
Los que votan con los pies
Cuando una persona vota en una elección, participa en una decisión colectiva cuyas consecuencias no le serán indiferentes. Pero poner una boleta en una urna sólo la compromete en cuanto agente de un acontecimiento público y no en su vida misma.
Cuando una persona decide emigrar, en cambio, compromete su ser y el de su familia en una gran aventura. Aun cuando le vaya bien en el país de destino, el emigrante sufre un feroz desgarramiento al separarse de todo aquello que ama.
Al emigrante, además, le puede ir mal. Le puede ir, por ejemplo, como les fue a los 58 desdichados provenientes de Fujian, China, que murieron de asfixia al intentar el ingreso ilegal en el Reino Unido escondidos dentro de un camión cuya fúnebre carga descubrirían los aduaneros de Dover. Al ponerse en manos de organizadores clandestinos, los emigrantes arriesgan la vida y la libertad.
Cuando se vota en el cuarto oscuro con las manos, se arriesgan consecuencias periféricas y reversibles para el votante. Cuando se vota con los pies, se arriesga todo. ¿Queremos saber si a un país le va bien o mal? No preguntemos cómo votan sus ciudadanos con las manos, sino con los pies.
Emigrantes e inmigrantes
Un país, ¿recibe inmigrantes o expulsa emigrantes? Esta es la pregunta crucial. Escriban lo que quieran los expertos y hablen lo que quieran los políticos: nada supera la callada elocuencia de los que votan con sus pies.
Digamos lo que queramos, por ejemplo, de la Argentina contemporánea. Que es más avanzada o más equitativa que la Argentina de hace un siglo, por ejemplo. Pero aun así queda el hecho de que, en tanto la Argentina del 1900 atraía millones de inmigrantes, la Argentina del 2000 ha expulsado cientos de miles de argentinos en busca de las oportunidades que ella había dejado de ofrecer. En 1900, aquí venían millones de europeos en demanda de riqueza. En el 2000 sólo vienen vecinos que no aspiran a la riqueza sino apenas a otra pobreza, menos desoladora que la que sobrellevan.
A Cuba no van inmigrantes. Pero cientos de miles de cubanos se han ido a Miami. Decimos que España ha progresado porque ya no expulsa trabajadores hacia otros países europeos, como solía hacerlo. Ahora trata de resistir, en cambio, el aluvión de marroquíes y argelinos, 36 de los cuales se salvaron apenas de seguir la suerte de los chinos en Dover cuando la Guardia Civil los descubrió en una furgoneta cerca de Málaga. Las grandes ciudades norteamericanas se parecen cada día más a una muestra polícroma de la Humanidad.
Cuál sea el mejor sistema económico es objeto de apasionada discusión en los círculos intelectuales. Pero aquellos que votan con sus pies atienden a una experiencia más "real" que los textos universitarios. Los intelectuales, después de todo, no se juegan la vida detrás de sus opciones.
Puertas entreabiertas
Se han escrito bibliotecas para definir el desarrollo y el subdesarrollo. No hace falta tanto. Si un país atrae inmigrantes, es desarrollado. Si expulsa emigrantes, es subdesarrollado.
Pero los países desarrollados exhiben dos políticas opuestas frente a la masa de desesperados que golpean a sus puertas. Después de tratar por décadas de desalentar a los inmigrantes, los Estados Unidos acaban de anunciar que aceptarán más trabajadores extranjeros porque crean tantos empleos que escasea la mano de obra.
Contra esta política de puertas abiertas, Europa trata de cerrar las suyas, bajo el peso de presiones xenófobas como la de Haider en Austria y sus émulos en el resto del continente. Es que en Europa cunde el desempleo; el inmigrante compite con los desempleados locales. Si el voto con los pies separa el mundo desarrollado del subdesarrollado, la actitud frente al voto con los pies separa a los países de más y de menos éxito dentro del mundo desarrollado.
La socialdemocracia europea se opone al capitalismo descarnado de los Estados Unidos. Pero es en los Estados Unidos donde el flujo de los que votan con los pies es incomparablemente mayor y, además, bienvenido. Y todo esto ocurre cuando los intelectuales descalifican más que nunca el "capitalismo salvaje" de los Estados Unidos. ¿Son masoquistas entonces quienes votan con sus pies? ¿O hay en sus pies más sabiduría que en la cabeza de los intelectuales?
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