"No podemos perdonar el dolor que nos han causado"
Desafiante, un grupo de colonos de Kissufim promete luchar
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NEVE DKALIM, Franja de Gaza (De un enviado especial).- Sobre la ruta, a un par de kilómetros de uno de los enclaves más rebeldes, Kissufim, había una larga fila de camiones con contenedores; estaban esperando una señal. La recibieron poco después de las dos de la tarde. Y comenzó el despliegue lento, cansino, hacia los puestos controlados por el ejército y la policía, flanqueados por banderas israelíes.
Detrás de ellos, escoltados por vehículos militares, avanzaron otros camiones de mayor porte; llevaban el arma más implacable de esta suerte de guerra entre judíos: las excavadoras. Cuatro, según pudo constatar LA NACION en medio de un clima enrarecido por los ánimos exaltados de uniformados y de civiles ante la inevitable cuenta regresiva hacia la medianoche.
A esas horas, bajo un sol implacable, un gran número de colonos abandonaba el enclave, levantando polvareda con sus coches y sus insultos. "¿Estás mishiguene (del idish: demente)?", exclamó uno de ellos, de gorro y pulsera naranjas, a un soldado que interrumpió el diálogo que iba a mantener con LA NACION.
Estaba fuera de sí, encolerizado: "Todos ustedes son la peor basura del mundo -gritó en hebreo-. Los odio, traidores, forajidos [etcétera]". Y aceleró a fondo: la trompa de su Toyota a punto estuvo de derribar una tienda de campaña montada por los militares y de arrasar con todo a su paso, incluido este corresponsal.
Sólo alcanzó a decir, antes de marcharse, que 12 familias iban a resistirse al desalojo. Dato que corroboró después LA NACION con un muchacho de 22 años, Ram Michaelle, cuyos padres ya habían partido: "Se fueron porque creyeron que era absurdo un enfrentamiento entre hermanos, pero no podemos perdonar el dolor que nos han causado", dijo.
Dentro del enclave, territorio vedado a extraños a diferencia de los días anteriores, se realizó una ceremonia religiosa en la sinagoga; iba a terminar con el izamiento de una bandera de Israel, como homenaje simbólico a aquello que consideraban propio.
"Regreso a pelear"
Puro nervio y exaltación, los soldados y los policías detenían los vehículos que salían y formulaban preguntas básicas a los conductores: nombre, domicilio y, al parecer, algo vinculado con las compensaciones económicas por el desalojo. Algunos, como Sheva Elizabeth Guingsburg, respondían con indignación: "Esta es nuestra tierra -dijo a LA NACION-. ¡Van a arrasar la casa en la que pusimos todo nuestro amor! ¿Creen que esto traerá la paz? Están equivocados".
Detrás de su coche continuaba la caravana: los camiones trasladaban desde electrodomésticos, bicicletas y cajas hasta árboles arrancados de raíz. No parecía ser una mudanza prevista, sino de apuro, con muebles y otros elementos mal apilados en las partes traseras de camionetas y acoplados.
"Nada -dijo a LA NACION un hombre que se identificó como Duddi a secas, de 51 años-. No vamos a dejarles nada a esos terroristas [por los palestinos]. Esta es nuestra casa. Tengo roto el corazón. Yo mismo fui soldado. Llevo a mi familia a Ashquelon [al norte de la Franja de Gaza] y regreso a pelear por lo nuestro."
Idéntica decisión había tomado Halib, un maestro de escuela que llevaba 27 años en Kissufim: llevar a su familia a su nueva casa y regresar para apoyar a quienes se resistían al desalojo. El problema era que ya no iban a poder ingresar. Con ese obstáculo se toparon quienes quisieron trasponer las barreras: los ómnibus y los autos eran desviados hacia rutas alternativas.
Muchos, sin embargo, se bajaban de ellos y emprendían la marcha por los campos, paralelos a la ruta, de modo de expresar su respaldo a quienes no habían aceptado las órdenes de desalojo. Eran, a la distancia, multitudes dispersas de quipás y cintas naranjas.
Por la mañana, según confió a LA NACION uno de los soldados que habían intentado repartir las intimaciones, los vecinos se habían organizado: unos se rehusaban a firmar, otros no hacían más que insultar, otros invocaban proclamas religiosas y otros se mostraban dispuestos a emprenderla a golpes de puño si era necesario.
La situación en el enclave, mientras tanto, era "terrible", dijo otro soldado a LA NACION. Les había preguntado a los renuentes a irse cómo iban a subsistir: "Con la ayuda de Dios", obtuvo como respuesta. Les advirtió que "esta tierra ya no les pertenecía". Y percibió la ira: "Esta tierra será nuestra para siempre. ¿Has entendido?".
En su fuero íntimo, sin embargo, el soldado dijo que sabían que se avecinaba el adiós. El adiós a las casas.
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