
Postales del gueto: tras la tensión racial en Baltimore, se esconde la pobreza
La ciudad ya levantó el toque de queda luego de días de violencia; sin embargo, en los llamados "barrios de negros" de esta pujante urbe la impotencia y el temor de que nada cambie siguen intactos
1 minuto de lectura'

BALTIMORE.- Hace ya una semana que la ciudad levantó el toque de queda al que obligó el violento estallido tras la muerte de un joven negro a manos de la policía. Se barrieron los destrozos y la calma parece recuperarse. Pero la rabia, la impotencia y el temor de que nada cambie siguen intactos en los "barrios de negros" de esta pujante ciudad, donde la miseria y la prosperidad conviven y se dan la espalda en la última postal de desigualdad que los Estados Unidos envía a las tapas de los diarios del mundo.
Lo urgente se lleva la energía inmediata. La atención está puesta en el procesamiento de los seis policías acusados por el maltrato que llevó a la muerte a Freddie Gray, un joven negro de 25 años que fue detenido por nada. En igual categoría se ubica la necesaria "recomposición" del vínculo entre policía y comunidad.
Si ayer eran los "barrios de negros" los que temían, hoy son los policías -negros y blancos- que los acosaron quienes experimentan temor. "Son tiempos de trabajo duro, pero saldremos adelante", promete la alcaldesa Stephanie Rawlings Blake.
Pero un recorrido por las calles de la ciudad habla de un cansancio de décadas y la necesidad de respuestas que van más allá de la duración de un cargo político. "Cada uno que llega promete soluciones. Pero pasan los años, se nos va la vida y todo sigue igual", dice a LA NACION Latoya Smith, una joven madre negra. Locuaz, cuenta en frases cortas su salida de la droga. "Llevo dos años limpia", dice.
Habla en la vereda, al pie de la desvencijada escalera de su casa, en Sandtown Winchester, el mismo barrio postergado donde vivía Gray. Se queda allí para que su hijo, en brazos, tome aire. "En casa no hay ventanas", dice. No sabe cuál es la solución. "Buenos trabajos, supongo", ensaya. Ella no tiene ni siquiera uno malo. "Acá, casi todos estamos así y somos pobres." La repetición de casas destartaladas, miseria y abandono podría corresponder a la huella que deja el paso de una catástrofe natural. Una gran tormenta, un huracán.
Quienes conocen la historia dicen, en cambio, que es el resultado de un fenómeno combinado de segregación de la población afroamericana y de huida de la blanca -más prospera- a los suburbios de esta ciudad de 620.000 habitantes, a apenas una hora de Washington.
Un paisaje de contrastes que repite esa desigualdad. A pocas cuadras de allí, en los elegantes negocios de Roland Avenue, el estallido queda mucho más lejos que la corta distancia que los separa. "La verdad es que nunca voy por allí", dice uno de los clientes en la cafetería de su famoso centro comercial, no muy lejos del elegante Baltimore Country Club.
"¿Sabe? En ese club mi abuelo conoció a Wallis Simpson, la mujer por la que Eduardo VIII renunció al trono de Inglaterra", añade. Le molestan las noticias que hicieron de su ciudad una postal de la desigualdad y el motivo para que los Estados Unidos realicen el "examen de conciencia" al que llamó el presidente Barack Obama.
A la galaxia blanca de Baltimore corresponden la universidad Johns Hopkins, la actividad de uno de los puertos más pujantes de la costa este, las visitas a su famoso acuario y los celebrados restaurantes donde buenos paladares aseguran disfrutar de las mejores ostras y cangrejos del país.
A la galaxia negra, la tierra donde se crió Gray, corresponden las heridas de la desindustrialización, la epidemia del crack de la década del 80, la delincuencia local, la violencia.
Cerca en lo geográfico, los dos mundos de Baltimore están muy lejos el uno del otro y reiteran los rasgos de un retrato que, con matices, reconoce trazos de Ferguson, en Missouri, donde estalló la primera protesta racial de la seguidilla que viene desafiando a la era de Obama. El clamor que se intenta resolver sólo con nuevas recetas para atender el recurrente maltrato policial hacia los negros.
"Lo típico es que, con cada estallido, se busquen soluciones policiales. El uso de cámaras, mejor entrenamiento y programas de integración. Todo eso está bien y es necesario. Pero el problema es que las protestas no son solamente por brutalidad policial ni solamente por racismo", previene Richard Rothstein, experto en políticas de integración de la Universidad de California.
Fundador del Instituto de Política Económica, un centro de estudio que evalúa políticas de inclusión orientadas a las clases más pobres, Rothstein ya fue consultado por LA NACION cuando, tras el estallido de Missouri, publicó The Making of Ferguson, un ensayo sobre el que, hasta hace quince días, fue el mayor estallido racial, en agosto del año pasado. Su lectura se aplica a lo que vivió esta ciudad donde la cuestión racial no lo explica todo. A diferencia de Ferguson, aquí hay autoridades y policía de raza negra. No son blancos tres de los seis policías procesados por la muerte de Gray.
Tampoco es una cuestión de discriminación por sexo: el relato de lo que aquí ocurrió se lo llevaron tres mujeres: la alcaldesa Rawlings Blake, la valiente fiscal Marilyn Mosby -que acusó a los policías- y hasta Toya Graham, la "madre coraje" que sacó a golpes a su hijo de las protestas en un video que se volvió viral en Internet. Las tres son negras. Las tres son jóvenes. "Lo de Baltimore es la sensación de gueto, la de quien vive separado del resto de la comunidad y sin poder acceder a lo que se ofrece a la mayoría de sus integrantes", dice a LA NACION Guillermo Talvi, académico de la Brookings Institution.
Una recorrida por las calles de los llamados "barrios de negros" muestra un paisaje de casas derruidas, ventanas rotas, calles sucias, basura y la sensación de que quienes las habitan tienen poco futuro, ausencia de familia y demasiada droga en las calles. "Es la batalla diaria", dice Diane Bell McKoy, de la Asociación de Caridad local.
"El mal mercado de trabajo y el excelente mercado de drogas se combinaron para arruinar esto." Las estadísticas abonan la tendencia a la segregación. El 63% de su población es negra, mientras que en los suburbios la tasa baja al 23%, con una mayor integración. Su tasa de desempleo es del 18%, más del doble de la nacional.
Días atrás, cientos de vecinos saludaron el procesamiento de los seis policías que mataron a Gray. Hasta ahora, es lo único que tienen para celebrar.


