Las lecciones de Medio Oriente para una democracia estadounidense bajo presión
Tawakkol Karman, Nobel de la Paz y referente de la Primavera Árabe en Yemen, y el activista palestino Samer Sinijlawi alertan sobre los riesgos de la erosión democrática y reclaman elecciones libres
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WASHINGTON.– La semana pasada estuve en Grecia para asistir al Athens Democracy Forum —un encuentro de expertos y activistas por la democracia de todo el mundo—, así que estuve pensando mucho en el privilegio y la responsabilidad que implica vivir en una democracia. Todas las mañanas desayunaba en el restaurante de la terraza de mi hotel, que tenía vista al Partenón, el emblemático templo griego construido en el siglo V a. C., en el apogeo de la democracia ateniense. Y todas las mañanas la moza me preguntaba: “¿Tiene alguna alergia?”.
Todas las mañanas me mordía la lengua para no responder: “Bueno, ya que pregunta, tengo dos alergias, pero son políticas, no biológicas. Soy alérgico al activismo online perezoso y puramente performativo, del tipo ‘Eh, tuiteé sobre eso’, o ‘Eh, publiqué en Facebook la denuncia de Israel que hizo mi estrella pop favorita, así que déjenme en paz’. Pero también soy alérgico a la ausencia total de activismo cuando tu propia democracia está en juego, del tipo ‘Eh, mi estudio jurídico hace muchos negocios con el gobierno federal; tuvimos que llegar a un acuerdo con Trump’”.
Lo que me hizo pensar seriamente en esas alergias políticas fue conversar con dos viejos amigos de Medio Oriente. Ambos asumieron enormes riesgos personales para decir verdades incómodas y luchar por el derecho a votar en elecciones libres y justas. Por eso les desconcierta que tantos estadounidenses se queden de brazos cruzados frente a la mayor amenaza contra nuestra democracia que he visto en mi vida: la disposición del presidente Trump a quebrar las reglas para conservar el poder.

Una de esas valientes activistas por la democracia es Tawakkol Karman, la primera yemení y la primera mujer árabe en ganar el Premio Nobel de la Paz. Lo recibió por su liderazgo no violento durante las protestas de la Primavera Árabe en Yemen, que reclamaban democracia, derechos para las mujeres y libertad de expresión. Karman desempeñó un papel central en el levantamiento pacífico de 2011 que terminó con la salida de Ali Abdullah Saleh, el hombre fuerte que gobernó Yemen del Norte desde 1978 y luego el Yemen unificado desde 1990 hasta 2012.
Karman me contó, mientras tomábamos un café en el Democracy Forum —que se realiza en asociación con The New York Times—, que estaba sorprendida por la facilidad con la que estudios jurídicos, universidades e incluso algunas compañías de medios estadounidenses cedieron ante las exigencias políticas de Trump sin dar pelea.
“Para mí”, dijo Karman, “como alguien que se opuso a una dictadura, que sabe cómo funciona una dictadura y sabe lo que necesitábamos para liberar a nuestro país de ella, todo comienza cuando el jefe de Estado controla a los medios, acusa a los medios de mentir y los desacredita; cuando deja de respetar el Estado de derecho y las instituciones funcionan únicamente en beneficio de él y de su familia”.
El detonante de la revolución democrática en Yemen fue cuando el presidente Saleh “colocó a su hijo y a su familia en las instituciones más importantes”, agregó Karman. “Atacó al Poder Judicial y lo vació de contenido. Evitó toda rendición de cuentas gracias a la inmunidad e interfirió en el trabajo del Parlamento y de las instituciones legítimas. Y ahora estoy viendo todo eso en Estados Unidos. ¿Qué es esto?”.
Lo más peligroso en una democracia, dijo, es cuando uno empieza a preguntarse: “‘Si hago esto, ¿qué me va a pasar? ¿Qué me va a hacer el líder?’. Ya seas periodista, estudiante o profesor, empiezas a cuestionarte”. Eso es precisamente lo que busca un dictador: “propagar el miedo”, dijo. “Y cuando los abogados no hacen su trabajo, cuando los periodistas no hacen su trabajo, cuando los académicos no hacen su trabajo, cuando todos se vigilan antes de hacer o decir algo, ésa es la manera que tiene el dictador de controlar el relato”.
Sin embargo, Karman no ha perdido la esperanza en Estados Unidos. “Di un discurso en Dakota del Norte”, me contó. “Había mucha gente conservadora. Me recibieron muy bien. Les dije: ‘No crean que están divididos porque llevan la división en el alma. Están divididos porque alguien quiere dividirlos mediante discursos de odio’. La gente se emocionó mucho”.

Karman y yo nos conocimos en Saná, la capital de Yemen, en 2013, cuando viajé para observar el amplio diálogo nacional que atravesaba el país. Participaron nuevos partidos, jóvenes, mujeres, islamistas, tribus, habitantes del norte y del sur, con el objetivo de redactar una nueva Constitución y celebrar elecciones presidenciales. El proceso se desmoronó cuando el movimiento hutí tomó la ciudad en septiembre de 2014. Los hutíes, un grupo chiita con base en el norte de Yemen, contaban con el respaldo de Irán y estaban aliados con fuerzas leales a Saleh. La toma de poder de los hutíes sumergió a Yemen en una catastrófica guerra civil de la que todavía no ha logrado salir.
Hoy Karman recorre el mundo promoviendo la democracia a través de su fundación, mientras trabaja diariamente con sus seguidores en Yemen para intentar recuperar la democracia de las largas manos de Irán.
“Lo que necesitamos del mundo es que se ponga del lado del pueblo yemení y enfrente el proyecto de Irán para controlar Bab el-Mandeb a través de la milicia hutí”, dijo, en referencia al estrecho situado en la entrada del mar Rojo. “Si Irán, a través de su representante hutí, logra controlar Bab el-Mandeb además de la influencia que ejerce sobre el estrecho de Ormuz, las consecuencias para la seguridad mundial podrían ser incluso más peligrosas que el hecho de que Irán posea una bomba nuclear. Ésta es la batalla de Yemen por la libertad, la democracia y la soberanía, pero también es la batalla del mundo por la paz, la seguridad y la libertad del comercio mundial”.
“No permitan que eso ocurra”
Mientras estaba en Atenas, un activista palestino por la democracia de Jerusalén Este, Samer Sinijlawi, se puso en contacto conmigo con una advertencia similar. Sinijlawi dirige Masar Jadid —Nuevo Camino—, uno de los numerosos partidos nuevos que buscan obtener bancas en las elecciones para el Consejo Legislativo Palestino, las primeras de ese tipo desde enero de 2006.
Sí, amigos, se acercan tres grandes elecciones que definirán el rumbo de Medio Oriente: las de Israel, el 27 de octubre; las de Estados Unidos, el 3 de noviembre; y las primeras elecciones legislativas de la Autoridad Palestina en dos décadas, previstas para el 28 de noviembre. Lamentablemente, hay sectores cercanos a la dirigencia de la Autoridad Palestina que presionan para volver a postergarlas. Sinijlawi me pidió que transmitiera este mensaje al mundo: “No permitan que eso ocurra”. Al menos siete partidos presentaron listas de candidatos para las 132 bancas del Consejo.
Es realmente un soplo de aire fresco hablar con alguien como Sinijlawi. Entiende que, por más manifestaciones que haya en Europa o Estados Unidos para “Liberar Palestina”, lo único que realmente podrá lograrlo será un gobierno y una legislatura palestinos legítimos y elegidos libremente, dispuestos y capacitados para convertirse en socios de una solución de dos Estados.
Las reiteradas postergaciones de las elecciones legislativas palestinas en Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este “reforzaron el argumento de Hamas de que nunca sería posible lograr un cambio mediante medios democráticos o pacíficos”, escribió Sinijlawi en un ensayo publicado el 18 de septiembre en The Jerusalem Post, en el que instó al presidente Trump a respaldar las elecciones palestinas. “Cuando se cierran las urnas, los extremistas ofrecen otras cajas: llenas de armas, funerales y falsas promesas. No debemos repetir ese error”.
Según él, su partido está obteniendo respaldo entre los votantes palestinos registrados: mujeres y estudiantes, profesionales, académicos, empresarios y personas que ingresan por primera vez en la vida política, incluso jóvenes gazatíes que viven en carpas.
“Apoyamos un Estado palestino desmilitarizado, la integración económica regional y una solución negociada de dos Estados que dé libertad y dignidad a los palestinos y al mismo tiempo garantice seguridad a los israelíes”, escribió Sinijlawi.
Palestino de Jerusalén Este, Sinijlawi habla árabe y hebreo. Aprendió gran parte de su hebreo durante los cinco años que pasó en una prisión israelí después de ser detenido cuando era adolescente durante la Primera Intifada. Me dijo: “Creo que entre el 70% y el 80% de los israelíes, si están convencidos de que pueden vivir con seguridad junto a un Estado palestino, preferirán un Israel más pequeño, democrático y judío antes que un Gran Israel que no será ni judío ni democrático y que vivirá en una situación de inseguridad permanente”.
No hay manera de presionar a los israelíes, explicó Sinijlawi: “La única manera es persuadirlos”.
“Nosotros, los palestinos, seguimos negando los vínculos históricos de los judíos con esta tierra”, continuó. “En cambio, debemos dejar atrás la pregunta de quién pertenece y quién no pertenece a esta tierra y pasar a preguntarnos cómo podemos pertenecer ambos a ella”.
La guerra eterna
Éste es un punto en el que Sinijlawi y yo coincidimos desde hace mucho tiempo: entre el río Jordán y el mar Mediterráneo viven más de siete millones de judíos y más de siete millones de palestinos, y ninguno de los dos pueblos se irá. La única solución son dos Estados, por más tiempo que lleve alcanzarla.
Y la persona que mejor comprende el poder de esa lógica es el primer ministro Benjamin Netanyahu. ¿Por qué creen que durante buena parte de sus gobiernos convirtió en una prioridad fortalecer a Hamas en Gaza? Quería mantenerlo separado de los palestinos moderados de Cisjordania y Jerusalén Este que habían aceptado los acuerdos de paz de Oslo. Netanyahu sabe lo que ocurriría si surgiera un liderazgo palestino unificado, legítimo y no corrupto, que además hubiera aprendido de los errores del pasado. Todo el mundo exigiría que Israel negociara con ese liderazgo una solución de dos Estados. Eso no sucederá mañana, pero seguiré dando visibilidad a todas las voces que la defiendan. La alternativa es una guerra eterna.

Lo que admiro de Tawakkol Karman y Samer Sinijlawi es que saben cómo dejar Facebook y plantarse frente a alguien: luchar realmente por la democracia, en lugar de limitarse a lanzar consignas, que funcionan como sustitutos tanto del pensamiento como de la acción. Eso solíamos ser nosotros en Estados Unidos. Ése era el ejemplo que dábamos al mundo.
Si alguna vez hubo un momento para recuperar ese espíritu, es ahora. Y empieza por votar el 3 de noviembre en nuestras elecciones y conseguir que otros también vayan a votar: por cualquier candidato que coloque la lealtad a nuestras instituciones democráticas por encima de la lealtad a una sola persona.
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