Una frenética carrera de 66 minutos para salvar a la catedral de la segura extinción entre las llamas

Un bombero inspecciona una de las gárgolas en el perímetro de Notre Dame
Un bombero inspecciona una de las gárgolas en el perímetro de Notre Dame Fuente: AP - Crédito: Thibault Camus
Bomberos y empleados municipales combatieron el fuego y rescataron sus reliquias
Lori Hinnant
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18 de abril de 2019  

PARÍS.- Alimentadas por una estructura de madera de siglos de antigüedad, las llamas voraces consumieron el techo de Notre Dame y avanzaron imparables hacia la icónica aguja de la catedral. El fuego regurgitaba humo amarillo y escupía partículas carbonizadas de madera, piedra, plomo y hierro, pero nada parecía alcanzarle. Allá abajo, con los ojos llorosos y la visión oscurecida por el humo, los bomberos, sacerdotes y empleados municipales se pasaban de mano en mano los tesoros de la catedral, con la esperanza de que la premura de su desesperación le ganara al vértigo de las llamas.

Tenían 66 minutos.

La primera alarma sonó a las 18.20, llamando a silencio al sacerdote y a los pocos cientos de fieles y turistas que estaban en el interior del templo. "Todo el mundo quedó petrificado durante casi un minuto", dice Johann Vexo, que estaba en la galería del órgano, como siempre durante la misa. Fue un shock, pero no cundió el pánico. Las puertas posteriores del templo se abrieron y en cuestión de minutos la catedral estaba vacía. Vexo se demoró unos minutos más y se fue a su casa.

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Durante 23 minutos, pareció que había sido una falsa alarma. Entonces, a las 18.43, se activó un segundo detector de humo y el fuego mostró su rostro, lamiendo las vigas de madera y visible para todo aquel que estuviera mirando hacia el norte desde la margen izquierda del Sena.

Las primeras autobombas tuvieron que abrirse paso en medio de la hora pico para llegar a la Isla de la Cité, corazón histórico y geográfico de París. Durante la primera media hora, parecía que el fuego no dejaría más que una marca de épica en ese edificio de casi 900 años de antigüedad, algo más parecido al inevitable desgaste de la piedra que a la furia de la Revolución Francesa, que dejó la catedral en ruinas durante décadas.

Del otro lado del Sena, en el Ayuntamiento de París, la alcaldesa Anne Hidalgo miró por la ventana mientras mantenía una reunión vespertina, y vio la humareda que ensombrecía el cielo. Salió corriendo hacia la isla, al igual que Vexo, que había vislumbrado la nube desde su casa.

"Llegué y me sentí impotente ante las llamas que envolvían la catedral", dijo Hidalgo. Vexo observó las llamas durante un par de minutos desde el otro lado del río, y después se fue. "No pude soportarlo", dice.

Uno tras otro, los puentes sobre el Sena se fueron colmando de espectadores que con rostro sombrío no despegaban la mirada de esa catedral construida para la eternidad. Lloraban mientras las llamas derretían el recubrimiento de plomo del techo y devoraban la aguja de la catedral. En lo profundo, debajo de la catedral, yacía el tesoro del templo, custodio de las reliquias más sagradas de Notre Dame.

Los bomberos abrieron el cofre y extrajeron la corona de espinas que es venerada como la llevada por Jesucristo durante la crucifixión. Hecha de juncos entrelazados en forma de corona y atada con filamentos de oro, la reliquia se conserva dentro de un recipiente de vidrio desde 1896. El manto de San Luis, que se cree perteneció al rey Luis IX, también fue extraído de la caja, junto con fragmentos de la cruz de Cristo y uno de los clavos de la crucifixión, según reveló Patrick Chauvet, rector de la catedral de Notre Dame.

Las reliquias ya estaban a salvo. Había llegado el turno de las obras de arte. "Para salvarlas, tuvimos que sacarlas en medio del humo y de los escombros que caían sobre nosotros", dijo el general Jean-Claude Gallet, de la brigada contra incendios.

A las 19.49, la aguja del siglo XIX, obra maestra arquitectónica de Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc y parte de su restauración posterior a la Revolución, se partió y cayó hacia el vacío de la nave central. La veleta de bronce con forma de gallo se derrumbó junto con la aguja, llevándose consigo las tres reliquias contenidas en su interior desde 1935.

Habían pasado 66 minutos desde que se detectaron las primeras llamas. Un fulgor anaranjado cubría el cielo, y las llamas parecieron avanzar hacia las icónicas torres mochas de Notre Dame, pero luego se escurrieron hacia el interior del edificio.

Entre los 20 bomberos que ya se encontraban en el lugar estaba Myriam Chudzinski. Con sus pesados equipos a cuestas, los bomberos treparon por los escalones de la estrecha escalera caracol que conduce a una de las torres. El jefe de la cuadrilla se había entrenado en esa misma catedral, ante la eventualidad de un momento como ese.

"Sabíamos que el techo se estaba quemando, pero no sabíamos la intensidad real del fuego", dice Chudzinski. "Recién al llegar arriba comprendimos la gravedad de la situación. La temperatura era muy alta y tuvimos que retroceder, porque además se estaba esparciendo rápidamente".

Chudzinski escuchó un estampido, pero su objetivo era salvar la torre. Más tarde supo que era el ruido de la aguja desplomándose.

La aguja ya estaba perdida. ¿Podrían salvar la catedral en sí? Desde adentro y desde afuera, los bomberos libraban la batalla de sus vidas, una batalla para la eternidad.

A las 21.49, Laurent Nunez, viceministro del Interior, se hizo eco del temor que recorría las calles de París. Hacía rato que el olor a humo había desbordado los límites de la ciudad, invadiendo viviendas a kilómetros de distancia. El ulular de las sirenas era incesante. Cientos de bomberos trabajaban a destajo. Y según Nunez, nadie sabía si los esfuerzos serían suficientes. Mientras los 20 bomberos luchaban desde las torres, un robot a control remoto ingresó en la nave del templo.

Desde el agujero donde antes estaba la aguja llovían brasas que se iban depositando como un manto negro sobre el piso de mármol y sobre la pila de escombros dejados por la aguja al caer. También se perdieron para siempre las irreemplazables vigas de madera, provenientes de árboles que vivieron hace un milenio.

El robot era inmune al peligro, no así los hombres y mujeres que batallaban dentro y fuera de la catedral.

A las 23.23, el jefe de bomberos dijo que el resto de la estructura, incluidas las dos torres-campanario, se había salvado. Si el fuego hubiese durado 30 minutos más, todo habría colapsado.

Hicieron falta 10 horas más hasta que el fuego fue extinguido. La veleta de bronce con forma de gallo, histórico símbolo de Francia, fue recuperada el martes.

Traducción de Jaime Arrambide

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