Una poderosa lección de democracia, libertad y tolerancia hacia la diversidad

Roger Cohen
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20 de septiembre de 2014  

LONDRES.- La unión sobrevivió, al final, con suficiente comodidad. Escocia seguirá siendo parte de Gran Bretaña. El título de la reina no será modificado: su majestad Isabel II, por gracia de Dios, del Reino Unido de la Gran Bretaña, Irlanda del Norte y reina de sus otros dominios y territorios, cabeza del Commonwealth, defensora de la fe. ¡Uf!: esa parrafada entraña mucho de historia y de estabilidad. El alivio es palpable. La libra esterlina se disparó. David Cameron, el primer ministro conservador que lo arriesgó todo, pudo dejar de contener el aliento.

Una clara mayoría del 55% de los escoceses rechazó la independencia en un referéndum que tuvo muchos méritos.

Los cuestionamientos a la democracia están de moda. Muerta antes de nacer en la "primavera árabe", paralizada por la discordia en Estados Unidos, cada vez más dócil al dinero, titubeante en sus procedimientos en los autoritarios sistemas de China y Rusia, frecuentemente incapaz de conducir al crecimiento o frenar la creciente desigualdad, la democracia se convirtió en el niño problemático del siglo XXI.

La votación, en la que el pueblo libre expresó su voluntad sobre una potencial ruptura con Gran Bretaña, representa un poderoso recordatorio de las virtudes de la democracia. La participación fue alta. Se impuso la civilidad sobre el desacuerdo. Los que estaban por el sí y los que estaban por el no realmente debatieron, y después se tomaron una cerveza juntos.

En palabras del derrotado líder nacionalista escocés Alex Salmond, el referéndum fue "un triunfo del proceso democrático".

Más de dos de cada cinco escoceses votaron por la independencia. Muchos de ellos eran jóvenes o gente que atraviesa dificultades económicas, o ambas cosas. Otro mérito de este "proceso democrático" fue haber dejado en evidencia el sentimiento de alienación de los escoceses hacia Londres, con su vertiginoso boom ombliguista, y hacia los conservadores, hijos del privilegio, que gobiernan Gran Bretaña. Escocia no quiso seguir camino sola. Ni quiere tampoco más de lo mismo. Si respeta el resultado, Cameron todavía tiene que cumplir su promesa de devolver radicalmente más potestades a Escocia y a otras regiones de Gran Bretaña.

La tecnología puede ser la gran facilitadora. Puede acercar la democracia a la gente. Así debe ser el futuro de la democracia. España se equivocaría si le negara a Cataluña un referéndum similar. La unidad sólo puede aspirar a tener mayor legitimidad si está preparada a poner a prueba su fortaleza en las urnas. La independencia escocesa habría generado caos durante un tiempo, pero la idea de una Escocia independiente no era más inconcebible que la de una Cataluña independiente.

La tolerancia y el sentido común son las virtudes basales de Gran Bretaña. El otro día, en la BBC, un informe sobre Escocia fue seguido por una nota sobre el juicio que enfrenta en China Ilham Tohti, un prominente académico uigur acusado de separatismo, un crimen pasible de pena de muerte.

Pekín es la gran potencia mundial en ascenso, un recordatorio, en estos tiempos de indolencia, de que el referéndum en Escocia es algo digno de ser defendido. La votación no es una mera frivolidad. Significa libertad. Escocia, nación del iluminismo, nos dio una lección muy oportuna. Ése también es un mérito de esta votación.

La mía fue una familia de inmigrantes en la Inglaterra de posguerra. Llegaron en el momento del gran reflujo transcontinental de un imperio en retirada. El prejuicio hacia los recién llegados fue inevitable en Gran Bretaña, a veces, incluso la intolerancia, pero mucho más fuerte fue siempre la tradición de una nación liberal compuesta por pueblos diversos. Ésa fue la idea más importante que preserva el resultado del referéndum escocés.

Cada vez que camino por el adorable Regent's Park y veo asomar los minaretes de la mezquita central de Londres, no puedo dejar de pensar: ¿Realmente es tan complicado? ¿Acaso personas de diferentes credos no pueden aceptar la fe de los demás y encontrar una causa común? A veces pueden, pero lleva siglos. Es muy oportuno que el día en que Escocia decidió honrar su identidad de aceptación, más de 100 organizaciones, individuos e imanes británicos expresaron su "horror y repulsión" ante los asesinatos perpetrados por Estado Islámico, cuya voz durante las decapitaciones tenía acento británico.

Escocia también le dio otra importante lección a Cameron: los escoceses son el rincón más proeuropeo de Gran Bretaña. Parte del malestar de los escoceses emanaba del lamentable espectáculo de ver a Cameron coquetear con la desafiliación de Gran Bretaña de la Unión Europea, en un intento por aplacar a la derecha de su pequeña Inglaterra. Cameron prometió que de ser reelegido, impulsará un referéndum sobre la continuidad de su país en el bloque. Ya es tiempo de dejar sentado sin ambigüedades que las mismas cualidades que prevalecieron en Escocia -sentido común, interés económico, tolerancia, apertura, diversidad y ecumenismo- también son argumentos imbatibles a favor de la continuidad de Gran Bretaña en la UE.

Traducción de Jaime Arrambide

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