Mentiras venenosas para volver a una tierra gloriosa de fantasía

Roger Cohen
Roger Cohen MEDIO: The New York Times
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23 de junio de 2016  

Londres.- En la política, como en la vida, está el tema de las compañías que uno frecuenta.

Gente muy razonable, incluidos algunos amigos míos, dan argumentos muy razonables a favor del Brexit. Dicen que la Unión Europea (UE) es poco transparente. Dicen que una unión que contiene un club interior de naciones con una moneda común y otras que son casos aparte y no comparten esa moneda constituye un ardid que ofende la honestidad intelectual de los votantes. Para que el euro sea sustentable, las naciones de la eurozona necesitan una unión política aún más estrecha. Y hay naciones, como Gran Bretaña, que no quieren eso.

Esa gente razonable argumenta que la UE es poco democrática, administrada por burócratas que no le rinden cuentas a nadie, y que Gran Bretaña puede reinventarse a sí misma, ir más allá de la cuestión geográfica y desafiar más de una autoritaria predicción de desastre económico vinculándose con sectores del mundo emergente en rápido crecimiento después de darle la espalda a una Europa estancada.

Estoy dispuesto a prestar media oreja a esos argumentos, por más que sean irrisorias nimiedades cuando se los compara con la maravilla de una Europa en paz y sin fronteras, el acceso a un mercado de 500 millones de personas, décadas de prosperidad ininterrumpida desde que Gran Bretaña se sumó a la Comunidad Económica Europea, en 1973, y la capacidad británica de ser un líder global desde dentro de Europa frente a la perspectiva de convertirse en una mojarrita insular a la deriva en el mar del Norte.

La UE viene de una década difícil. Se vio sacudida por las fallas estructurales del euro y una pobre respuesta al colapso financiero de 2008. Sigue enfrentando la dificultad de absorber las naciones del ex bloque comunista y el desafío de las migraciones en masa. La UE necesita revitalizarse y Gran Bretaña es perfecta para liderar ese proceso.

Pero el referéndum británico no parece girar en torno a esto. Ha girado en torno al fanatismo prejuicioso del estilo "¡Devuelvan Gran Bretaña!", a los despotriques antieuropeístas que suele servirnos The Daily Mail, con acusaciones tan inconsistentes que avergonzarían a Donald Trump, a la vileza del UKIP, a las ultrajantes diatribas del ex alcalde londinenses Boris Johnson y su comparación de la UE con Hitler.

En otras palabras, la campaña para el referéndum fue veneno puro. Y ese veneno condujo -no directamente, pero igual- al asesinato de Jo Cox, diputada laborista que defendía la permanencia en Europa, que fue baleada la semana pasada por un hombre al grito de "¡Primero Gran Bretaña!". El sospechoso del asesinato, Thomas Mair, dijo ante la corte que su nombre era "¡Muerte a los traidores, libertad para Gran Bretaña!".

Quienes vienen pidiendo que Gran Bretaña deje la UE ya estaban dispuestos a irse a la cama con fanáticos xenófobos de la calaña de Mair. Han consentido la fabricación de groseras mentiras sobre Europa y los extranjeros para impulsar una campaña para sacar a Gran Bretaña de su barrio (que, dicho sea de paso, es la invención política más importante de la segunda mitad del siglo XX) y llevarla a una tierra de fantasía de glorias pasadas.

Ésa no es la Gran Bretaña que conozco. No es la Gran Bretaña que recibió a mis padres, inmigrantes judíos sudafricanos, y les permitió quedarse y prosperar. Ni es la Gran Bretaña cuya propia unión de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte ha sido un exitoso ejercicio de mixtura. No es la Gran Bretaña cuya capital, Londres, tal vez sea la mayor ciudad del mundo debido a su apertura, donde todos los idiomas hicieron su hogar.

"Levantate, Jo", le imploraba Fazila Aswat, su asistente, mientras Cox yacía muriéndose en el piso. "No puedo, me duele mucho." Ésas fueron sus últimas palabras.

¡Vamos, británicos! Por Cox, por sus dos hijos, por Fazila Aswat, por la orgullosa historia de apertura de Gran Bretaña, ¡despierten! Levántense, ciérrenles la boca a los que escupen odio y voten por permanecer en la Unión Europea.

Traducción de Jaime Arrambide

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