Sobre la hora, ningún peregrino quiso perderse la fiesta

Los fieles viajaron hasta último momento para la etapa final de la gira del Papa, en Filadelfia
Silvia Pisani
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27 de septiembre de 2015  

FILADELFIA.- Es la aventura de los últimos peregrinos. Los que no tenían pensado venir a esta ciudad pero que, atrapados por la "Francismanía", casi sobre la hora se subieron al último ómnibus que salía de Nueva York para sumarse a la monumental fiesta de la familia y, por supuesto, ver de cerca al Pontífice que ya rebautizaron como el "Patrono de los Inmigrantes".

Eso es lo que dice, por ejemplo, Rubén Salinas, un mexicano que trabaja en un restaurante de Chinatown y que quedó enloquecido desde el momento en que supo que Francisco se definió como "un hijo de inmigrantes" y que, según relató a LA NACION, "anda pidiendo que nos acepten de una vez".

Al ritmo del ómnibus que avanza por la ruta a no más de 80 kilómetros por hora, Salinas avanza en sus convicciones. No se trata, dice, de que las cosas cambien de un día para el otro ni que tampoco el Papa lo vaya a cambiar todo de un día para el otro. "Él no es el que hace, él es pastor, él es el que guía. Y es un buen pastor, verá que le hacen caso", dice, convencido.

Cuestiones del mercado al que el propio Francisco quiere ponerle límites, el precio del pasaje es un poco más caro: 45 dólares; más que el doble de lo que hubiese costado de planificarse las cosas de antemano. La demanda empujó los precios, pero también, por suerte, multiplicó los servicios y puso algunos ómnibus extra. Si no, este viaje no hubiese existido.

La charla se anima conforme pasan los kilómetros. El destino de los pasajeros se identifica con la similitud del equipaje. Pocas cosas, para no cargar mucho, como corresponde a un buen peregrino, pero su composición los identifica como un uniforme.

Están allí las remeras papales -la última, la que reemplaza el símbolo de I love New York por I love Francisco-, los termos de agua y la infaltable sillita plegable.

A esta altura nadie espera tener la suerte de los que consiguieron entradas para ocupar sillas en las tres primeras manzanas que rodean al altar situado en la avenida Benjamin Franklin, el paseo de 1600 metros que opera como uno de los ejes de la ciudad.

Los últimos peregrinos saben que, a diferencia de lo que afirma la sentencia evangélica, difícilmente ellos sean los primeros. Les espera, y lo saben, una larga e incómoda noche a la intemperie. Aún así, están felices.

"Lo que me gusta de él es que es simple. Una persona muy simple que nos enseña a obrar de la misma manera", dice Don Grossnickle. Su caso no tiene nada que ver con el de Salinas. Es un diácono que viene desde Chicago, estuvo ya en Nueva York pero, en vez de regresar a su casa, decidió sumarse a último momento a la escala final de Pensilvania.

No está asustado por la falta de hospedaje de la que todo el mundo habla. Dice que unos amigos lo esperan en la iglesia de Saint Mary Magdalene, en la zona norte de la ciudad, donde lo cuentan para una comida comunitaria de los vecinos del barrio.

"Hay tanto odio estos días, se escucha hablar con tanto odio, que la presencia del Papa es una bendición. Todos estamos como más tranquilos", añade. La charla hace referencia a lo que se vive con la prédica, entre otros, del aspirante republicano a la presidencia Donald Trump, y sus expresiones descalificadoras para extranjeros y locales que no piensan como él.

El ómnibus es como un espejo invertido de esa prédica. Cuando el periplo está por terminar, ya se sabe que el pasajero preferido es Martin, un adolescente que viaja con sus padres y que, por una enfermedad genética, no puede desplazarse si no es con ayuda de un andador. "Él sabe que vamos a ver a un hombre bueno que va a bendecirlo", explica Cory, su madre. Y ante eso es imposible no desear que llegue lo más cerca posible.

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