Un capo temible y escurridizo

Leandro Uría
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18 de diciembre de 2009  

Hace apenas una semana, Arturo Beltrán Leyva le había visto el rostro a la muerte: escapó de una fastuosa fiesta en Tepoztlán, un pequeño pueblo cerca de Cuernavaca, minutos antes de que los infantes de marina ingresaran en la mansión en la que se encontraba.

Cuando llegaron, los uniformados hallaron sólo a los invitados circunstanciales de la bacanal: un grupo de sicarios, decenas de prostitutas y una banda de música norteña. Y ellos sí acabaron entre rejas.

Pero no el escurridizo Beltrán Leyva, conocido también como El Barbas, La Muerte, El Botas Blancas, el "jefe de los jefes", que fue ultimado anteanoche en Cuernavaca, un exclusivo distrito ubicado en las cercanías de la Ciudad de México.

El capo narco, buscado por los gobiernos mexicano y norteamericano, era uno de los tres principales de su país. Tal es así que la Procuraduría General de la República había establecido una recompensa de 2,1 millones de dólares para quien diera información útil para dar con su paradero.

Cayó desangrado sobre el piso del lujoso condominio Altitude, ubicado sobre la calle Alta Tensión, en Cuernavaca, Morelos, el mismo estado desde el cual manejaba su organización, el cartel Beltrán Leyva, y donde se escondía desde hace años junto con otros peces gordos, según coinciden varias versiones. Pese a que los uniformados seguían de cerca su rastro, y lo tenían rodeado, el capo prefirió pelear durante varias horas a entregarse. Así, también arrastró a la muerte a los miembros de su temible fuerza de seguridad.

El cruento enfrentamiento, los pistoleros que lo protegían llegaron incluso a lanzarles granadas de fragmentación a los infantes de marina mexicanos. Algunos de los sicarios murieron; otros, en un presunto gesto de lealtad, prefirieron suicidarse antes que ir a parar a la cárcel.

Beltrán Leyva cayó rodeado de imágenes religiosas católicas y de dioses africanos, según se pudo ver después en la escena de la "batalla". También se comprobó que algunos de sus sicarios llevaban rosarios en el momento de ser abatidos.

La muerte de Beltrán Leyva no supone la caída de un narco común, de aquellos que con su impunidad, violencia desenfrenada, arranques de religiosidad, fiestas lujosas y excentricidades a granel aterrorizan y escandalizan a todo México.

Además de eso, que lo había y mucho en su vida, El Barbas, que había nacido el 21 de septiembre de 1961 en el estado de Sinaloa (Noroeste), se había atrevido a algo que pocos de sus colegas se animan a hacer.

Desafió a Joaquín Guzmán, conocido como el Chapo, el jefe del Cartel de Sinaloa y el principal capo narco mexicano. El mismo que la revista Forbes ubicó en el número 41° de su lista de los hombres más poderosos del mundo, por encima del presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, y del de Rusia, Dimitri Medvedev.

Su decisión desató una guerra en Sinaloa, que se extendió a otras partes del país. Según las autoridades, hubo por lo menos 2150 ejecuciones sólo en ese estado desde 2008.

Para transformarse en la némesis de Guzmán, Beltrán Leyva se alió con otras importantes organizaciones narcotraficantes de México: el cartel del Golfo, Los Zetas (ex militares mexicanos, tal vez los más violentos del país junto con la Familia Michoacana), y con el cartel de Juárez.

En realidad, Beltrán Leyva fue durante años lugarteniente de El Chapo. Su alianza con él terminó abruptamente en enero de 2008, tras la detención de su hermano Alfredo Beltrán Leyva, El Mochomo, de cuya captura culpó a su ex mentor.

"Cuando trabajaba para Guzmán, entrenaba a los sicarios del cartel de Sinaloa con disciplina militar. Su grupo se llamaba "Las Fuerzas Especiales de Arturo" y hasta tenía uniformes con las iniciales FEDA", dijo a LA NACION Jorge Chabat, especialista en seguridad y narcotráfico del Centro de Investigación y Docencia Económica de México. Agregó que, a diferencia de Los Zetas y La Familia, organizaciones ultraviolentas que realizan secuestros extorsivos y otros actos ilícitos además del narcotráfico, el cartel Beltrán Leyva es una organización "más tradicional", como el cartel de Sinaloa del que se escindió.

Esto implica que, aunque usaba sobremanera la violencia, El Barbas no descartaba otros métodos y le dio a su organización "una gran capacidad de corromper", según Chabat. De hecho, compró a funcionarios de la Procuraduría General y de la Secretaría de Seguridad Pública, que debieron dejar sus cargos cuando se comprobaron los nexos con el jefe narco.

Lo curioso es que su archirrival Guzmán debe haber cantado ayer la frase de un narcocorrido de los Tigres del Norte que hasta ayer parecía dedicado a Arturo. "Soy el jefe de los jefes. Muchos quieren escalar a mi altura y nomás miro se van cayendo".

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