Vendaval en España. La salida de Juan Carlos pone en foco las finanzas reales

Juan Carlos de Borbón
Juan Carlos de Borbón Fuente: LA NACION - Crédito: Ippóliti
Luisa Corradini
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8 de agosto de 2020  • 19:27

PARÍS.- En su biografía de Juan Carlos de España , la historiadora francesa Laurence Debray analiza la singular relación del exrey con el dinero , como una forma de explicar las torpezas que terminaron llevándolo a perder el trono, el respeto de sus súbditos e incluso al destierro: "Había conocido de joven la humillación de depender económicamente de los ricos aristócratas españoles que aseguraron el tren de vida de la familia real en el exilio", escribió.

Un exministro que lo conoce bien asegura sin embargo que, desde que su popularidad se disparó tras condenar el golpe del 23 de febrero de 1981, "convencido de que había conseguido todo, pasó a creerse por encima del bien y del mal, y que no debía rendirle cuentas a nadie". A través de la historia, este argumento parece ser mucho más afín con el carácter de las monarquías que el primero.

Según relató un amigo de Juan Carlos a El País, en 2010, el por entonces rey confesó, "con una preocupación casi obsesiva, que una de las cosas que más lo atormentaban de abdicar era la de no tener suficiente dinero una vez dado el paso. El amigo le respondió con una pregunta que el rey no contestó: '¿Pero, para qué quieres tú el dinero, si siempre tendrás un pase de Iberia para viajar donde quieras, y tus amigos saudíes siempre te prestarán sus apartamentos para que te alojes donde te dé la gana?'".

Dos años después, en plena crisis financiera mundial, los españoles se enteraron de que el rey se había roto la cadera en un safari de lujo en Botswana, donde había ido a cazar elefantes a 42.000 euros la pieza, junto a su amante, Corinna Larsen, y unos amigos sauditas. Ese escándalo sería el primero de una larga serie de revelaciones sobre cuentas secretas en Suiza , fondos ocultos en Panamá , valijas llenas de dinero y aventuras extramatrimoniales que concluyeron esta semana con el exilio voluntario.

"Hace menos de tres semanas, a los 82 años, al amigo a quien había confesado sus miedos, le dijo: 'Los menores de 40 años me recordarán solo por ser el rey de Corinna, el del elefante y el del maletín'. Nadie podía pensar en un final así", publicó El País.

La triste historia de Juan Carlos no es una excepción. Sin necesidad de remontar hasta el siglo XVIII, cuando las monarquías absolutistas producían reyes todopoderosos, la historia contemporánea de las casas reales tiende a demostrar que algo sucede con frecuencia en la psicología de los soberanos, que los lleva a convencerse de que están por encima de todo.

"Hace tres décadas me pregunto qué pasa por la cabeza de un monarca o de un heredero de la corona, a quien se le dice desde el nacimiento que el mundo le debe pleitesía; que es alguien excepcional al de que no se lo puede tocar; que no solo es jefe de Estado, sino además pastor de las almas, como en el caso inglés, y que todo ser humano debe esperar pacientemente a que Su Altísima Majestad se digne dirigirle la palabra para hablar. La única respuesta es: un sentimiento de omnipotencia total", explica Ghislaine Plux, psicóloga e historiadora de las monarquías.

En las monarquías constitucionales europeas, donde la justicia y los medios suelen hacer su trabajo, esos escándalos siempre terminan por salir a la luz. El 2010, el rey Carlos Gustavo de Suecia fue acusado de haber usado subvenciones agrícolas de la Unión Europea para compensar la pérdida, durante la crisis de 2008, de un millón de euros invertidos en la Bolsa. Apodado "casanova" por los más gentiles, "el Berlusconi del Gran Norte" o incluso "el rey sin calzón" por otros, fue durante muchos años adepto a los espectáculos de striptease y las relaciones non sanctas . Ahora, a los 73 años, parece por fin haber calmado sus ardores. Pero las secuelas quedan: en todos los sondeos desde 2013, seis suecos de cada diez desean verlo abdicar en beneficio de su hija Victoria, de 43 años.

Mansión

En Holanda , la apacible familia real formada por Guillermo , su esposa Máxima Zorreguieta y sus tres hijas también tuvo sus sobresaltos. Como en 2007, cuando los súbditos del futuro rey se enteraron que la pareja había comprado una mansión en Mozambique. La residencia estaba en un parque cerrado donde únicamente podían comprar aquellos cuyas cuentas disponían de, por lo menos, 50 millones de euros. A pesar del mea culpa del príncipe -que confesó modestamente que era un hombre y que, como tal, cometía errores-, esa inclinación por el lujo en un país en plena crisis financiera tuvo el efecto de una bomba. Guillermo y Máxima vendieron su mansión en 2009, y compraron otra en Grecia .

Pero la Casa de Orange protagonizó otros escándalos financieros. El peor lo provocó el príncipe Bernhard, abuelo del actual monarca que, en 1959, recibió un millón de dólares de comisión de la compañía de aviación estadounidense Lockheed, y otro sobre con 100.000 dólares en 1968. A cambio, se había comprometido a convencer a las autoridades de su país de comprar aviones de esa empresa. La operación fue develada por una comisión norteamericana gracias a dos cartas donde el príncipe reclamaba las sumas prometidas. La insistencia de la comisión llevó a la reina Juliana a amenazar con abdicar si su marido era llevado ante la Justicia. Si bien la soberana obtuvo satisfacción, Bernhard perdió el derecho de ejercer su función de inspector general y de llevar uniforme en público.

También están los escándalos de orden exclusivamente moral. Como las dramáticas sospechas que planean sobre el príncipe Andrés de Inglaterra , acusado de haber abusado sexualmente de Virginia Roberts Giuffre, entonces de 15 años, en las residencias de su amigo y millonario norteamericano Jeffrey Epstein y su examante Ghislaine Maxwell, en el marco de una vasta red de prostitución internacional. Hasta ahora, el hijo preferido de la reina Isabel II evitó someterse a la Justicia de Estados Unidos , que solicita su presencia en Nueva York , en calidad de testigo. Se niega a hacerlo porque, "según el tenor de sus respuestas, puede convertirse en acusado y quedar detenido", afirman los especialistas.

A pesar de los escándalos a repetición, las monarquías siguen siendo, sin embargo, mayoritariamente apoyadas por los ciudadanos de sus propios países. En España, según un sondeo Electomanía del 14 de abril, en un eventual referendo la monarquía obtendría 47,5% de votos, contra 47% en favor de la república.

En cuanto al costo que las mismas representan, todas vieron sus dotaciones reducidas en los últimos años. La más cara en relación al número de súbditos es el gran ducado de Luxemburgo, donde el soberano, además de su salario de varios cientos de miles de euros, dispone de un presupuesto de 10 millones de euros por año.

En el país de Orange-Nassau, la monarquía cuesta 44 millones anuales a los contribuyentes. La familia danesa recibió 41,4 millones de euros en 2017, mucho más que en Suecia, donde la cifra supera apenas los 11 millones, mientras que la monarquía belga recibió 36 millones en 2018. En Gran Bretaña , Isabel II recibió este año 82 millones de libras (90,8 millones de euros). Esa cifra, aparentemente exorbitante, no es nada comparada con los 1993 millones de euros que recibirían las finanzas británicas gracias al turismo, los productos derivados y los royalties generados por la casa real.

La corona de España es la menos costosa. Felipe redujo 20% su salario en relación al de su padre, y recibe unos 230.000 euros. El presupuesto de la monarquía no se modificó: unos 8 millones de euros por año. En 2015, esa cifra representaba 16 centavos de euros por año y por habitante.

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