
Los mitos del Primer Mundo
Al contemplar las huelgas de camioneros en Francia, Gran Bretaña y otros países europeos en protesta por la suba del precio del petróleo y que tanto se parecen a nuestras propias huelgas, uno se pregunta: ¿cómo, no son ellos países "desarrollados"? ¿No es el desarrollo económico, precisamente, nuestra meta?
Decía Ortega y Gasset que la clase alta, pese a cultivar el ocio, es la más productiva porque, al estimular en las demás clases el deseo de vivir como ella, las incita a producir más. En realidad, los miembros de la clase alta no viven tan bien como sus émulos suponen: sufren de insomnio, tienen problemas con sus hijos adolescentes, se enferman y se mueren como el resto de los mortales.
Pero lo que atrae a las demás clases no es la "realidad", sino el "mito" de la clase alta, un mito fabricado por esos mismos que aspiran a ascender a un paraíso que en rigor no existe. Para trepar trabajosamente por la montaña, es necesario colorear la meta.
Del mismo modo, cuando pensamos el desarrollo desde el subdesarrollo, tendemos a idealizarlo. ¿Qué argentino no desearía que la Argentina alcanzara el nivel de Francia? Pero en Francia también bloquean las rutas. ¿Quiere decir que no hay que esforzarse hacia el desarrollo? No: lo que quiere decir es que aquellas metas tras las cuales bregamos son, en definitiva, humanas. Los países desarrollados también tienen problemas. Lo que ocurre es que los suyos son preferibles a los nuestros.
La irritación de los franceses y los europeos muestra que, sea cual fuere su grado de prosperidad, todos los pueblos presionan a sus autoridades. ¿No es ésta, después de todo, la esencia de la democracia?
Si vamos a viajar desde nuestro ingreso de 8000 dólares anuales por habitante a los 25.000 del mundo desarrollado, necesitamos saber dos cosas. Una, que si bien el paraíso no existe, es mejor el desarrollo. La otra, que la democracia nos hará cada vez más exigentes frente a los gobernantes, puesto que ellos, sea en Francia o en la Argentina, son nuestros servidores.
Los pobres de ayer
En 1973, los países petroleros agremiados en la OPEP aumentaron por primera vez los precios del petróleo. Perón, que volvía a la Argentina, pronunció entonces una famosa frase: "Los pobres de hoy serán los ricos de mañana, y los ricos de hoy, los pobres de mañana". El aumento constante del precio del petróleo durante los años setenta, que llegó de los 3 dólares iniciales a los 30 dólares por barril, provocó toda clase de perturbaciones en la economía mundial. Todas menos una: el triunfo de los pobres.
Hoy, cuando una nueva alza ha pasado la barrera de los 35 dólares por barril, el mundo se asombra otra vez ante el poder de los países de la OPEP. ¿Se cumplirá, ahora sí, la profecía de Perón?
Algunos de los países de la OPEP son ricos. Por ejemplo, Arabia Saudita, Kuwait y los Emiratos Arabes. Son ricos, pero no desarrollados. Sus jeques poseen abultadas cuentas en los bancos de Londres y Nueva York, pero esas cuentas no llegan al pueblo.
Países líderes de la OPEP, como Irán e Irak, terminaron guerreando entre ellos en los años ochenta y siguen en la lista de los más atrasados de la Tierra. El rendimiento económico de Venezuela, otro notorio miembro de la OPEP, es el peor del mundo actual.
A los grandes productores petroleros que no pertenecen a la OPEP, por ejemplo los Estados Unidos, México y Noruega, les va en cambio cada vez mejor. Lo mismo les ocurre a los países europeos que no tienen petróleo. Para un país que exporta poco petróleo, como la Argentina, el resultado del alza es neutro, porque si bien tendrá más ingresos por exportaciones también aumentarán sus costos internos, sin que la recesión que padece tenga mucho que ver con el petróleo.
¿Es entonces el petróleo la clave del desarrollo, como soñó Perón? ¿O las claves residen en otra parte, en el esfuerzo constante, la disciplina económica, las inversiones y la competitividad? Las puertas del futuro no son los recursos naturales que rodean a los hombres, sean el trigo, el petróleo o el cobre. Son, en cambio, los propios hombres, su trabajo, su inventiva, su organización, aunque habiten un desierto tan estéril como el que desafía a los industriosos israelíes.
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