Pecados y pecadillos presidenciales
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MIAMI.- La publicación de la autobiografía de Bill Clinton, con su monumental campaña de promoción, tuvo el efecto de reavivar el irresuelto conflicto que la sociedad norteamericana mantiene con quien fue uno de sus presidentes más carismáticos y más polémicos.
Tal es la resistencia que Clinton aún provoca en mucha gente, que el grupo conservador Citizens United se apresuró a comprar espacio publicitario en televisión, a la misma hora en que la CBS difundía la entrevista a Clinton en el programa "60 minutos", para acusar al ex presidente de negligencia en la lucha contra el terrorismo.
Nada de esto impidió que se vendieran más de 400.000 ejemplares de "Mi vida", cuyo lanzamiento coincidió con las honras fúnebres al ex presidente Ronald Reagan y con las conclusiones de la comisión que investigó los atentados del 11 de septiembre, en las que quedó en evidencia que ninguno de los argumentos esgrimidos por George W. Bush y su gobierno para justificar la invasión a Irak tenía fundamentos.
Reagan fue un presidente inmensamente popular, aunque pocos disputan la noción de que favoreció a los ricos, acumuló el mayor déficit de la historia y cobijó durante su mandato un escándalo mayúsculo de armas. Pero esto no fue óbice para que la prensa dedicara un aluvión de alabanzas a la gestión de Reagan, a quien se llegó a comparar en estatura política con Franklin Delano Roosevelt. Bush, por otra parte, ha mentido descaradamente y ha manipulado evidencias para defender una aventura militar que sigue costando enormes recursos y cuantiosas vidas, pero esto no parece inmutar a sus defensores.
La sombra de Calvino
Y sin embargo, cuando se trata de Clinton -durante cuyo gobierno se registró la más extensa prosperidad de la historia norteamericana y en que las relaciones con el resto del mundo alcanzaron picos de armonía-, la prensa se pone virtuosa y sermonea acerca del pecado de la mentira con una intransigencia digna de los ayatollahs, y sus detractores levantan los ojos al cielo con el espanto que uno reservaría para las orgías de la Roma imperial.
Por qué un intento por ocultar un pecadillo sexual se convierte en causa de juicio político mientras un acto de colaboración con el enemigo y desviación ilegal de fondos o, más grave aún, una guerra fundamentada en falsificaciones son tratados con condescendencia constituye un interesante enigma que 40 años de revolución sexual y liberación femenina no alcanzan a explicar.
El dedo de Clinton, que acompaña la afirmación de que él no ha tenido relaciones sexuales con esa mujer sigue siendo más condenable a los ojos de muchos norteamericanos que Bush al proclamar que Nigeria vendió a Irak uranio enriquecido, cuando estaba probado que se trataba de una fabricación, o la embarazosa presentación de Colin Powell, cuando explicó la amenaza representada por Saddam en la ONU. Todo esto lleva a pensar que el conflicto va más allá de Clinton y es, en realidad, la expresión de la moralidad calvinista en crisis con la que los norteamericanos aún no logran reconciliarse.
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