
Manuel Valls, un "Sarkozy socialista" que a nadie deja indiferente
PARÍS.- Mucho más popular en la derecha que en la izquierda, Manuel Valls parece haberse preparado durante toda su vida para ocupar el puesto de primer ministro de Francia.
Ese catalán nacido hace 51 años, que defiende un socialismo "a la Tony Blair" y fue ministro del Interior hasta ayer, se especializa en escandalizar a la izquierda "bien pensante", con su ambición asumida y sus posiciones con frecuencia dignas de un político de derecha.
La última de ellas fue la pulseada que protagonizó con el polemista Dieudonné, varias veces condenado por antisemitismo por sus espectáculos, que no abandonó hasta que fueron prohibidos. Pocos meses antes, había provocado otro escándalo con la detención y la expulsión a Kosovo de una estudiante gitana de 15 años que vivía en el este de Francia.
Desde la izquierda radical, hasta ciertos responsables de su partido, pasando por los verdes, muchos pidieron entonces su cabeza, y lo calificaron de "Sarkozy del socialismo". Sí, porque Valls cae mucho mejor en la derecha que en la izquierda. En un sondeo publicado en marzo, 41% de simpatizantes de derecha lo escogían como primer ministro, contra sólo 20% de votantes de izquierda.
"Dice las cosas con total honestidad, con lucidez y, sí, a veces, con cierta brutalidad", resume Alain Bauer, profesor de criminología y amigo íntimo desde la universidad.
Valls no sólo cae bien a los nostálgicos de la mano dura, también al sexo opuesto. Según un sondeo de la revista Elle, 20% de las mujeres encuestadas "tendrían con gusto una tórrida aventura" con ese moreno tenebroso de ojos azules y mechón indisciplinado. Casado en 1987 con Nathalie Soulié, con quien tuvo cuatro hijos, en 2010 se unió en segundas nupcias a la violinista Anne Gravoin.
Nacido en Barcelona el 13 de agosto de 1962, hijo de un artista plástico antifranquista catalán que emigró a Francia, Valls se nacionalizó recién a los 20 años y, contrariamente a la elite política de este país, nunca pisó la prestigiosa Escuela Nacional de Administración (ENA).
A imagen de Tony Blair, que desempolvó el Partido Laborista británico, Valls se identificó con el ala reformadora del Partido Socialista (PS), y llegó a sugerir incluso que se abandonara el adjetivo "socialista". También manifestó públicamente su rechazo a la ley, votada por sus pares, que limitó la semana laboral a 35 horas.
Con un diploma de historia de la Sorbona bajo el brazo, ejerció varios cargos municipales hasta que en 2001 fue elegido alcalde de la ciudad de Evry y un año más tarde, diputado nacional. Pero sus correligionarios lo afirman: Valls siempre fue un outsider en su partido, con frecuencia calificado de agresivo y difícil.
Como muchas figuras importantes de la política francesa, el nuevo primer ministro fue miembro de la masonería, pero hace algunos años decidió suspender su participación aunque sin romper definitivamente con sus antiguos cófrades.
En 2011 se presentó a las primarias del PS como candidato presidencial. Con su discurso iconoclasta contra "las viejas recetas de la izquierda" sólo consiguió el 6% de los votos. Fue entonces que se incorporó a la campaña de François Hollande, de quien fue un excelente director de comunicación.
Después del triunfo de mayo de 2012, el nuevo presidente lo recompensó nombrándolo ministro del Interior, puesto percibido como el trampolín a la jefatura del gobierno. Desde allí, Valls prosiguió la política de Nicolas Sarkozy, desmantelando campamentos ilegales de gitanos. Una acción aprobada por una amplia mayoría, pero criticada por las ONG y varios sectores de la izquierda.
Ayer, la ministra de Vivienda anunció su decisión de "no participar del nuevo equipo gubernamental". "No es una cuestión personal", afirmó. Simplemente no soporta sus ideas.
Quizás ésa sea la mayor virtud de Manuel Valls: no dejar a nadie indiferente.





