Trump, Boris Johnson y el agujero de las donuts

Roger Cohen
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9 de julio de 2019  

LONDRES.- Durante la Guerra de Vietnam, el entonces embajador norteamericano en Saigón, Frederick Nolting, indignado por la cobertura negativa de los medios, le reclamó al periodista francés François Sully: "¿Por qué, señor Sully, siempre ven el agujero en la donut?".

"Señor embajador -le contestó Sully-, lo vemos porque lo tiene".

Y hablando de donuts, Boris Johnson bien podría convertirse en primer ministro británico antes de que termine el mes. Estados Unidos y Gran Bretaña serían entonces gobernadas por hombres con asombrosas similitudes, y no solo capilares: dos charlatanes narcisistas e inescrupulosos con una endeble noción de la verdad, muy dados a los derrapes racistas, hábiles cultores de la política como espectáculo, manipuladores del temor, tergiversadores nacionalistas de un pasado imaginario de radiante grandeza, fabuladores de una gloria renacida, con gigantescos agujeros en el medio, donde carecen de toda conciencia e integridad.

¡Y todo eso al frente del mundo libre!

Una de las grandes satisfacciones de mi vida fue ver a Gran Bretaña ocupar su lugar en Europa y observar que los prejuicios se disolvían, que Inglaterra y la gastronomía encontraban la manera de llevarse bien, y que se extendía el espíritu de tolerancia. Todos eso hasta 2016, cuando en un drástico gesto de automutilación Gran Bretaña se arrojó a ese acantilado llamado Brexit. El enanismo inglaterrista se había reafirmado y Boris Johnson asomó la cabeza para encarnarlo, una muestra más de la inagotable fascinación de los ingleses por las jocosas bromas que se gastan los estudiantes mimados de los mejores colegios.

Y si todo sale como él quiere, ahora tendremos la cara de Johnson por todas partes, como la de su amigote Trump. Los conservadores se convirtieron en un partido de un solo tema, el Brexit, así como los republicanos son un partido de un solo hombre: Trump. En su giro, han tenido menos columna vertebral que una babosa.

Si es elegido por los conservadores, Johnson nos servirá su cuota de trumpismo, con muchos "genial", "asombroso" y algunos agregados de inglés propiamente británico. Se propondrá sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea antes del 31 de octubre, último plazo acordado, y al carajo con las consecuencias.

Todo muy ominoso. No hay actitud más peligrosa frente a la verdad que despreciar su importancia. No hay uso más peligroso del lenguaje que el que lo despoja de su significado. No hay abordaje más peligroso del pasado que intentar mitificarlo. A Trump y a Johnson no les importa.

Hasta un reloj descompuesto acierta la hora dos veces al día, o, como dicen en Alabama, hasta el chancho ciego de vez en cuando encuentra una bellota. La Alianza Atlántica actual de Trump y Johnson es precisamente eso: anda a los tumbos, aunque cada tanto sirva para algo, pero en el centro no tiene nada.

Si hablamos de Occidente más como referencia moral que como mera marca geográfica, el gobierno de Trump es un ausente sin aviso. Occidente no representa nada. O, en el mejor de los casos, representa la amenaza de aranceles.

¿Cómo se llegó a esto? ¿Cómo hicieron esas dos naciones para conciliar sus leyes en defensa de las libertades individuales con la semiótica de Trump, según la cual está bien defraudar, está bien mentir y está bien hacerle guiños al racismo?

Y la respuesta está en las seis I: inequidad, impunidad, invisibilidad, inmigración, inversión e internet.

La inequidad que va en aumento: los trabajadores del 60% más pobre de la sociedad norteamericana no han tenido un incremento real de su salario desde la década de 1980, mientras que el 1% más rico ahora tiene más riqueza que el 90% restante.

La impunidad de quienes diseñaron las armas financieras de destrucción masiva que en 2008 llevaron a la ruina a millones de personas y siguen sueltos. Por pura lógica, la gente llegó a la conclusión de que la Justicia no era igual para todos.

La invisibilidad que hizo que muchos ciudadanos que viven lejos de las metrópolis globalizadas e hiperconectadas sintieran que nadie se acordaba de ellos, mientras sus hospitales se venían abajo, el transporte y las escuelas públicas desaparecían y sus puestos de trabajo se mudaban al extranjero.

La inmigración, que empujó a millones de indocumentados hasta las fronteras de Europa y Estados Unidos sin que esas sociedades pudiesen unificar una política humana firme y clara, y en el caso de Estados Unidos, que conciliara con las exigencias de un país de inmigrantes y de imperio de la ley.

La inversión de valores en las sociedades dominadas por los varones blancos, que abrió paso a una batalla cultural que atraviesa cuestiones sensibles, como la raza, el género y la identidad, sociedades donde las urbes y el interior suelen estar violentamente enfrentados.

Internet, que a través de las redes sociales destruyó a los históricos mediadores sociales, como los partidos políticos tradicionales, y empoderó a la política de la turba: hoy, la persuasión ya no cuenta, solo la capacidad de movilizar.

De ese caldo de cultivo se nutrió el populismo de Trump y también, de sus acólitos en Occidente.

Esa es la fuente del odio y el miedo que supieron explotar. Esa es la razón por la cual Trump, en nombre del nacionalismo de "Estados Unidos Primero", pisoteó el orden multilateral forjado por Estados Unidos después de la Segunda Guerra. Y por eso también sus tuits ya no solo hablan de un segundo mandato, sino de quedarse en el poder si las masas se lo piden. El déspota que Trump lleva adentro sale sin que lo inviten, no puede evitarlo.

Al igual que Johnson, Trump no es una "aberración", como sugirió Joe Biden. Es un síntoma. Y mientras no se traten, los síntomas no se irán. No es tarea fácil, pero sí factible, porque la donut de Trump no solo tiene un enorme agujero: también está podrida hasta adentro.

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