
Mentir es un pecado inaceptable en Washington
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MIAMI.- Había una canción muy popular en los años 50 que cantaban Smith y "sus pelirrojos", titulada "Es pecado mentir". Para muchos, en Washington, debe resultar hoy premonitoria. Desde Watergate en adelante, una larga lista de políticos, militares y altos funcionarios de sucesivas administraciones han visto pulverizarse sus carreras o han terminado en la cárcel por violar el sencillo enunciado de esta canción.
Desde hace escasamente 72 horas, el presidente Bill Clinton confronta seriamente esta misma contingencia. Uno podría pensar que los norteamericanos no han cambiado esencialmente sus valores morales desde que un grupo de puritanos desembarcara por primera vez en Massachusetts, en 1620. Pero no son cuestiones morales como la infidelidad o la promiscuidad sexual las que detonan los escándalos políticos en los Estados Unidos, sino el simple, banal y a menudo necio acto de mentir.
Lo que la ley condena específicamente es el acto de perjurio, definido genéricamente como la acción de mentir bajo juramento. Pero más allá de la ley, existe en la sociedad norteamericana la percepción generalizada de que la mentira es inaceptable. Fue la evidencia de mentira la que forzó la renuncia de Richard Nixon en 1974 y fue la mentira la que terminó con las aspiraciones de Gary Hart a la presidencia en 1988.
Precisamente lo que diferencia el corriente escándalo sobre la presunta relación de Clinton con una ex pasante de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky, de sus anteriores tribulaciones con Gennifer Flowers y Paula Jones, es que en este caso, el presidente negó expresamente esta relación bajo juramento.
La tergiversación del lenguaje y la distorsión informativa son tan naturales a la política como los discursos de campaña y han sido utilizadas con mayor o menor eficacia por todos los gobernantes desde la antigüedad. Pero no deja de ser curioso que la mentira resulte tan refractaria a una sociedad que convive diariamente con algunas de las prácticas más refinadas de engaño. Desde el supermercado hasta el Congreso, desde la economía hasta la religión, las palabras no siempre dicen lo que pretenden decir.
Los publicitarios norteamericanos han hecho maravillas con las ambigüedades del lenguaje, vendiendo artículos de legítima imitación cuero, o auténticos diamantes artificiales o diciendo, como el jarrón de cerámica anunciado en un catálogo:
Hecho en Estados Unidos e importado de Taiwán. Hoy en día los autos ya no se venden usados sino pre-poseídos"; los créditos impagos de los bancos no son pérdidas sino "bienes no operativos" y el Pentágono llama eufemísticamente a los muertos en bombardeos a objetivos militares, "daños colaterales".
Los anglosajones han bautizado a esta forma de estafa idiomática "doublespeak", un neologismo inventado por George Orwell en su novela "1984" y que podría traducirse como "doblez expresiva". En realidad, es lo que los argentinos llamamos "verso", pero programado científicamente. De lo que se trata es de disfrazar los aspectos negativos de una situación o un producto y exagerar sus ventajas, de manera de confundir al público.{Subtitulo} Maestro de la imprecisión Desde un comienzo, Clinton ha sido percibido por la prensa, si bien no como un definitivo practicante del "doublespeak", por lo menos como un maestro en el arte de las imprecisiones. Abogado y ex profesor de derecho, Clinton se ha valido a lo largo de su carrera pública de un cuidadoso uso de las palabras para sortear las situaciones más comprometedoras.
En 1992, por ejemplo, cuando en plena campaña electoral Gennifer Flowers salió a denunciar desde las páginas de la revista Star haber mantenido una relación de 12 años con el candidato demócrata, Clinton apareció junto a su esposa Hillary en el programa "60 Minutos" y desmintió "categóricamente" las declaraciones de Flowers a la revista.
Pero lo que aparecía a primera vista como una refutación de la relación, fue en realidad una desmentida de "aquello que se decía en la revista", que no es lo mismo.
Por eso, cuando la semana pasada, durante su deposición por el caso de Paula Jones Clinton admitió finalmente haber tenido una relación sexual con Flowers, el secretario de prensa, Mike McCurry no tuvo dificultad alguna en decirle a la prensa que el testimonio de Clinton en su deposición y sus declaraciones públicas seis años atrás "no se contradicen".
En esta oportunidad, el Presidente trató de revivir los viejos trucos de magia. En su primer comunicado sobre el episodio Lewinsky, por ejemplo, negó haber tenido una "relación impropia" con la pasante, un término mucho más ambiguo que "relación sexual".
La diferencia no escapó a la prensa. Ayer, en un editorial, The New York Times criticó el "cuidadoso uso de palabras" que el Presidente ha estado utilizando para negar veracidad a las denuncias de su relación con Lewinsky y lo instó a contar toda la historia.
Lo cierto es que esta vez, ningún artilugio del lenguaje servirá para disipar las sospechas que han surgido acerca de lo que sucedió exactamente entre el Presidente y la pasante. La limitada credibilidad que aún se le otorga a Clinton en este caso, proviene, no de pensar que no podría haber hecho lo que se dice que hizo, sino de asumir que "nadie puede ser torpe".
Pero la torpeza no es necesariamente ajena a la política. ¿A quién se le podría ocurrir que un avezado político como el senador Bob Packwood llevaría un prolijo diario de sus aventuras sexuales que eventualmente terminaría leyendo toda la nación, o que Dick Morris, el estratega de la reelección de Clinton, tendría la peregrina idea de poner a una prostituta al teléfono teniendo del otro lado al Presidente?.
La verdad y mentira no están separadas por una línea definida sino, más bien, por una ancha malla de ambigüedad. Pero en este caso tal malla no existe.
O Clinton no hizo lo que se dice que hizo o el salto es al vacío, al son de la canción de Smith y "sus pelirrojos".





