"Unos pocos banquetean y muchos no tienen pan para vivir", lamentó el Papa en la misa de Gallo

En la Santa Misa de Navidad, Francisco volvió a hacer preguntas incómodas y a abogar por los más pobres
En la Santa Misa de Navidad, Francisco volvió a hacer preguntas incómodas y a abogar por los más pobres Fuente: Reuters - Crédito: Max Rossi
Elisabetta Piqué
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24 de diciembre de 2018  • 19:18

ROMA.- "Preguntémonos: en Navidad, ¿parto mi pan con el que no lo tiene?". En la Santa Misa de Navidad, también llamada misa de Gallo, el Papa volvió ayer a hacer preguntas incómodas y a abogar por los más pobres. Reflexionó sobre "la insaciable codicia que atraviesa la historia humana", deploró el hecho de que hoy "unos pocos banquetean espléndidamente y muchos no tienen pan para vivir" y llamó a "romper la espiral de la avidez" y a "superar la cima del egoísmo".

En una homilía que giró en torno del significado etimológico de la palabra Belén -"casa del pan"-, Francisco recordó que el misterio de la Navidad propone un modelo de vida nuevo: "No devorar y acaparar, sino compartir y dar". "Dios se hace pequeño para ser nuestro alimento. Nutriéndonos de él, Pan de Vida, podemos renacer en el amor y romper la espiral de la avidez y la codicia", dijo, en una misa que presidió en la Basílica de San Pedro, junto a cardenales, obispos, sacerdotes, miles de fieles y miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede.

Unas 10.000 personas llenaron la Iglesia vaticana para una de las ceremonias litúrgicas más importantes del año, que comenzó a las 21.30 locales con bellísimos cantos entonados por el coro de la Capilla Sixtina. Centenares de personas siguieron la misa afuera, a través de pantallas gigantes colocadas en la Plaza de San Pedro.

"Parece que el tener, el acumular cosas, es para muchos el sentido de la vida", lamentó el exarzobispo de Buenos Aires, que subrayó que "Belén es el punto de inflexión para cambiar el curso de la historia". "Allí, Dios, en la casa del pan, nace en un pesebre. Como si nos dijera: 'Aquí estoy para vosotros, como vuestro alimento'. No toma, sino que ofrece el alimento; no da algo, sino que se da él mismo", afirmó.

Ante el pesebre, comprendemos que lo que alimenta la vida no son los bienes, sino el amor

"Ante el pesebre, comprendemos que lo que alimenta la vida no son los bienes, sino el amor; no es la voracidad, sino la caridad; no es la abundancia ostentosa, sino la sencillez que se ha de preservar", siguió.

Después de recordar que "cuando Jesús cambia el corazón, el centro de la vida ya no es mi yo hambriento y egoísta, sino él, que nace y vive por amor", como en otras ocasiones, el Papa invitó a todos hacerse preguntas.

"Al estar llamados esta noche a subir a Belén, casa del pan, preguntémonos: ¿Cuál es el alimento de mi vida, del que no puedo prescindir? ¿es el Señor o es otro? Después, entrando en la gruta, individuando en la tierna pobreza del Niño una nueva fragancia de vida, la de la sencillez, preguntémonos: ¿Necesito verdaderamente tantas cosas, tantas recetas complicadas para vivir? ¿Soy capaz de prescindir de tantos complementos superfluos, para elegir una vida más sencilla?", dijo. "Preguntémonos: 'En Navidad, ¿parto mi pan con el que no lo tiene?'".

Preguntémonos: 'En Navidad, ¿parto mi pan con el que no lo tiene?'

Recordó luego que Jesús nació entre pastores "para decirnos que nadie estará jamás solo". "Tenemos un Pastor que vence nuestros miedos y nos ama a todos, sin excepción", afirmó, al explicar que los pastores al mismo tiempo indican cómo ir al encuentro del Señor. "Ellos velan por la noche: no duermen, sino que hacen lo que Jesús tantas veces nos pedirá: velar. Permanecen vigilantes, esperan despiertos en la oscuridad", evocó. "Esto vale también para nosotros. Al Señor le gusta que lo esperen y no es posible esperarlo en el sofá, durmiendo. De hecho, los pastores se mueven, no se quedan quietos como quien cree que ha llegado a la meta y no necesita nada, sino que van, dejan el rebaño sin custodia, se arriesgan por Dios. Y después de haber visto a Jesús, aunque no eran expertos en el hablar, salen a anunciarlo", agregó. "Esperar despiertos, ir, arriesgar, comunicar la belleza: son gestos de amor", explicó.

En una misa celebrada en latín -con lecturas en idiomas vernáculos- marcada por la presencia de una estatuilla del Niño Jesús, que al final de la misa colocó en el pesebre, acompañado por niños de Italia, China, Panamá, República Democrática del Congo, Rumania y Japón-, el Papa terminó su sermón admitiendo "que el camino a Belén, también hoy, es en subida". "Se debe superar la cima del egoísmo, es necesario no resbalar en los barrancos de la mundanidad y del consumismo", adviritió.

"Quiero llegar a Belén, Señor, porque es allí donde me esperas. Y darme cuenta de que tú, recostado en un pesebre, eres el pan de mi vida. Necesito la fragancia tierna de tu amor para ser, yo también, pan partido para el mundo. Tómame sobre tus hombros, buen Pastor: si me amas, yo también podré amar y tomar de la mano a los hermanos. Entonces será Navidad, cuando podré decirte: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo", concluyó.

Como todos los años, hoy al mediodía de Roma (8 en la Argentina), Francisco impartirá la bendición y pronunciará el tradicional mensaje navideño urbi et orbi, a la ciudad y al mundo, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro.

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