Una próspera ciudad que quedó reducida a ruinas por la furia del tifón

Haiyan arrasó con edificios y calles, y los convirtió en amasijos de escombros y cadáveres
Keith Bradsher
(0)
12 de noviembre de 2013  

TACLOBAN, Filipinas.- El viernes pasado, cuando el tifón Haiyan tocó tierra y se convirtió en la peor marejada climática de la historia moderna de Filipinas , empujó murallas de agua un kilómetro tierra adentro, todo a lo largo de la superpoblada línea costera del país, borrando ciudades y pueblos, y dejando miles de muertos y de desaparecidos.

Ahora, en esta ciudad alguna vez próspera de 220.000 habitantes, las calles son hileras de edificios arrasados, y algunas están tan cubiertas de escombros que son casi indistinguibles. Las paredes del aeropuerto muestran fisuras, y el techo, enormes agujeros por los que asoman las vigas de acero, retorcidas y arrancadas.

En las calles todavía hay cadáveres en descomposición, como ese cuerpo con shorts azules y camisa rosada de mangas cortas que yace boca abajo sobre un charco, a pocos metros de la entrada del aeropuerto. Y más allá, en la misma calle, está la iglesia que debía ser un centro de evacuación, pero que está llena de los cadáveres de quienes se ahogaron en su interior.

Los más altos funcionarios de defensa civil de Filipinas dijeron tras recorrer las zonas dañadas que se trató del mayor aumento del nivel del mar de la historia moderna del país.

El nivel del mar subió entre tres y cuatro metros, inundando calles y hogares tierra adentro, en lo profundo de la ciudad, impulsado por vientos sostenidos de hasta por lo menos 300 kilómetros por hora, y con ráfagas aún más intensas.

"Fue una marejada tipo tsunami, es la primera vez que ocurre", dijo Eduardo del Rosario, director ejecutivo del Consejo Nacional para la Reducción de Riesgos de Desastres.

Ayer, mientras un ocaso violáceo dejaba paso a la total oscuridad de una ciudad sin energía eléctrica y sólo iluminada por el cuarto creciente de la luna, los descorazonados vecinos volvían a pie a sus casas, después de esperar todo el día en el aeropuerto, con la esperanza de recibir agua, alimentos, o conseguir un vuelo a alguna parte.

Durante la semana, los supermercados y farmacias de toda la ciudad fueron saqueados por vándalos que dejaron vacías las góndolas para una población que ahora pasa hambre y sed.

En medio del gentío que se agolpaba en el aeropuerto, Miriam Refugio, de 60 años, espera uno de los escasos asientos para un vuelo a Manila. "Nuestra casa quedó destruida y en esta ciudad no hay comida, así que hay que salir de acá", dijo, junto a su nieta adolescente, que sostenía un recipiente con toda el agua potable que les quedaba: una botella de plástico casi vacía, que aun llena no contendría más que un par de vasos.

Mientras el gobierno advirtió que el número de víctimas "muy probablemente" aumentaría, uno de los principales problemas que se viven en Tacloban tiene que ver con la cantidad de desaparecidos, a los que probablemente se los haya tragado el mar cuando las aguas retrocedieron y volvieron a su nivel habitual.

Rosemary Balais, de 39 años, dijo que gran parte, incluso la mitad, de los 5000 habitantes de su pueblo natal, Tanauan, cerca de Tacloban, parecían haber desaparecido. "Mi hermana y sus hijos estaban ahí y desde el jueves no sabemos nada de ellos", dijo Balais, y agregó que sus familiares vivían a unos 100 metros de la línea costera.

La extraordinaria fuerza del viento se sumó para empeorar aún más la tragedia. Las palmeras son árboles que tienen una resistencia natural a las tormentas, pero palmares enteros fueron arrancados de raíz, y los troncos están apilados como fósforos desparramados en el piso.

Richard Gordon, presidente de la Cruz Roja de Filipinas, dijo que serían necesarios más aviones para llevar ayuda. Un convoy de la Cruz Roja que se dirigía anteayer hacia la zona del desastre tuvo que volver, porque al detenerse frente a un puente caído fue asaltado y casi secuestrado por una turba hambrienta.

Algunos de los que buscan a sus familiares perdidos lloran en silencio. Entre ellos, April Escoto (28 años), de Tacloban, que fue de vacaciones a Cebu con su hermana (24) dos días antes del supertifón.

Escoto dejó a su hermana en Cebu, tras llegar a la conclusión de que las calles sin ley de Tacloban eran demasiado peligrosas como para arriesgar a quienes podrían ser los últimos dos miembros de su familia.

Traducción de Jaime Arrambide

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.