Una historia de amores y odios
1 minuto de lectura'
LONDRES (The Sunday Times).- A la reina Victoria le decían "gorda, fofa y flatulenta". A su hijo, el príncipe de Gales, le dedicaban calificativos como atorrante, borrachín, timador y mujeriego.
Los australianos nunca tuvieron una relación fácil con sus lejanos reyes y reinas.
Los primeros habitantes del país, los aborígenes, no conocían el concepto de monarquía. Los holandeses fueron los primeros europeos en llegar, pero después del desembarco del capitán James Cook, en 1770, Australia se convirtió en posesión británica.
Muchos de los primeros australianos llegados en los barcos eran ladrones deportados al confín del mundo, en una sentencia muy cercana a la muerte.
La vez que más próximos estuvieron los australianos de escapar de sus amos fue en 1845 cuando unos mineros irlandeses de Nueva Gales del Sur se armaron e izaron una bandera con la imagen de la Cruz del Sur, en lo que después fue conocido como la rebelión de Eureka Stockade. La revuelta duró poco. A los 15 minutos, 22 de ellos estaban muertos y otros 128 habían sido tomados prisioneros. Su único logro fue la adopción de la Cruz de Sur como símbolo republicano.
Unidos en la guerra
La primera prueba del apoyo de Australia por el rey británico se evidenció en la Primera Guerra Mundial, durante la cual 60.000 jóvenes australianos murieron en los campos de batalla de Flanders y en las playas de Gallipoli. En 1926, la Conferencia Imperial determinó que los países del Commonwealth eran naciones independientes unidas a Gran Bretaña "sólo por su común fidelidad a la corona", pero después del baño de sangre de la década anterior, Australia aún permanecía renuente a cortar sus lazos.
Aunque el estatuto de Westminster de 1932 garantizaba la completa independencia de todos los países miembros del Commonwealth, Australia no lo adoptó hasta 1942.
En la Segunda Guerra Mundial Australia se sentía vulnerable. John Curtin, entonces primer ministro, convocó a las tropas australianas en el exterior (en Gran Bretaña y otros países de la comunidad) a que volvieran a Australia como prevención ante una posible invasión japonesa. Winston Churchill, el primer ministro británico, se puso furioso y ordenó nuevamente el desplazamiento hacia otros lugares del imperio.
Las posguerra vio un renacer del patriotismo y de la nostalgia por la corona. En 1954, la reina Isabel II se convirtió en la primera monarca en visitar el país. Fue aclamada. Todos sus hijos visitaron Australia.
El romance con los Windsor se fue desdibujando a medida que fracasaban los matrimonios de los príncipes. Bob Hawke, primer ministro durante la visita del príncipe Carlos en 1985, desairó públicamente a este último al evitar hacer la reverencia de rigor cuando se encontraron.
En 1992, el primer ministro de entonces, Paul Keating, rodeó con un brazo a la reina para conducirla en medio de una recepción en Canberra. Este gesto causó indignación en Inglaterra.
Keating nunca pidió disculpas y se rehusó a moderar su discurso sobre la monarquía. Fue reelegido en 1993 y puso los cimientos del referendum de ayer al nombrar un comité que analizó las condiciones de la transición hacia la república, que se realizaría por medio del voto antes del 2000, diciendo que la monarquía se había vuelto obsoleta y que debía ser dejada de lado afectuosa y graciosamente.
Sin embargo, tras los resultados de ayer, la reina realizará su decimotercera visita a Australia en marzo, otra vez como jefa del Estado.



