Una batalla por la influencia, más que un camino a la guerra

Gerald F. Seib
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18 de junio de 2019  

Irán anunció ayer que sobrepasará su producción de uranio enriquecido, revelando de ese modo la verdadera historia detrás de la rápida escalada de tensiones en la región del Golfo Pérsico. Lo que el mundo está presenciando no es tanto un camino hacia la guerra, sino más bien una batalla por la capacidad de injerencia: de un lado está el considerable poder de torcerle el brazo a Teherán que ha ido ganando el gobierno de Trump, y del otro está el poder sobre Estados Unidos que Irán siente que necesita con urgencia para equilibrar la balanza.

Eso no implica que no pueda desatarse una guerra -las posibilidades de una guerra por error de cálculo son altas y siguen aumentando-, pero el resultado que ambos bandos buscan no es ese. El escenario actual, con sus riesgos reales, se parece a un enfrentamiento entre dos chicos en el patio de la escuela que esperan que con demostrar que están dispuestos a cruzar una raya en el piso bastará para evitarles tener que cruzarla.

Y ayer esa tensión se volvió más peligrosa cuando Irán dijo que pronto sobrepasaría el límite de uranio enriquecido que tiene permitido almacenar según el acuerdo nuclear de 2015, firmado con Estados Unidos y otras potencias. La movida fue un obvio intento de amedrentar a los europeos -desesperados por salvar el acuerdo- para que no cumplan con las sanciones económicas impuestas por los norteamericanos sobre Irán. De hecho, Irán dice que podría revertir su decisión si los países europeos cumplieran con su promesa de elaborar un sistema financiero que ayude a Irán a esquivar las sanciones de Washington.

En este enfrentamiento, tanto Estados Unidos como Irán tienen dos cartas fuertes para jugar. Por su lado, el gobierno de Trump ha demostrado tener el poderío económico para dañar la economía de Irán y el poderío diplomático para hacer que otros países cooperen con su estrategia. Por su lado, Irán ahora necesita mostrar que puede contrarrestar a Estados Unidos con dos armas: el poder de obstruir la circulación de cargueros de petróleo por el Estrecho de Ormuz y el poder de retomar su programa nuclear.

En los últimos días, al parecer, Irán ha exhibido la primera de esas armas, al lanzar ataques sobre buques cargueros en el Golfo de Omán. Y ahora saca a relucir su segunda arma, al aumentar su actividad nuclear. La gran apuesta de Irán es que ante su amenaza de romper con el acuerdo nuclear la comunidad internacional se una para apoyarlo, y no en su contra.

En cualquier caso, la movida es un reconocimiento implícito del éxito de Trump y su estrategia de apretar las clavijas de la economía iraní. Al restablecer y aumentar las sanciones económicas que estaban vigentes antes de la firma del acuerdo, y luego de amenazar con multas a las empresas y naciones extranjeras que se resistieran a cumplirlas, el gobierno de Trump había logrado reducir drásticamente las exportaciones de crudo iraní y había cerrado el acceso al mercado internacional a otros sectores de la industria iraní.

Ese juego de pinzas dejó arrinconado al supremo líder de Irán, el ayatollah Ali Khamenei. "Hace dos años que Irán recibe trompadas de Trump sin pausa, y eso deja al supremo líder en una posición difícil", dice Karim Sadjadpour, analista de temas iraníes del Carnegie Endowment para la Paz Internacional. "Si Khamenei no respondiera en absoluto a las provocaciones de Trump, sería una muestra de debilidad. Pero si se excediera en su reacción, correría el riesgo de desestabilizar su régimen".

Una respuesta excesiva de Irán podría precipitar un ataque militar norteamericano o generar un efecto rebote que exacerbe el aislamiento económico de Irán y profundice los padecimientos de sus ciudadanos. Eso deja al ayatollah frente a tres alternativas, todas igualmente malas: puede intentar prolongar la situación hasta que Trump no esté en el poder, puede aceptar la oferta de Trump de sentarse a negociar o puede fogonear las actuales tensiones.

Por el momento, Khamenei ha elegido fogonear las tensiones, aunque dentro de límites cuidadosamente marcados. El ayatollah parece haber autorizado los ataques contra buques petroleros que atravesaban el Estrecho de Ormuz, frente a las costas de Irán, para hacer subir el precio del crudo y así causarles el mismo daño económico a los consumidores norteamericanos, y al mismo tiempo intimidar a Europa, Japón y China, para que obliguen a Trump a reducir sus sanciones. Al mismo tiempo, para seguir siendo creíble cuando niega la participación de Irán en esos hechos, Khamenei debe hacer todo lo posible para que esos ataques sean sigilosos y difíciles de rastrear.

El objetivo de Irán es aumentar su poder para equilibrar la balanza, más que desatar una lucha abierta. Una estrategia arriesgada, pero no carente de lógica.

Traducción de Jaime Arrambide

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