Un día en la mayor villa de América latina
Por Luis Esnal Corresponsal en Brasil
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RIO DE JANEIRO.- La favela da Rocinha, la mayor villa miseria de América latina, es una ciudad en sí misma. Doscientas mil personas hacinadas conviven en un morro frente al mar en Río de Janeiro, con sus casas instaladas casi como un musgo sobre cada espacio libre de tierra. Para entender la dimensión alcanza con decir que La Cava, en San Isidro, es veinte veces menor.
La historia de la Rocinha no sería más que una anécdota de miseria si en sus recovecos no se hubiera instalado, según el propio ministro de Justicia del Brasil, un Estado paralelo. Es el Estado dominado por el narcotráfico, que se aprovecha de la geografía de este "Vietnam urbano" para crear sus propias fronteras, que las fuerzas de seguridad no invaden. En esta gran villa miseria, el narcotráfico hace la ley, juzga y la ejecuta.
Fue en esta favela, donde LA NACION pasó un día entero, que Tim Lopes, el periodista brasileño asesinado hace dos semanas, había descubierto la "Feria de drogas". Así se llamó el reportaje que grabó con microcámaras y emitió la TV Globo, dando a conocer áreas de venta pública de drogas, donde "pó" (cocaína) y "verdinha" (marihuana) eran voceadas abiertamente. Lopes fue juzgado, torturado y asesinado por un narcotraficante cuyos "soldados" lo descubrieron intentando registrar, en la favela de Vila Cruzeiro, shows de baile donde además de venderse droga se explotaba sexualmente a menores.
Por ser el primer asesinato de un periodista en Brasil cometido por el narcotráfico, el caso despertó repudio internacional y pánico interno. Por primera vez un periodista en Brasil era asesinado para evitar la difusión de información y en represalia por su investigación. Brasil pasaba a compartir con Colombia algo más que fronteras. "La violencia pasó todos los límites", admitió, compungido, Fernando Henrique Cardoso.
Caminábamos por el sector más peligroso de la favela da Rocinha cuando escuchamos tres explosiones de morteros. "A chapa `ta quente", avisó Carlinhos, el dirigente vecinal que nos acompañaba, previo pedido de autorización al jefe del narcotráfico del morro, hecho a través de intermediarios. "La chapa está caliente" era una forma de decir que algo grave podría ocurrir, porque en el código del narcotráfico las combinación de explosiones significaba que la Policía Civil estaba en el morro.
Los "olheiros", vigilantes que trabajan para el capo narco de la favela, estaban nerviosos. Con largavistas, parados en los techos de las casas, trataban de ver qué pasaba. Nos avisaron a los gritos: "¡Nada de fotos!". Comenzaron a volar barriletes, enviando señales de un lado al otro del morro.
Estratificación
La favela da Rocinha es tan grande -730.000 metros cuadrados- que se estratificó: dentro de la villa miseria hay una clase alta, media y baja. La clase alta está compuesta en general por los comerciantes, por la dirigencia del narcotráfico y por la dirigencia del "jogo do bicho", una quiniela clandestina que forma una mafia paralela a del tráfico de drogas.
La clase media son los trabajadores que cumplen servicios como porteros, taxistas, empleadas, oficinistas en el "asfalto", como es llamado todo lo que no es favela. La clase baja está compuesta por los desocupados y marginales, que viven en la parte más abandonada de la Rocinha.
A ese sector llegó este cronista de LA NACION. Es allí donde es mayor la ostentación de armas pesadas -UZI y AR-15, la mayoría- y donde prácticamente todo es ilegal. Un teléfono común descansa sobre una bolsa de arena. Está conectado a la red y funciona como el teléfono público de los vecinos. Los caños de agua cruzan por el aire, esquivando ranchos, charcos de aguas malolientes, parabólicas, cables de electricidad y casas de material a medio construir.
Es una especie de Vietnam semiurbano, donde una incursión policial dejaría más víctimas del lado de la ley que del crimen, conocedor de todos los huecos y pasadizos. En paredes y piedras, los graffiti demarcan el territorio de la facción criminal que domina el área: CV, Comando Vermelho.
Tiempo atrás, autos caros subían el morro para comprar marihuana y cocaína. La favela era el centro de distribución de las drogas para la clase media y alta de Río de Janeiro. Hoy, mientras caminamos por la villa con Carlinhos, el dirigente barrial de la Rocinha, podemos ver a adolescentes y jóvenes consumir drogas a la luz del día. "Ahora se vende en la propia Rocinha, para la propia Rocinha", dice el dirigente. Y también para afuera, claro. Pero ésta es la era de los servicios, y ya nadie tiene que molestarse en llegar hasta la favela. Un servicio de motos entra y sale de la villa rumbo al "asfalto".
La Rocinha es una favela "privilegiada". Por ser antigua y grande, se convirtió en pintoresca. Hay incluso tours para "gringos". Los llevan a la parte que el narcotráfico permite, lo que explica por qué en esas zonas jamás un extranjero fue robado.
La Rocinha es una favela "tranquila", si se puede medir esa tranquilidad en cantidad de tiroteos o balas perdidas. Pero en las últimas semanas crecieron los enfrentamientos entre bandas que disputan el poder en los morros.
Convoyes de autos con traficantes armados intentan tomar por asalto un morro enemigo y eliminar a sus adversarios. Cuestión de negocios. En las favelas más violentas el índice de homicidio de jóvenes, quienes mueren en el conflicto de la droga, llega a 200 por cada 100.000 habitantes. En Colombia no supera las 85 víctimas cada 100.000 habitantes. "Es un verdadero genocidio, una verdadera guerra", le dijo a LA NACION el sociólogo Luis Eduardo Soares.
Un mundo paralelo
En la favela el tráfico es todo. Como el Estado se ausentó desde la fundación de los primeros asentamientos en los morros, hace algo más de cien años, la ilegalidad tomó su lugar. El narcotráfico es la "Secretaría de Seguridad": si roban o matan a alguien -sin que el capo lo ordene-, o si alguien hace ruido de noche, el narcotráfico se ocupa. Frente a la Rocinha está la playa de S‹o Conrado, considerada la playa "más segura". Allí los jefes de la organización descansan y no quieren disturbios.
El narcotráfico es también el "ministerio de salud": cuando alguien necesita medicamentos, puede recurrir a algún lugarteniente del jefe. Es también el organismo de recreación: las canchas de fútbol fueron hechas por orden del narcotráfico.
En ese Estado paralelo son los capos los que dan el veredicto si hay un conflicto entre vecinos. El color de ropa no puede identificar el color de los enemigos -por ejemplo, en morros dominados por el Tercer Comando, usar el rojo de Comando Vermelho es tentar la muerte-. Y si un narcotraficante muere, se decreta una especie de Estado de sitio.
Además de sus 200.000 habitantes, la mayoría llegados del nordeste pobre, la favela tiene dos líneas de ómnibus, dos bancos públicos, dos radios, tres discotecas, una escuela de samba, cuatro colegios, una agencia de correos, tres diarios, una escuela de fútbol, dos supermercados, un instituto de Internet y una emisora de televisión.
"Los mayores problemas de la favela son el crecimiento vertical de algunas propiedades que no tienen estructuras fuertes y terminan derrumbándose, y la expansión de la favela hacia áreas de protección ambiental", dice Walkiria, administradora regional, que es el vínculo entre los vecinos y la municipalidad de Río de Janeiro. Walkiria cuenta que ahora se está intentando urbanizar la favela, dándoles escrituras a los vecinos, para crear un vínculo de pertenencia al barrio. "¿El narcotráfico? Si no son molestados, ellos no impiden nuestro trabajo", explica, admitiendo la superioridad de poder de la ilegalidad. Porque en la favela la autoridad no se vota, apenas se la obedece como en la más feroz de las dictaduras. Y quien desafía al poder paralelo paga las consecuencias con su vida. Como Tim Lopes, el periodista de la TV Globo.
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