
Los peligros del optimismo irracional
Por James Neilson Para LA NACION
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Desde el momento en que 200 personas fueron asesinadas y un millar y medio resultaron heridas en Madrid, todos los intentos de entender el significado de la matanza han sido viciados por la voluntad de grupos politizados de encuadrarla en su propia cosmovisión. Por motivos evidentes, los más resueltos a hacerlo han sido los españoles mismos.
Aunque dadas las circunstancias era muy lógico que el gobierno lo atribuyera a ETA, la reacción inicial del ministro del Interior, rebosante de indignación, ante la mera sugerencia de que Al-Qaeda pudo haber sido responsable reflejaba el deseo de que fuera obra de los terroristas vascos.
Por su parte, la izquierda española, acompañada por sus correligionarios de otras partes del mundo hispanohablante, quería achacar el horror a "los árabes", no por prejuicios racistas, sino porque suponían que les convendría vincularlo directamente con el apoyo de José María Aznar a la decisión de Estados Unidos y Gran Bretaña de invadir Irak. Es decir, que en última instancia el máximo culpable de la masacre de Atocha fue George W. Bush.
Irónicamente, la esperanza de la izquierda hispana de que se haya tratado de Al-Qaeda coincide con la de los neoconservadores norteamericanos. Desde el punto de vista de éstos, lo que Europa necesitaba era su propio 11 de septiembre para que se diera cuenta de que el terrorismo islámico no es una malsana obsesión estadounidense, sino una amenaza mortal contra la cual todos tendrán que movilizarse.
No les preocupa la derrota del partido de su aliado José María Aznar; a su juicio lo importante es que los europeos tomen conciencia del peligro que enfrentan. Por muy monstruosa que pudiera ser una atrocidad perpetrada por ETA, su repercusión en Europa hubiera sido similar a la provocada por los crímenes cometidos por el IRA o por la muerte a manos de derechistas italianos de 84 personas en Bolonia en 1980.
Si se confirma que los autores realmente están relacionados con Al-Qaeda, ¿se modificará mucho la actitud de los europeos ante la amenaza planteada por los terroristas islámicos? Todo depende de la forma en que hagan comprensible el ataque explicándolo.
De tomárselo por una venganza atroz, pero previsible por el respaldo de Aznar a la invasión de Irak, los efectos se diluirán. Lejos de galvanizar a los europeos, podría servir para que confiaran todavía más que antes en "el diálogo" con quienes sueñan con ofrecerles la opción de convertirse a su propia versión del islam o ser exterminados como ganado.
Asimismo, de asesinar los islámicos a una gran cantidad de franceses, muchos lo imputarían a la prohibición del velo en las escuelas públicas, mientras que un crimen similarmente horrífico en Alemania, Holanda o Dinamarca se vería atribuido a alguno que otro agravio contra los musulmanes, de esta forma amortiguando el impacto.
El pasado que vuelve
No sólo es una cuestión de la costumbre que tiene una franja díscola de culpar a sus adversarios locales y a sus amigos extranjeros por todos los males del mundo. También lo es del ansia de la mayoría de los habitantes de países prósperos y democráticos de convencerse de que por fin han dejado atrás una historia llena de terror que se remonta a la edad de piedra, que en Europa al menos nunca más podrán repetirse los grandes crímenes colectivos que eran rutinarios hasta épocas aún recientes.
Es por eso que tantos, trátese de conservadores británicos, progresistas latinoamericanos o indecisos de todas las latitudes, suelen acusar a los dirigentes que les advierten sobre los peligros apocalípticos que están incubándose en sus propias sociedades y en regiones como la que se ha dado en llamar el Gran Medio Oriente de motivarse en nada más que el afán de eliminar libertades civiles duramente conquistadas.
Puede que la razón nos diga que los agoreros están en lo cierto y que de todos modos es mejor exagerar los riesgos de lo que sería cruzar los dedos y rezar a que no suceda nada malo, pero los más siempre preferirán el optimismo irracional a una realidad que es difícil soportar.
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