Obsesionado con Irán, Obama puso en juego su legado

El acuerdo de Ginebra lleva el sello personal de un líder necesitado de un gran éxito en política exterior
Matt Spetalnick
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27 de noviembre de 2013  

WASHINGTON.- Cuando las papas quemaban en las horas finales de las maratónicas negociaciones que se llevaron a cabo en Ginebra sobre el programa nuclear de Irán, fue el presidente Barack Obama el que imprimió su sello en el acuerdo antes de que fuera firmado.

No pudo ser más apropiado que Obama tuviera la última palabra. Sus esfuerzos para lograr un descongelamiento de las relaciones con Teherán, histórico enemigo de Estados Unidos, incluso se remontan hasta antes de su presidencia, y ningún tema de la agenda de política exterior lleva hasta tal punto su marca personal desde que asumió, a principios de 2009.

Detrás de esta arriesgada apertura diplomática está el deseo de obtener un logro que dé forma a su legado y un profundo rechazo a ver a Estados Unidos nuevamente enredado en otro conflicto en Medio Oriente.

Tal vez eso explique por qué Obama, a pesar de haberle dejado la resolución de los problemas al secretario de Estado, John Kerry, y de haberle dado gran parte del crédito por garantizar el golpe diplomático, se adjudicó la "propiedad" del tema de Irán como ningún otro.

Su compromiso con las negociaciones contrasta con un abordaje más distante del advenimiento de un régimen militar en Egipto y el hundimiento de Siria en una guerra civil. "Ese tema estará al tope de su agenda durante todo el resto de su mandato -dijo sobre la cuestión iraní una fuente que conoce de cerca el pensamiento de la Casa Blanca-. El presidente no quiere dejar nada librado al azar."

Para Obama, la apuesta es enorme. Si las conversaciones fracasan e Irán se apresura a construir una bomba atómica antes de que Occidente pueda impedirlo, puede pasar a la historia como el presidente cuya ingenuidad permitió que la República Islámica se convirtiera en una potencia nuclear.

El pacto con Irán no fue uno de esos casos de diplomacia accidental. Obama prometió buscar un acuerdo directo con Irán y otros enemigos de Estados Unidos durante su campaña presidencial de 2008, despertando las críticas de las filas republicanas, que lo acusaban de pretender contemporizar.

Obama luego usó su discurso de asunción de 2009 para ofrecer una mano extendida si los líderes de Irán "abrían el puño". Como su oferta fue desairada, Obama logro concentrar apoyo internacional para aplicar durísimas sanciones económicas, que fueron las que finalmente obligaron a Teherán a estas últimas negociaciones.

Obama instruyó a sus colaboradores para que coordinaran la histórica conversación telefónica que mantuvo en septiembre con el nuevo y relativamente moderado presidente de Irán, Hassan Rohani, y autorizó charlas bilaterales secretas que sentaron las bases de la ronda de conversaciones más formal que se desarrolló entre Irán y las potencias mundiales.

El sábado, Kerry habló por teléfono con Obama desde Ginebra, para discutir las cuestiones más sobresalientes de la tensa etapa final de las negociaciones, según reveló un funcionario del Departamento de Estado. "Esto fue hasta arriba, hasta Obama, que aprobó el lenguaje definitivo del acuerdo", dijo el funcionario.

Una vez firmado el pacto en la ciudad suiza, Obama se paró frente a las cámaras en Washington, en una rara aparición nocturna, y celebró el pacto como "un importante primer paso hacia la solución definitiva que resuelva las preocupaciones".

Fue una oportunidad para promocionar un logro de su política exterior, en un momento en el que en el frente interno es criticado por el fallido arranque de su plan de salud y tiene índices de aprobación muy bajos.

Las palabras de Obama también fueron un llamado a la paciencia, reflejo de que el mejor modo de escapar de la decisión de ir a la guerra con Irán es hacer todo lo posible para que ese país no desarrolle un arma nuclear.

Esa postura de Obama cobró forma a la sombra de los largos y costosos conflictos en Irak y Afganistán. Su propia aversión a nuevas intervenciones militares -evidenciada por su negativa de último minuto a atacar Siria, en septiembre- se suma al resultado de las encuestas, que hablan del hartazgo del pueblo norteamericano con las guerras.

Quedan pocas dudas de que Obama -que se reúne con los mejores graduados del país y que al parecer está muy interesado en su lugar en la historia como el primer presidente negro de Estados Unidos- también siente que una distensión con Irán es un logro que viene a coronar una política exterior que, para muchos, ha estado lejos de ser estelar.

Traducción de Jaime Arrambide

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