
Miseria y violencia en la favela Mohino
Un sacerdote italiano cumple una difícil misión en esa villa miseria de San Pablo
1 minuto de lectura'
SAN PABLO.- "No entren solos, porque si no, no salen vivos". La advertencia sale de boca del padre Enrique, fundador de la Comunidad de la Alianza de la Misericordia, un italiano que desde hace siete años ayuda a los más pobres entre los pobres de Brasil, viviendo junto a ellos y haciendo realidad una "locura de amor" en las favelas, las tristemente célebres villas miserias donde se cocinan a fuego lento injusticias que son el caldo de cultivo para la violencia, la droga y la prostitución que azotan a este país.
Junto al padre Enrique -un admirable sacerdote católico de 52 años, barba canosa y sandalias- no es peligroso entrar en la favela de Mohino, una de las 1600 que existen en esta ciudad de más de 24 millones de habitantes, donde se estima que hay unas 6 millones de personas que viven en villas miserias.
El padre Enrique avanza saludando a la gente. Abraza y besa a bebes con la piel marcada por las enfermedades relacionadas con la mala higiene y la mala alimentación. Camina sonriente entre los perros y la basura, y bendice a los desocupados que viven aquí, la mayoría cartoneros que transitan por las callecitas malolientes tirando de sus carros, después de haber ganado con su trabajo de reciclaje de papel y objetos varios, 10 reales por día, poco menos de 5 dólares.
Mohino -que en portugués significa Molino- se llama así porque se levantó hace unos quince años alrededor de una fábrica de harina hoy abandonada, debajo de dos silos destartalados ahora llenos de graffiti y suciedad.
Mohino, que como la Villa 31 está partida en dos por las vías del ferrocarril, queda en el centro de San Pablo. Reflejo de las profundas diferencias que hay en Brasil entre los que tienen y los que no, está enclavada en el barrio de Barra Funda, cerca de la Universidad de Bandeirantes, a los pies de modernos rascacielos y debajo de un viaducto de la avenida Río Branco.
Las callejuelas de tierra de Mohino, donde viven unas dos mil personas -cerca de 340 familias con 400 chicos- en condiciones dramáticas, huelen a miseria, a cloaca a cielo abierto, a situación higiénica desesperada. No hay agua corriente, ni electricidad, ni sistemas de desagüe, ni cloacas en este lugar donde la mayoría de la gente se cuelga clandestinamente de los postes de luz para sobrevivir.
La mayoría de las viviendas son de cartón prensado, con techos de chapas y pisos de cemento o tierra. Las más lujosas ostentan algunos ladrillos, y están numeradas con letras y números.
En la vivienda B23, donde vive Carmen Isto, madre soltera de dos hijos de 13 y 12 años, que trabaja como doméstica, sorprende la pulcritud. Más allá de la precariedad, todo está limpísimo: hay plantas en la entrada, un sofá destartalado, cortinas para separar las habitaciones, un televisor, una heladera y, colgada sobre la pared de cartón, una imagen de Jesús.
"Sí, la vivienda es limpia, pero acá dormimos con las ratas que nos pasan por encima", destaca el padre Enrique. Gracias al trabajo de los misioneros de su comunidad que, como él, viven en la favela, logró sacar de la calle a 1300 personas. "Sólo en el centro de San Pablo se estima que 11.000 personas duermen en la calle, entre las cuales 5000 son niños", agrega.
Situación explosiva
Como en toda favela, en Mohino se ven algunos quiosquitos, supermercaditos, por supuesto una canchita de fútbol, y carteles que, increíblemente, señalan las viviendas de cartón que están en venta. Gracias al padre Enrique hay un jardín de infantes para 110 chicos, que tuvo que ser restaurado recientemente porque, como el resto de la favela, la estructura se mueve cuando pasa el tren.
También hay una pequeña iglesia, que había sido levantada por una secta pentecostal "cuyo pastor fue echado a los tiros porque la gente estaba harta de que viniera a cobrarles el típico impuesto de los evangelistas", cuenta el padre Enrique. En la capilla de cartón y chapa se celebra misa todos los sábados a la noche.
Más allá del trabajo que realiza aquí la comunidad del padre Enrique -que ayuda en otras favelas, y tiene casas de formación en todo Brasil- la situación es explosiva. Hay muchas armas, delincuentes, prostitución, extorsiones y droga. "Sólo en el Estado de San Pablo se calcula que hay 15.000 asesinatos al año. La violencia aumenta, y es una guerra civil no declarada, de la que los medios prefieren no hablar", denuncia.
"Es una situación terrible. Yo fui amenazado de muerte seis veces -señala el padre-. Además, difícilmente los ricos nos ayudan, ni el gobierno, ni el Estado hacen nada por esta gente, sino que sobrevivimos gracias a personas generosas que colaboran."
José Francisco es uno de los misioneros de la Alianza de la Caridad que vive aquí desde hace dos años. Morocho, de 28 años y con cruz al cuello, espera convertirse en sacerdote. Está feliz: mañana estará entre los privilegiados que podrán tomar la comunión de manos de Benedicto XVI en la misa que oficiará en Campo de Marte. Cuando lo cuenta, se le iluminan los ojos.

