Pese a su modelo, en Chile persiste la mentalidad anticapitalista

Carlos Newland
Carlos Newland PARA LA NACION
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31 de octubre de 2019  

Hace algunos años, con el economista húngaro Pal Czegledi elaboramos un índice mundial de mentalidad económica promercado. Las conclusiones de ese trabajo parecen particularmente relevantes a la luz de los recientes episodios de violencia y caos en Chile y el cuestionamiento, en ciertos ámbitos, al "modelo chileno".

El índice y los trabajos mostraban que en el mundo los países no poseen una cultura económica popular homogénea. Las naciones con poblaciones cuya ideología es más afín a la economía de mercado son las pertenecientes a lo que se ha denominado "anglósfera" (Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda).

Allí, el reconocimiento de las ventajas de la iniciativa privada y de la competencia y las desventajas de una excesiva regulación e intervención estatal forma parte de la cultura.

No es sorprendente que estas naciones tengan las instituciones más libres, lo que en gran parte explica su elevado nivel de ingreso per cápita.

El segundo conglomerado más procapitalista es el correspondiente a los países de Europa del Norte, seguidos en el ranking por las naciones de la "sinósfera" (Japón, Taiwan, Hong Kong, etc.).

La publicación del índice ha dado lugar a un debate respecto del lugar que ocupan algunos países. No sorprende encontrar casi al final del listado a la Argentina. Al fin y al cabo, el segundo himno nacional, la marcha peronista (que incluso ha sido entonada recientemente en reuniones macristas), contiene en sus estrofas un llamado "a combatir al capital".

Cerca de la posición argentina se encuentran Rusia y Ucrania, países que han sufrido décadas de adoctrinamiento comunista, lo que parece haber condicionado su apreciación por las ventajas de una economía libre. Pero lo que más nos sorprendió fue que la mentalidad antimercado chilena (digamos hacia 2010) era prácticamente idéntica a la argentina.

Cuando presentamos nuestro índice en Santiago, e incluso en Buenos Aires, cuestionaron nuestros resultados con el argumento de que no podía ser que en Chile, luego de décadas de reformas promercado incuestionablemente exitosas, no se hubiera desarrollado una mentalidad más favorable a la competencia y los mercados.

Nuestra respuesta sobre la falta de identificación popular chilena con instituciones económicas asociadas al sistema de mercado tenía que ver con la forma en que se habían implementado.

La liberalización (para nosotros exitosa) de su sistema económico no tenía que ver con ninguna plataforma política de un partido elegido democráticamente, sino que fue impuesta por un gobierno militar en contra de la ideología popular predominante.

Al fin y al cabo, muy poco tiempo antes una alta proporción del electorado había confirmado como presidente al marxista Salvador Allende.

Pero, se nos decía, los gobiernos democráticos posteriores no anularon las reformas inicialmente impuestas por la fuerza. Esto lo aceptábamos, ya que estimábamos que el sistema había tenido a mediano plazo un éxito indudable reconocido por la mayor parte de los dirigentes.

Pero, decíamos, se había creado un equilibrio inestable, ya que la mentalidad anticapitalista seguía vigente y bastaba que algún líder carismático radical accediera al poder para anular los éxitos obtenidos.

Finalmente se nos dijo que en las últimas elecciones había sido el candidato promercado quien había accedido a la presidencia, por el voto popular.

Debo reconocer que este hecho nos desconcertó. Lo único que atinamos a observar es que Piñera había sido elegido por una atomización del voto de izquierda y ante la ausencia de un candidato opositor medianamente carismático. Creemos que esta tensión entre la ideología popular y la política económica en Chile es uno de los factores que explican el estallido social de la última semana.

¿Debemos ser entonces totalmente pesimistas sobre el futuro de Chile? Seguramente una buena cantidad de las medidas adoptadas (que consideramos positivas) terminarán siendo revertidas, como la educación superior arancelada.

Pero otras, ante su efecto benéfico obvio, seguramente se mantendrán, como la integración al comercio internacional y la estabilidad de su moneda. Al fin y al cabo, muchos de sus países vecinos del Pacífico han adoptado políticas económicas promercado a través del voto.

El autor es profesor de la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas

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