Una boda casi de Estado: la hija de Aznar dio el sí en El Escorial
El histórico monasterio se convirtió en pasarela del poder; hubo más de mil invitados
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MADRID.- Convertido por fuerza en pasarela del poder, el casamiento de la hija del presidente español reflejó ayer destellos de modernismo en la estética de quienes gobiernan el Viejo Continente. Así, José María Aznar cortó el negro de su jacquet con una corbata de un intenso turquesa mientras que el premier británico, Tony Blair, distendió su papel de padrino al optar por un simple traje de calle con -eso sí- un chaleco amarillo rabioso.
Hasta el novio -y ahora flamante yerno presidencial- desafió la solemnidad penitente del monasterio de El Escorial, donde se celebró la boda, al plantar en su patio la camioneta cuatro por cuatro a cuyo volante llegó en mangas de camisa. Cuestión de estilos, todo muy lejos del rigor del italiano Silvio Berlusconi -el otro padrino de ceremonia-, que ni bajo el sol de la tarde se soltó el botón de su jacquet, para no perder línea.
Entre jubilados, turistas extranjeros y curiosos, centenares de personas -la mayoría mujeres- esperaron horas con el fin de ocupar un buen lugar para ver llegar a los más de mil invitados a "La boda", como fue definido el casamiento de Anita Aznar, la hija del presidente, con Alejandro Agag, 10 años mayor que ella y ex asistente personal del mandatario. Desde bonetes de papel de diario hasta sombrillas, todo valía para procurar algo de sombra.
Los más aplaudidos
Los más aplaudidos fueron los reyes, Juan Carlos y Sofía. La aparición del cantante Julio Iglesias con su mujer, Miranda, bien tomada del brazo, desató una ola de euforia que superó a la cosechada por Rafael, otro exponente de la música popular española. El escritor peruano Mario Vargas Llosa entró en silencio y los aplausos renacieron a la vista del entrenador de la selección nacional, Antonio Camacho.
"Estoy encantado. ¿Habéis visto que novia tan guapa?", dijo un sonriente José María Aznar, del brazo de su hija, de 21 años, minutos antes de cruzar la puerta de la basílica que hizo construir Felipe II. Al llegar al altar, el novio no olvidó estrechar respetuosamente su mano, aunque para ello tuvo que maniobrar trabajosamente sobre la cola del vestido, con la que ya había tropezado su prometida.
El escueto informe de la televisión oficial definió el traje de la novia -con larga cola en doble capa- como "muy sencillo". Mientras, el privado Canal 5 detalló desplazamientos de fuerzas de seguridad, tareas de limpieza con personal municipal y el uso de la Casa de Gobierno para confirmar asistencias, en lo que tal vez alimentará los reclamos iniciados ayer en el Congreso por supuesto uso de bienes públicos que atribuyen al presidente.
Los costos
Por las dudas, La Moncloa -sede del gobierno- aclaró ayer que el pago del banquete posterior fue costeado "por las dos familias" y que el viaje y alojamiento de los dirigentes extranjeros invitados -entre ellos, cuatro presidentes- no sería financiado por el presupuesto público, aunque no se precisó quién lo haría.
"Es que esto no es una boda de Estado", insistían ayer los más indignados, al poner distancia con la consideración que tuvieron, años atrás, los casamientos de las infantas Elena y Cristina, las hijas mayor y segunda de los reyes.
"Pero es casi de Estado", retrucó el abad del monasterio agustino que funciona en El Escorial, tal vez harto de los reproches por el atípico trámite con el que cedió el uso del noble edificio.
Una princesa de cuento
De hecho, Anita se comportó con la soltura de quien está en función y no vaciló en girar para saludar sonriente a la multitud de curiosos que la esperaba en las cercanías. Casi como una princesa de cuento.
En su papel, su flamante suegra hizo otro tanto, y no olvidó el detalle de la peineta y el mantón que marca la tradición más arraigada.
La industria de la prensa rosa -que en España es todo un emporio- afiló ya sus lanzas y varias revistas anunciaron producciones especiales para mostrar lo que fue la fiesta a quienes quedaron puertas afuera. Ahora, para variar, su apuesta vuelve a ser el futuro del príncipe Felipe, que para desesperación de los monárquicos sigue soltero a los 34 años.




