
Nacionalismo y fútbol en el Himalaya
Por Narciso Binayán Carmona
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Todo empezó con un mono. Al menos así lo cuentan los venerables Registros de los reyes tibetanos .
La historia es así: Avalokitesvara, diosa budista de la misericordia, tomó un mono divino, lo transformó en sacerdote y le ordenó alcanzar la perfección en el Tíbet. El mono se instaló en una cueva, cuando se le unió una diablesa que intentó en vano seducirlo. Finalmente, ella le advirtió que, por sus faltas en una vida anterior, había reencarnado como diablesa, y que si él insistía en rechazarla se casaría con un diablo y tendría muchos diablitos que esparcirían el mal por el mundo.
Esto hizo meditar al mono que llegó a la residencia de Avalokitesvara y ella le dijo: "Debes practicar la bondad con audacia. Cásate con ella". El mono volvió y tuvo seis hijos con la diablesa. De ellos nació el pueblo tibetano.
De esta versión más o menos oficial pasemos al presente: de la región de Amdo -tierra de la tribu tibetana de los khampas- salieron los antepasados de los antiguos bhutaneses, cuyo país, a caballo del Himalaya, se abre en el Sur sobre las llanuras del nordeste de la India y de Bangladesh. El gran problema: el nacionalismo rampante y la gran minoría nepalesa.
Posición estratégica
Bhután no es muy grande -47.000 kilómetros cuadrados y 1.600.000 habitantes-, pero se encuentra en una posición peligrosamente estratégica, limitada al Norte por China y al Sur por la India -nada más que los dos países mayores del mundo- y con un vecino más pequeño -Nepal-, cuyos 20 millones de habitantes son suficientes para absorberlo.
Unico país tibetano independiente, ha tenido una historia movida. Durante siglos tuvo la peculiaridad de tener dos soberanos: el Deb Raja, ocupado de los asuntos temporales y elegido entre tres de los principales señores feudales, y el Dharma Raja o Shabdrung Rimpoche, encarnación de Buda y jefe espiritual. Hubo entre ambos innumerables conflictos y uno u otro pedían apoyo al Tíbet, que generalmente fracasó. Pero las cosas cambiaron desde 1720, y después de 1730 Bhután fue una especie de protectorado.
En 1907 las cosas cambiaron, cuando el Deb Raja, Ugyen Wanguk, se proclamó rey con auspicio de los ubicuos ingleses. Su par no fue reemplazado, y aunque en 1926 surgió uno apoyado por sus parientes tibetanos -su madre lo era-, terminó asesinado por los Wanguk -la familia real-. El Dalai Lama se quejó en carta oficial. El asunto trajo mucho ruido y hasta se pidió la intervención de Gandhi.
Es un país original: 1300 monasterios fortificados -los dzongs-, cuyos abades se eligen por reencarnación; una nobleza feudal; intrigas de cortes que incluyen bandos pro reina y pro concubina y asesinatos sonados; por allí salió el Dalai Lama rumbo a su refugio en la India.
El gran problema es la política nacionalista que exige el uso del dialecto tibetano local y del alfabeto tibetano, así como el traje nacional para hombres y mujeres.
Los afectados son los nepaleses que forman una fuerte minoría en el Sur (o formaban). Ya en 1992, 70.000 debieron volver a su país y a su pobreza, y los partidos Democrático Bhutanés y del Pueblo Bhutanés protestaron contra la política que aplicaban el ejército y la policía del reino contra aquéllos.
Los refugiados hoy son muchos más, y el Parlamento Europeo votó contra "la campaña de supresión de la identidad nepalesa en Bhután". El gobierno la ignoró. Al parecer, Bhután teme que, eventualmente, los nepaleses sean mayoría y que su país corra la suerte del vecino Sikkim, que terminó incorporado a la India.
Por lo demás, y pese a la identidad de fe y de nacionalidad, los tibetanos y aun inmigrantes no se han librado de los rigores de la política de Driglam Namzha. Ya en 1978 lo planteó un diputado de la Asamblea Nacional delante del rey.
Un dato caro a los amantes de la "globalización": los bhutaneses son fanáticos por el fútbol y el rey Jigme Dorsi Wangouk es un jugador prestigioso y excelente arquero. Claro es que el fútbol no solucionará los problemas de fondo (y el de los nepaleses no es el único).



