El mundo, antes y después de Obama: un sueño que tuvo éxitos y frustraciones
Las esperanzas que generó su triunfo se estancaron en desencuentros con Rusia y China y el polvorín en Medio Oriente; hubo avances con Cuba e Irán
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WASHINGTON.- No sólo son las canas y el prematuro envejecimiento. Así como el rostro de Barack Obama se alteró en estos ocho años, la foto del país y del mundo que lo rodea es otra. No siempre la que esperaba el hombre que asumió la presidencia con una inusitada carga de ilusión colectiva y expectativa de cambio.
Cuando Obama se asomó por primera vez desde los ventanales de la Casa Blanca, su visión proyectaba un país capaz de superar la enorme crisis económica en la que estaba lastrado.
Hablaba de una nación moralmente respetada, integrada en lo social y con la capacidad de recuperar el sueño americano, esa sensación de optimismo en el futuro. La certeza de que siempre será mejor.

Lo imaginó como líder de un orden internacional más democrático en su organización, respetuoso de las normas, con un puente al mundo islámico y lazos de compromiso claro con las potencias rivales: China y Rusia.
"Hoy, hay que decir que las cosas no salieron idealmente como Obama esperaba. El mundo tuvo su dinámica y los Estados Unidos no siempre pudo acomodar las cosas", advierte a LA NACION Erick Langer, profesor de Historia en la Georgetown University.
La misma mirada internacional sirve para explicar mucho de lo que ocurrió fronteras adentro. La coincidencia es que los Estados Unidos sigue siendo el país dominante. Pero su liderazgo está en declive.
No sólo por lo que diga el republicano Donald Trump. Más bien, su discurso se hace eco de lo que ha cambiado el mapa del mundo con el creciente peso de Rusia y de China como actores con los que Washington no encuentra cómo lidiar, y de Corea del Norte como aspirante a potencia nuclear fuera de control.
"El mundo hoy es menos estable y el poder y la soberanía sigue esfumándose de los gobiernos. Es un fenómeno nuevo que difícilmente cambie en el futuro inmediato", dice a LA NACION Max Paul Friedman, profesor de Historia en la American University.
El declive no es sólo norteamericano. La Unión Europea (UE), como bloque, también retrocede, sumida en sus crisis internas y en su incapacidad para hacer valer a la OTAN -el acuerdo de defensa con los Estados Unidos como un arma eficaz para contrarrestar la mucho mayor eficacia que mostró Rusia en Ucrania y Crimea. O la que empieza a exhibir China con las islas en las que está cada vez más interesada.
"Obama intentó una política de giro hacia el Pacífico para contrarrestar todo esto y buscó el apoyo de sus aliados europeos. Pero está claro que la fórmula no resultó", dijo Mark Jones, profesor de Historia en la Rice University, en diálogo con LA NACION.
Medio Oriente, con el conflicto entre Israel y Palestina, sigue tan agudo como hace ocho años, con el agravante de una crisis migratoria que jaquea la zona y presiona sobre las fronteras de Occidente, impulsada por el desastre de Siria. Otro polvorín en el que las diferencias con Moscú han hecho imposible un acuerdo que pacifique la región.
"Lo que tiene por delante Estados Unidos es digerir lo que le parecía indigerible. Esto es, tener que aceptar que Al-Assad se haga fuerte en Damasco, como vía para intentar pacificar el país. Eso es lo que Rusia quiere y es una demanda a la que ni Washington ni la OTAN están en condiciones de decir que no", añadió Jones.
La voluntad conciliadora de Obama, en tanto, si rindió valiosos frutos con un sagaz e histórico enemigo: Irán. Después de años de negociaciones secretas y públicas, la Casa Blanca -con otras potencias- frenó el ambicioso programa nuclear controlado por los ayatollahs y siempre sospechado de perseguir la construcción de un arsenal atómico.
Son ocho años en los que el mundo -y el mensaje del presidente que, apenas iniciada su gestión, fue coronado con el Nobel de la Paz tuvo que digerir y aceptar cambios que no estaban en aquel guión inicial. Mucho más idealista y encantador.
Cuando se asome por última vez a la ventana del despacho oval en el que habitó durante este tiempo, el primer presidente negro de la historia de este país dejará un escenario que no se ajusta a su ilusión.
"Es un mundo en el que la imagen de los Estados Unidos se ha recuperado en algunas partes del globo, pero donde muchos problemas -que no son necesariamente obra o responsabilidad de Obama persisten, como la inestabilidad en Medio Oriente o la inestabilidad económica de Europa", sintetizó Juan Carlos Hidalgo, analista del conservador CATO Institute, en diálogo con LA NACION.
Deshielo con Cuba
Hubo sin duda también avances diplomáticos con América latina. Fuera de guión, el acercamiento a Cuba, el deshielo de medio siglo, fue el giro que potenció otros. Entre ellos, el abierto retroceso de la influencia chavista en la región.
Otra cosa son los cambios internos. En estos últimos ocho años el país ha cambiado también. Lo primero es lo económico. Hace ocho años, presa de la depresión que dejó el gobierno republicano de George Bush, el país se precipitaba al abismo.
El discurso interno en la otrora gran potencia reconocía términos casi olvidados; naufragio, desahucio, pobreza, desempleo, desesperanza, dependencia de la moneda china, rescates financieros.
Muchos, posiblemente con algo de mezquindad, discuten hoy hasta qué punto la inédita suma de 800.000 millones de dólares de estímulo económico que inyectó la gestión demócrata fue la directa responsable de la recuperación o si fue consecuencia de un rebote natural del sector productivo. Lo cierto es que la economía se recuperó con buen paso. El desempleo bajó a mínimos -del 10% hace ocho años al 5% ahora la economía crece a un paso de 1,5% y la inflación está bajo control.
¿La contracara? La deuda pública alcanza ya un nivel superior al 70% del Producto Bruto Interno (PBI). El consenso entre los economistas es que la alerta roja se enciende al llegar al 90%, aunque muchos países de peso Japón, Francia lo superan y siguen adelante.
La depresión sanó, pero las heridas están a la vista. Estados Unidos es un país con menos puestos de trabajo o con empleos más precarios en buena parte de su territorio. Geografías como las de Detroit, o Baltimore, a pocos kilómetros de esta capital, son sólo el espejo roto de un sueño americano que quedó atrás. La ilusión de que sin mucha preparación pero con un buen empleo industrial se accedía a una buena vida. Una casa, un auto, un buen retiro. Hoy es así.
Otras cosas quedan en danza. Los años enseñaron que al terrorismo se lo puede desgastar, pero no exterminar y que el nuevo miedo se llama ciberataque. Una fuerza aún extraña para muchos pero potencialmente dañina. Ese será, posiblemente, un gran enemigo en los años por venir.
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