Los otros gérmenes en la mira del bioterrorismo
Peste y botulismo, armas en potencia
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WASHINGTON (Reuters).– En estos días, ataque bacteriológico es sinónimo de ántrax.
Sin embargo, los expertos en bioterrorismo han elaborado una lista “A” de gérmenes que se pueden usar en un ataque, encabezados por el carbunco, seguido muy de cerca por la viruela.
La peste también ocupa un lugar. Es otra enfermedad infecciosa que diseminan pulgas y roedores. Pero puede presentarse también en una forma más peligrosa: la peste neumónica.
Los primeros signos de una peste neumónica son fiebre, dolor de cabeza y tos sanguinolenta. Si no se trata, la neumonía que provoca puede ser mortal. Pero hay varios antibióticos capaces de detener la infección.
Al igual que la viruela, la peste puede contagiarse de persona a persona, a través de gotitas de saliva infectadas.
La tularemia –a veces llamada fiebre de los conejos– es otra enfermedad animal que, en forma ocasional, infecta a las personas en todo el mundo. Puede ser mortal, pero existen antibióticos para tratarla.
Los síntomas comienzan entre uno y 10 días después de la exposición, con fiebre alta y quizás una ampolla. La bacteria se podría diseminar por medio de una explosión o, quizás, con un medio similar a una avioneta de fumigación.
Una fiebre argentina
A continuación están las fiebres hemorrágicas, como la que produce el virus del Ebola; la fiebre hemorrágica argentina, la fiebre Lassa, la fiebre del Valle del Rift, la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo y las encefalitis transmitidas por las garrapatas, todas causadas por virus.
Los pacientes pueden presentar hemorragias bajo la piel, por la boca, los ojos y los oídos, y pueden morir como consecuencia del estado de shock.
Con excepción de la fiebre amarilla y la fiebre hemorrágica argentina, no se han desarrollado vacunas contra ninguno de estos virus, que son contagiosos y pueden diseminarse por medio de las picaduras de los insectos.
El botulismo es otra enfermedad que funcionaría como arma. Puede diseminarse en los alimentos, causando parálisis grave y muerte. La toxina botulínica que la causa es la sustancia más venenosa que se conoce. Un solo gramo de la toxina cristalina, uniformemente dispersado e inhalado, mataría a más de un millón de personas, aunque se cree que las complicaciones técnicas harían difícil un ataque así.
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