Maduro debe de estar sonriendo en el Palacio de Miraflores

Juan Landaburu
Juan Landaburu LA NACION
Las turbulencias que afectan a distintos países de la región alivian la presión internacional sobre el chavismo
Fuente: Archivo - Crédito: Reuters
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1 de noviembre de 2019  

Cuando empezó este año, no eran pocos los que creían que Nicolás Maduro tenía las horas contadas. La situación económica en Venezuela era insostenible, buena parte del mundo no reconocía la legitimidad de su mandato y se había formado un sólido bloque de países americanos dispuestos a presionar y a reconocer a Juan Guaidó como presidente.

El dramatismo en Venezuela alcanzó su pico a mediados de abril, cuando Guaidó llamó a un levantamiento militar y la amenaza de una guerra civil parecía real. Otra vez volvían los vaticinios de las horas contadas de Maduro. Pero el chavismo recuperó el control y a partir de entonces otros países empezaron a disputarle el protagonismo como mayor foco de tensión regional.

Los incendios en la Amazonia pusieron en una situación incómoda a Jair Bolsonaro con la comunidad internacional; parte de las FARC retomaron las armas en Colombia; la Argentina volvió a caer en el abismo económico; en Perú, Martín Vizcarra disolvió el Congreso, y las últimas semanas estuvieron marcadas por estallidos sociales en Ecuador, Chile y Bolivia.

En algún momento los historiadores se pondrán de acuerdo en cómo definir este período turbulento y confuso que atraviesa América Latina, que hasta ahora parecía moverse en conjunto: las dictaduras militares, el regreso de democracias bajo el Consenso de Washington, la consolidación de los modelos populares de izquierda apoyados en el boom de las commodities y lo que hasta hace poco parecía ser un giro hacia la centroderecha.

Ya no está tan claro hacia dónde va la región, afectada por la desaceleración económica de la última década. En este clima de turbulencias inesperadas, Maduro debe de estar sonriendo en el Palacio de Miraflores. La presión internacional que enfrentaba a principios de año ahora se diluye.

En primer lugar, porque ahora los líderes de la región están demasiado ocupados con el caos que enfrentan en sus propios países como para poner a Venezuela en su agenda de prioridades. Tomemos el caso del presidente chileno, Sebastián Piñera. El empresario se había puesto como objetivo en este segundo mandato consolidarse como un líder regional, algo que quería que fuera parte de su legado. Fue una de las voces más críticas con las violaciones de los derechos humanos en Venezuela y viajó a la frontera con Colombia para presionar por el ingreso de ayuda humanitaria, en una movida diplomática que no resultó como esperaba.

También quiso posicionarse como referente en cuestiones climáticas. Intentó sacarle un saludo a la activista Greta Thunberg en la ONU y se preparaba para estar en el centro de la escena mundial con la COP25 en Santiago, en diciembre. Además, Donald Trump y Xi Jinping iban a firmar las paces en el foro de la APEC. Las dos cumbres fueron canceladas esta semana, y la prioridad de Piñera ya no es posicionarse como líder regional, sino salvar la imagen internacional de un Chile prendido fuego. No hay tiempo ahora para criticar a Maduro; eso quedó en manos de su mayor rival política: Michelle Bachelet, la alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU.

Pero el mayor motivo de alivio para Maduro es lo que parece un inevitable quiebre entre los dos países más grandes de la región, la Argentina y Brasil, que hasta ahora presionaban en conjunto. Ya quedó claro que Alberto Fernández y Bolsonaro no tienen planes de llevarse bien.

Esta fractura probablemente termine debilitando más aún al Grupo de Lima, que se había erigido como el mayor factor de presión internacional contra Maduro, y que ya había perdido fuerza con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en México.

Las cosas cambiaron tanto que hasta Venezuela fue premiada semanas atrás con un asiento en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, a pesar del demoledor Informe Bachelet.

Si a principios de 2019 muchos pensaban que Maduro tenía los días contados, ahora nadie duda de que podrá pasar un fin de año tranquilo. No así el resto de los venezolanos que sufren el desabastecimiento crónico ni los 4,5 millones que dejaron el país en busca de una vida digna.

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