la lluvia de cohetes, se ha convertido en una tarea de alto riesgo: varios proyectiles han estallado en el tambo y muchas vacas han muerto. En el reparto de trabajo del kibbutz, a su hija de 21 años le ha tocado ordeñar y él ha decidido no dejarla allí sola en tiempos tan peligrosos.
"No, claro que no, no soñaba con esto cuando llegué a Israel", dice Feldchteyn a LA NACION desde su celular mientras viaja en un ómnibus de regreso a su casa después de asistir a una función en el Teatro de Jerusalén, como parte de un programa que busca llevar alivio y distracción a quienes están en las zonas de peligro. El martes, cuando se subían al ómnibus que los llevaría al teatro, dos cohetes volvieron a caer sobre el kibbutz, un emprendimiento de 350 habitantes.
Pero si él lo eligió para vivir hace 32 años, cuando dejó la Argentina con su familia corrido por la dictadura, no fue sólo porque ese espíritu pionero del movimiento kibbutzim le permitía vivir según sus convicciones. Fue también, y muy especialmente, dice hoy, por la cercanía con Gaza. "Yo entendía que estar aquí, fortalecer los vínculos con mis vecinos palestinos -con quienes cuando yo llegué, en el 76, había una relación muy estrecha-, era mi manera de expresar que debíamos realizar acciones afirmativas, claras y contundentes hacia la paz: dos países, dos pueblos. Pero el problema son siempre los fanáticos, los radicales, los extremistas, que obstaculizan los procesos de paz."
Claro que no soñaba con esto. Feldchteyn tiene seis hijos y cuatro nietos. Los más chiquitos juegan a "la caída de los misiles"; cuentan un, dos, tres? imitan el ruido de los cohetes y corren a esconderse. "No se puede seguir viviendo así. Estamos en una situación muy fea, muchas personas se sienten inseguras, los chicos no van a la escuela, los trabajos están suspendidos, sólo hacemos lo imprescindible para que el kibbutz no se paralice. Iba a hacer un asado para celebrar el 2009, pero lo suspendimos, no podía responder por la seguridad de mis invitados."
Feldchteyn participó durante años de iniciativas que buscaban tender puentes entre los dos pueblos. "Cuando llegué soñaba con vivir en un mundo agrícola en el que la cooperación entre los dos lados de la frontera nos trajera la paz y el crecimiento. Pero esos sueños terminan bajo los misiles."
Con dolor, reconoce que ya casi no tiene contacto con los palestinos de Gaza y admite que hay mucho resquemor. "Yo quizá podría volver a acercarme a los hombres de mi generación, pero con los hijos de ellos? no lo sé. Un chico que llegó a adolescente educado en instituciones de Hamas, con años de doctrina extremista. Hoy no sé quiénes son sus hijos?"
En menos de una semana la ofensiva israelí ya dejó más de 400 muertos. Los ataques con cohetes, que lastiman, amedrentan, destruyen y conmocionan a la población civil de Israel, no han siquiera rozado esas proporciones en los últimos tres años, desde el retiro de Gaza. Cansado y aun en medio de la tensa situación que le toca vivir, Feldchteyn responde con paciente amabilidad a preguntas que podrían resultar irritantes. Pero escucha y responde, da la impresión, como alguien dispuesto a pensar lo que se le propone sin esconder sus propias contradicciones. ¿La respuesta de Israel no es desmedida?
"Esa es una pregunta diaria en mi casa. Pero yo creo que no hay ningún país soberano en el mundo occidental que haya sido atacado durante tanto tiempo sin dar respuesta. No sabés lo que es estar aquí. Hamas es un grupo extremista al que no le importa nada, ni siquiera el pueblo palestino? La única respuesta que nos han dejado es devolver el ataque y decir «hasta acá». Y yo sé que suena desproporcionada como respuesta, pero va a haber alto el fuego cuando Hamas firme un acuerdo de paz."
El ómnibus va llegando a destino. Feldchteyn se disculpa, pero deberá interrumpir la conversación. Es de noche, se acercan a Gaza y es necesario estar atento: en un vehículo en marcha ya es muy difícil escuchar las alarmas de ataque, mucho más si se está hablando por teléfono.
Ubicado en el sur de Israel, en la parte norte del desierto del Negev, el kibbutz Zikim ofrece una de las más hermosas vistas que se puedan tener sobre el Mediterráneo. Hace un año, esta cronista visitó el lugar con un grupo de periodistas invitados por el Instituto Histadrut. Néstor Feldchteyn recibió a los invitados en medio de un recrudecimiento de los ataques de cohetes (un niño de dos años fue herido en su kibbutz en esos días).
Desde las colinas de Zikim pueden verse las primeras edificaciones de Gaza. En la ladera, un viejo tanque Sherman y un par de carros blindados recuerdan a quienes lucharon contra los egipcios en 1948. Todavía están las ametralladoras, las trincheras y, un poco más allá, un batallón de soldados, siluetas hechas de metal. Cuando uno mira las fotos, no parece un homenaje a los héroes del pasado; no parece el recuerdo de la guerra, sino la guerra misma que vuelve y que vuelve.
En la rotonda de entrada al kibbutz, uno de los hijos de Feldchteyn intentó darle otro rumbo a la historia: con los restos de los cohetes que llegan desde Gaza armó un candelabro gigantesco, una Janucá que tiene por base un viejo arado y cuyas velas son los cohetes a los que el arte y la esperanza se empeñan en darle otro destino.
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