Las tristes lecciones sobre cómo corregir las democracias a medias

Javier Corrales
Javier Corrales MEDIO: The New York Times
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16 de noviembre de 2019  

NUEVA YORK.- Para los demócratas liberales que lamentan la erosión del sistema democrático en todo el mundo, la caída del gobierno de Evo Morales en Bolivia es una luz de esperanza. Al menos se le pusieron frenos efectivos a un gobierno que intentó desconocer todo freno. Hasta ahí, las buenas noticias.

La mala noticia es que la confrontación que fue necesaria para ponerle freno a ese gobierno no fue todo lo limpia que uno hubiera esperado. Hubo resistencia civil, pero también prepotencia militar. Hubo manifestantes pacíficos, pero también oportunistas radicalizados.

Tal vez esa desprolijidad no deba sorprendernos. Nos recuerda que el proceso para frenar a un líder semidemocrático probablemente también sea democrático a medias.

La Bolivia gobernada por Morales estaba experimentando un proceso de retroceso democrático, donde la democracia existente va adquiriendo gradualmente rasgos autoritarios, que sin llegar a convertirse nunca en una dictadura plena, socava el pluralismo y el sistema de controles y balances.

Llegó con la promesa de reducir la desigualdad y de integrar a los pueblos indígenas a las instituciones políticas. Durante un tiempo, cumplió. Pero en estos últimos cinco años, ese presidente popular y elegido democráticamente se convirtió poco a poco en menos popular y menos democrático.

Las instituciones democráticas se convirtieron en extensiones de su autoridad. Su partido pasó a ser la máquina de guerra para ayudarlo a mantenerse en el poder. El Congreso se convirtió en una escribanía, y los tribunales en otra rama más del Ejecutivo. Morales fustigaba a sus críticos y se victimizaba argumentando prejuicios raciales.

Gracias a su avasallante control sobre las instituciones, en octubre compitió por un cuarto mandato, desafiando los propios límites constitucionales que antes defendió. Y este último intento de aferrarse al poder no le salió bien.

Muchos otros potenciales autócratas sufrieron reveses electorales como el de Morales. Pero pocos cayeron como consecuencia. En este aspecto, el caso de Bolivia es inusual. Se trata verdaderamente de uno de los pocos ejemplos de retroceso democrático en que el gobierno sale derrotado, y por lo tanto, nos deja valiosas lecciones.

La principal lección es que esta derrota fue tanto gloriosa como ignominiosa. La oposición organizó protestas pacíficas en todo el país, y esas protestas se mantuvieron firmes a pesar de represión y las amenazas del gobierno. Ese clima de protesta forzó al gobierno a aceptar que la OEA realizara una auditoría, que reveló irregularidades generalizadas en los comicios. Y ahí todo empeoró. Las manifestaciones se radicalizaron.

Un líder opositor marginal de derecha fue un paso más allá, pidiendo la renuncia del presidente y castigos para sus funcionarios y seguidores. También pidió que "la Biblia vuelva a entrar al palacio". Otros grupos, incluidas varias unidades de la policía y un gran sindicato, se sumaron al impulso radicalizado.

El domingo a la mañana, el gobierno estuvo dispuesto a ofrecer una concesión: repetir las elecciones, con nuevas autoridades electorales, y no mucho más. Los manifestantes no se movieron. Cuando la escalada era inminente, intervinieron los militares.

En un golpe militar a la antigua, los líderes militares despliegan las fuerzas contra el gobierno y proceden a reprimir a los manifestantes. En Bolivia, el proceso fue más sutil. Los oficiales simplemente le "sugirieron" al presidente que, en pos del orden público, renunciara. Los analistas se dividieron por la interpretación de esa "sugerencia".

Algunos lo consideraron un golpe, por más que el gobierno se lo haya buscado. Para otros, más que un golpe, fue una decisión de los militares para evitar realizar un golpe contra los manifestantes. De haber permanecido neutrales, se habrían puesto de facto del lado de un gobierno que estaba violando la democracia, y para peor, reprimiendo a la oposición. Para sorpresa de todos, Morales renunció, culpando a los militares, entre otros grupos.

Los retrocesos democráticos generan convulsiones porque polarizan al electorado. Por eso es tan difícil hacer correcciones democráticas en esos contextos. Los opositores están enojados y restringidos en sus opciones democráticas. Mientras tanto, los oficialistas siguen siendo numerosos y están convencidos de que nunca hubo un gobierno más democrático que ese.

Es alentador ver que los grupos de oposición de hacen valer. Pero el caso boliviano sugiere que cuando el retroceso democrático es avanzado y la agitación civil va en alza, es ingenuo esperar que la restauración ocurra de modo perfectamente democrático. Los radicalizados aparecerán y los militares probablemente interpretarán un rol.

Es posible que tengamos que enfrentarnos con esta triste idea: que las correcciones a las democracias a medias no siempre siguen estrictamente el manual de reglas democrático. Las chances de una escalada son altas, al igual que el riesgo de involucramiento militar. Lo mejor que se puede esperar es que los militares se pongan del lado de los civiles moderados, de las normas democráticas y del imperio de la Constitución.

*Traducción de Jaime Arrambide

*El autor es politólogo y experto en América Latina

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