Rohingyas: violaciones y represión a una minoría castigada en Myanmar

Miembros de ese grupo musulmán cuentan cómo fueron víctimas de una campaña sistemática para eliminarlos de sus poblaciones
Miembros de ese grupo musulmán cuentan cómo fueron víctimas de una campaña sistemática para eliminarlos de sus poblaciones
Ellen Barry
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11 de enero de 2017  

Los rohingyas, centro de la mayor ola de refugiados del sudeste asiático
Los rohingyas, centro de la mayor ola de refugiados del sudeste asiático Fuente: AFP

DACCA, Bangladesh.- Cuando el ejército de Myanmar se acercó a la aldea de Pwint Phyu Chaung, los habitantes tuvieron unos pocos segundos para tomar una decisión.

Noor Ankis, una joven de 25 años, decidió quedarse en su casa, donde le ordenaron arrodillarse para golpearla, y luego los soldados la llevaron al lugar donde eran violadas el resto de las mujeres. Rashida Begum, de 22 años, prefirió arrojarse con sus tres hijos a un río, donde su beba recién nacida se le escurrió para siempre de las manos. Sufayat Ullah, de 20, también prefirió el agua, donde permaneció escondida durante dos días. Al salir encontró que los soldados le habían prendido fuego al hogar familiar con su madre, padre y hermanos adentro.

Son los relatos que se escuchan en los últimos días de boca de quienes huyeron de Myanmar para refugiarse en Bangladesh, y que ilustran la violencia desatada en Myanmar desde hace unos meses, cuando las fuerzas de seguridad iniciaron una brutal campaña de contrainsurgencia.

En las últimas semanas, la contrainsurgencia avanzó hacia el Sur y parece que continuará hasta que el gobierno de Myanmar esté convencido de haber desmantelado por completo a las milicias rohingyas, un grupo étnico musulmán que sufre persecuciones desde hace décadas en un país de mayoría budista.

"El temor es que lo peor todavía esté por venir", dice Matthew Smith, de Fortify Rights, una ONG enfocada en los derechos humanos en el sudeste asiático. "No sabemos exactamente qué piensan hacer ahora las fuerzas de seguridad, pero sí sabemos que los ataques contra civiles continúan."

La semana pasada, una comisión de investigación designada por el gobierno de Myanmar negó las acusaciones de que el ejército esté cometiendo un genocidio, pero hasta ahora se ha impedido el acceso de medios de prensa y de derechos humanos occidentales. Los funcionarios gubernamentales dicen que las milicias rohingyas prendían fuego a sus propias casas y niegan abusos a los derechos humanos.

La represión comenzó tras un ataque a tres puestos fronterizos en el estado rohinyá en octubre, donde perdieron la vida nueve policías. Se cree que el ataque fue llevado a cabo por un grupo insurgente rohinyá que no fue identificado.

La campaña militar contrainsurgente, que el gobierno describe como un "operativo de despeje", ha apuntado sobre todo a los civiles, según los grupos de derechos humanos. De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones, como resultado han huido unos 65.000 rohingyas a través de la frontera con Bangladesh.

"Empezaron a llegar como una marea", dice Dudu Miah, una refugiada rohinyá que preside el comité de administración del campo de refugiados de Leda, junto a la frontera con Myanmar. "Actuaban como locos, era un caos. Llegaban gritando que habían matado a su padre, a su madre, que los habían golpeado. Un verdadero desastre."

Los soldados atacaban las aldeas del otro lado del río Naf, que separa ambos países. Los bangladesíes podían ver las columnas de humo y las llamas de las aldeas desde la otra ribera, dice Nazir Ahmed, imán de la mezquita de los rohingyas en Bangladesh. Ahmed dice que es cierto que algunos rohingyas, hartos y furiosos de tantos años de maltratos a manos de las fuerzas de Myanmar, se habían organizado en una fuerza militar, pero según el clérigo la reacción del ejército de Myanmar fue totalmente desproporcionada.

Los rohingyas "están hartos, y llamaban a defenderse con palos y piedras", dice Ahmed. "Pero ahora las fuerzas de Myanmar tratan como a un terrorista a cualquier granjero que tenga un machete en su casa."

Un informe divulgado el mes pasado por el Grupo Internacional de Crisis analizó seriamente el origen del nuevo grupo militante y lo vinculó con financiamiento proveniente de rohingyas emigrados a Arabia Saudita. El grupo advirtió que el recrudecimiento de la violencia podía acelerar una radicalización de los rohingyas y hacerlos susceptibles a la infiltración de grupos jihadistas transnacionales.

Los rohingyas que huyeron de Myanmar dicen que al principio los militares iban casa por casa buscando a los adultos, pero que luego empezaron a violar a las mujeres y prenderles fuego a las casas. Muchos de los recién llegados a los campos provienen de Kyet Yoepin, una aldea de unas 245 viviendas que fueron arrasadas durante dos días a mediados de octubre, según Human Rights Watch.

El joven Muhammad Shafiq dice que se encontraba en su casa con su familia cuando escuchó los disparos. Soldados camuflados golpearon a la puerta y a continuación abrieron fuego. Cuando los dejaron entrar, "se llevaron a las mujeres y pusieron en fila a los hombres".

"No quedó nada. Incendiaron todo", dice Shafiq.

Jannatul Mawa, de 25 años y de la misma aldea, dice que se arrastró hasta una aldea vecina durante la noche, entre cadáveres. "A algunos les habían disparado y a otros los habían acuchillado -dice Mawa-. Mataban a todos los que se cruzaban."

Traducción de Jaime Arrambide

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