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Un mensaje de apertura que aún no echó raíces

José María Poirier Lalanne
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7 de diciembre de 2014  

Resulta al menos curioso que un hombre de reconocido liderazgo internacional, de innegable vocación política, capaz de prometer importantes reformas en la Iglesia, afirme, en la entrevista, que no le gusta hablar de estrategia, que no quiere proselitismos y que no está de acuerdo con la palabra "limpieza". Llega a decir que le agradece al Señor contar con "una sana dosis de inconsciencia".

Pero ¿qué ha cambiado en concreto, más allá de gestos y palabras que ciertamente despiertan esperanzas y contrastan con la mediocridad abrumadora de la mayoría de los dirigentes? Es evidente que Francisco apunta a expresarse abiertamente a favor de la paz y de los pobres y marginados del mundo, claramente dispuesto al diálogo interreligioso e intercultural, inflexible ante los atropellos y escándalos. Capaz de volver a pensar las normas frente a los cambios sociales, con sorprendente espontaneidad, ha sabido oxigenar los aires palaciegos del Vaticano y ganar el fervor de millones de católicos y no católicos.

Sin embargo, encuentra ciertas resistencias que, si bien no son tan numerosas como consiguen aparentar, no dejan de ofrecer batalla. El primer sínodo sobre la familia pareciera revelarlo. O el disgusto de ciertos prelados que ven esfumarse sus expectativas de carrera, o aún más de quienes temen perder privilegios y cargos.

El Papa, por su parte, con expresión coloquial señala que cuando "la familia está baqueteada y los jóvenes no se casan" hay que volver a reflexionar sobre la pastoral de la Iglesia sin temores ni prejuicios, con libertad de espíritu. Sostiene que el sínodo fue un proceso con sus contrastes, a veces exageradamente presentados por el periodismo, pero que se había elegido la transparencia y no hubo ningún tipo censura a la hora de comunicar.

La sinodalidad, aclara, cuenta con la garantía del Santo Padre. Es decir que, al mismo tiempo que llama a tener "coraje para hablar y humildad para escuchar", asegura que la barca no está sin timón, como algunos han dicho y escrito en estos meses, sino en sus manos.

Elogia las posturas aperturistas del cardenal alemán Walter Kasper, reconoce que "es sano ventilar las cosas", que considera las resistencias como visiones distintas y que "sería anormal que no existieran puntos de vista divergentes", si bien admite que "hay algunos que son completamente tercos en sus posturas". Además, asegura que la reforma de la curia será un camino lento y complejo que "se va haciendo de a pasitos".

Habla de la Virgen de Guadalupe como patrona del mestizaje, de la religiosidad popular como auténtica expresión del Pueblo de Dios, y condena el clericalismo y la falta de cercanía con la gente, actitudes que han alejado a muchos de la Iglesia y que frenaron la madurez laical en nuestro continente.

Sin embargo, ¿basta la decisión de un papa o la personalidad carismática de un líder para imprimir cambios en la Iglesia y sugerirlos a la sociedad en general? Ciertamente no. Determinadas personalidades, como sucedió con algunos profetas de Israel y ciertos santos cristianos, desataron procesos y animaron a la gente, pero no necesariamente bastaron.

Para sostenerse en el tiempo y ser fecundo, todo cambio verdadero necesita echar raíces profundas en personas y en comunidades. Es verdad que sin Juan XXIII y Pablo VI no se hubiera llegado al Concilio Vaticano II, pero ese gran acontecimiento fue anticipado, espiritual e intelectualmente, por extraordinarias personalidades, religiosas y laicas, que lo prepararon. E incluso ese fundamental capítulo, después de 50 años, todavía debe abrirse camino en muchos ambientes y encuentra cerriles resistencias.

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