No desapareció la espada de Damocles
ROMA.- Prodi sobrevivió al gran desastre del miércoles último, es cierto, y probablemente supere la semana próxima el gran desafío del voto de confianza en el Senado. Pero la pregunta que todo el mundo se hace ahora es la misma que se hacía en abril del año último, cuando por un suspiro La Unión le ganó las elecciones a la coalición de centroderecha de Berlusconi. ¿Cuánto va a poder durar?
Una espada de Damocles, de hecho, sigue pendiendo sobre Prodi, que, más allá de cualquier "pacto blindado" que les hizo firmar a sus socios, sigue sin tener en el Senado una mayoría suficiente como para darle estabilidad y gobernabilidad al país.
La oposición, así como también varios analistas, sostiene que no se puede gobernar dependiendo del voto de algún senador vitalicio -que por un resfrío puede llegar a faltar a la sesión-, o de algún senador de la extrema izquierda que de repente se rebela y obedece a lo que le dice su conciencia ideológica, como sucedió el miércoles pasado con los dos senadores disidentes del ala más radical de La Unión, en desacuerdo con la ampliación de una base militar norteamericana y la permanencia de la misión italiana en Afganistán. Justamente porque esta virtual paridad en el Senado entre gobierno y oposición fue posible gracias a la pésima ley electoral vigente, Napolitano dijo ayer más que claramente que la reforma electoral deberá ser una prioridad.
Así las cosas, son muchos los que vaticinan que el débil gobierno de Prodi, quizá, si todo va bien, podrá aguantar un año o poco más. Se trata de un tiempo prudente como para reformar la ley electoral y poder entonces llamar a elecciones. Un tiempo propicio, además, para crear el tan mentado Partido Democrático, que teóricamente unirá a todas las fuerzas progresistas y reformistas del país. Y un tiempo prudente, también, como para que los parlamentarios puedan acceder a su pensión vitalicia, algo factible sólo después de dos años y medio de legislatura.
No hay que olvidar que con los denominados "12 mandamientos" que lo hicieron resucitar, Prodi les hizo tragar varios sapos a los grupos rebeldes de la izquierda más radical de su coalición, culpables de la caída. Debieron renunciar al proyecto de ley para legalizar a las parejas de hecho, también homosexuales, un punto que desapareció del programa de gobierno, virtual victoria del Vaticano. Y también debieron aceptar la controvertida construcción de la línea ferroviaria de alta velocidad Lyon-Turín, tema aborrecido por los partidos verdes y de izquierda.
Muchos analistas siguen destacando, en efecto, que más allá de cualquier pacto de fidelidad a Prodi -católico de centro, sin carisma ni partido-, jamás le va a ser posible gobernar a una coalición que nació sólo para evitar que Berlusconi volviera al poder, y que si ahora firmó un "pacto blindado", por el cual aceptó condiciones más que improbables como que "en caso de enfrentamiento se le reconoce al premier la autoridad de expresar de manera unitaria la posición del Ejecutivo", fue para evitar exactamente lo mismo. "¿Qué tienen en común Clemente Mastella, del centrista y demócrata cristiano grupo Udeur, y Oliviero Diliberto, de los comunistas italianos?", se preguntan los entendidos. La respuesta es que nada.
No extraña, pues, que el frágil gobierno de Prodi haya sido comparado ayer por el diario La Repubblica con la miserable Armada Brancaleone. En este clásico del cine italiano, en un momento alguien pregunta: "¿Adónde van? Sin meta -es la respuesta-. ¿Y ustedes? También nosotros, sin meta, pero por otro camino".
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