Los santos de la ventana

Alberto Bochatey
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27 de abril de 2014  • 11:00

La Iglesia, por iniciativa del papa Francisco , ha vivido un acontecimiento único y maravilloso, testimonial y pedagógico de la Verdad del Evangelio, protagonizado por hombres de Dios contemporáneos que, con historias personales muy diferentes y en tiempos históricos, políticos y eclesiales disímiles partieron de una misma llamada y llegaron a una misma santidad. Dos hombres del siglo XX que articularon sus vidas en torno al acontecimiento eclesial más importante de ese siglo: el Concilio Ecuménico Vaticano II.

San Juan XXIII , movido por el Espíritu Santo, convocó al Concilio Ecuménico Vaticano II diciendo que se abría una ventana en la Iglesia. Lo que sucedió con su gesto profético no fue la abertura de una ventana sino la regeneración, el ‘aggiornamento’, de toda la Iglesia. San Juan Pablo II nos animó, desde el mismo día del inicio de su pontificado, a abrir de cuajo, ‘spalancare’, las puertas a Cristo. Lo que sucedió fue que el mundo entero, especialmente los jóvenes, siguieron y amaron profundamente a este profeta del amor y de la familia hasta el último día de su vida.

Quisiera recordar, hablando de ventanas, la aparición inolvidable en la ventana del Palacio Pontificio de San Juan XXIII, la noche de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II donde, con una ternura y una familiaridad especial, decía a los padres de familia allí presentes, que al regresar a casa, dieran un beso a sus hijos diciéndoles que era el Papa quien los besaba. Fue él también quien inició la tradición del Angelus de los domingos al medio día, desde esa misma ventana.

San Juan Pablo II se despidió de todos nosotros, siempre desde la misma ventana, el miércoles anterior al sábado de su muerte, con aquel inolvidable silencio angustiante pero sereno cuando queriendo hablar, ya no pudo pronunciar palabra. Sabemos sin embargo que siguió escuchando a los jóvenes que estuvieron en la Plaza de San Pedro, junto a él, hasta el momento de su muerte. Estos ‘santos de la ventana’ supieron abrirse y salir por el mundo con su Magisterio, su labor apostólica y con su diálogo abierto (‘Fides et Ratio’), ecuménico e interreligioso (‘Veritatis Splendor’) promoviendo la paz (‘Pacem in Terris’), la unidad (‘Ut Unum Sint’) y la oración entre todos los Hombres de buena voluntad. Valores que hoy se vuelven a consagrar en la santidad de sus promotores.

Hablar de santidad en nuestros días es de por sí algo profético y como toda profecía puede resultar extraña, no ser aceptada y seguramente no del todo comprendida. Sin embargo, la canonización del ‘Papa Bueno’ y del ‘Papa venido de lejos, de los jóvenes y la familia’ se ha vivido como un acontecimiento mundial difícil de comparar con otros. Una transmisión televisiva con tecnología y un alcance único, sin hablar de los demás medio virtuales. Una presencia pocas veces vista de delegaciones oficiales (casi 100) con los principales Jefes de Estado (de países cristianos y no cristianos) que supieron interpretar la trascendencia del hecho. Más de un millón de personas en la Plaza San Pedro y sus alrededores y aún más si tenemos en cuenta las pantallas gigantes distribuidas por todo Roma.

La primera reflexión después de esta canonización llamada ‘de los cuatro papas’ es que el Vicario de Cristo en la tierra, el sucesor de Pedro y de los Apóstoles, tiene mucho para decir a este mundo del relativismo y del pretendido ocultamiento de Dios, de la Verdad y del Bien. Se hace evidente como el hombre, incluso llegando a las responsabilidades más altas y a la autoridad mayor en el mundo, puede mantenerse fiel a la vocación de amor y de servicio, a la honestidad y la verdad, a la virtud y el ejemplo. Vivir en Cristo, con Él y por Él es una realidad moderna y posible. Sólo es necesario la vocación y el deseo de vivir la Gracia y actuar en consecuencia.

El siglo XXI continúa esta historia profética de los nuevos santos papas con el papa Benedicto XVI y su labor doctrinal y apostólica coronada con un nuevo gesto profético, inédito, humilde y de inmensa trascendencia como fue su renuncia. Esto abrió otra ‘ventana’ en la Iglesia: un cónclave especial, donde los cardenales interpretaron que el Espíritu Santo miraba al Papa Francisco con su fuerte impronta pastoral. Los frutos de los santos son concretos y no pueden dejar indiferentes o insensibles a los hombres de fe. La santidad de los papas promueve y alienta a los nuevos Pontífices. La Santidad de los papas renueva y compromete aún más a todos en la Iglesia Católica. La santidad de los papas no nos puede dejar como antes, debe iluminar nuestro ‘salir por el mundo’ a anunciar la buena noticia, nuestro ‘hacer lío’ al que nos invita el Papa Francisco.

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