Una alianza debilitada y con menos relevancia

Ian Bremmer
Ian Bremmer PARA LA NACION
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24 de enero de 2016  

Desde la Segunda Guerra Mundial, la alianza transatlántica fue crucial para la seguridad y la estabilidad económica internacional. Hoy, esa alianza es más débil y menos relevante a nivel mundial que nunca desde 1941. Por la magnitud de sus implicancias globales, éste es el mayor riesgo político de 2016.

En parte, la situación es resultado natural del "ascenso de lo diferente", la expansiva influencia de los gobiernos de economías emergentes, como China, la India y Rusia, que representan a un amplio espectro de valores políticos y económicos. Esos países tienen fortaleza suficiente para ignorar presiones de los más ricos. Además, tras las guerras de Irak y Afganistán, la opinión pública norteamericana ya no está tan dispuesta a digerir mayores costos en el extranjero, lo que obliga a Barack Obama a recurrir a herramientas de política exterior unilaterales, como las sanciones comerciales. Ese giro terminó siendo una espina entre Estados Unidos y varios de sus socios europeos. Pero ahora Europa está ocupada lidiando con problemas como la tensión política por la inmigración, la amenaza terrorista, las disputas con Rusia por Ucrania y Siria, y un referéndum en ciernes en Gran Bretaña sobre su continuidad en la Unión Europea (UE). Dividida, vulnerable y peligrosa: así está Europa hoy.

A la hora de lidiar con sus problemas, la UE ya no busca a su tradicional aliado norteamericano, sino a otros gobiernos que le ofrecen oportunidades que Washington no puede o no quiere darle.

Francia tiene sus motivos para volcarse hacia Rusia. París tomó una postura militarmente mucho más decidida contra Estado Islámico (EI). Es cierto que Estados Unidos lanzó muchas bombas sobre EI, mientras Alemania se ocupa de la diplomacia. Pero los rusos se ocupan de sostener al hombre fuerte de Siria, Bashar al-Assad, y los franceses esperan que sea él quien ayude a erradicar a EI y a frenar la ola de migrantes. Tras los ataques en París, Francia apeló por primera vez en la historia a un capítulo del Tratado de Lisboa que permite convocar a un colectivo de seguridad de Europa, evitando de ese modo recurrir a la OTAN, que impediría una cooperación militar activa con Moscú. ¿Qué dice eso de la alianza transatlántica?

Alemania tiene sus razones políticas para trabajar con Turquía. Angela Merkel entiende que su política de puertas abiertas con los refugiados sólo puede funcionar si la marea humana no se convierte en un tsunami. Para eso, Alemania tendrá que sellar acuerdos con el gobierno turco, que aloja a más de dos millones de refugiados sirios. Sean atinadas o desatinadas, estas políticas no representan los históricos valores transatlánticos.

Este año, las divisiones entre Estados Unidos y Europa serán sobre todo palpables en torno a Ucrania y a Siria. Los norteamericanos se plantarán en cuestiones de principios. Insistirán con mantener las sanciones contra Rusia hasta que Ucrania se libere de la sombra de Vladimir Putin, y con la renuncia de Al-Assad. La UE, que lidia cara a cara con la desintegración de esos dos países, optará por el pragmatismo. Eso implica que en algún momento del año la UE flexibilizará las sanciones contra Rusia.

El vaciamiento de la alianza transatlántica también significa que, en los años por venir, importará menos lo que Europa y Estados Unidos tienen en común, y más lo que cada uno de ellos tiene en común con China. Las realidades económicas relegarán los principios políticos. Y será una enorme pérdida para una alianza que, más allá de sus falencias, hizo más por promover la democracia, la libertad de expresión y el imperio de la ley que ninguna otra alianza.

Traducción de Jaime Arrambide

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