Wagner, ovacionado en Jerusalén
Nacido en la Argentina, criado en Israel y residente en Alemania, Daniel Barenboim acababa de dirigir los últimos compases del Festival de Música y Drama de Israel en Jerusalén cuando los espectadores le pidieron un bis. Barenboim los sorprendió con esta pregunta: "¿Quién quiere escuchar a Wagner?" El publico, de inmediato, se dividió. Una minoría abandonó ruidosamente la sala. Ante la mayoría que se quedó sentada, Barenboim interpretó un pasaje de "Tristán e Isolda". Lo ovacionaron.
Wagner, ovacionado en Jerusalén: lo inimaginable había ocurrido. Richard Wagner (1813-1883), uno de músicos más grandes de todos los tiempos, también fue un feroz antisemita. Su música majestuosa e imperial, ligada a la exaltación nacionalista de los mitos germanos, era la preferida de Adolf Hitler. Los nazis hacían marchar a su fin a las víctimas del Holocausto al son de la música de Wagner. Las mataban, en cierta forma, dos veces.
Pero, al igual que en cualquier otro país de Occidente, son muchos los israelíes que aman la música wagneriana. Hasta la oportuna imprudencia de Barenboim, sin embargo, había una proscripción implícita de Wagner. Esta prohibición, ¿era compatible con la democracia? Al ovacionar a Wagner, el público de Jerusalén cruzó una frontera tenida por infranqueable.
Una experiencia personal
Hace tiempo que la discusión sobre Wagner cala hondo en Israel. Recuerdo que, en mi última visita, asistí a un apasionado intercambio de opiniones entre intelectuales judíos después de haber dictado un seminario en la Universidad Hebrea de Jerusalén. El más ardiente de los antiwagnerianos terminó su exposición con estas palabras: "Estoy totalmente en favor de la libertad de expresión. Pero Wagner, no".
Así marcaba que su oposición al músico alemán no era racional sino emocional. Pero no estamos hablando aquí de emociones pasajeras sino de la herida aún abierta de los sobrevivientes del Holocausto. ¿Es lícito, en nombre de la libertad de expresión, reavivar un dolor sin paralelo?
Otro de los intelectuales que se sentaban en torno de la mesa concluyó su alegato de este modo: "Wagner fue, además de antisemita, un ser lleno de odio, una mala persona. Pero no por eso a quienes apreciamos su música se nos puede privar del placer de escucharla".
El interlocutor pro wagneriano (aunque no pro Wagner) había tocado un tema central. Cuando escuchamos un concierto, cuando leemos un libro, ¿debemos preguntarnos además por la personalidad del autor?
En "Intelectuales", Paul Johnson demostró que una serie de intelectuales tenidos por progresistas como Rousseau, Marx, Jean- Paul Sartre, Bertolt Brecht y Ernest Hemingway no vivieron de acuerdo con los principios que proclamaban. Marx, por ejemplo, explotaba a su mucama.
El hecho de que ellos traicionaran con su conducta lo que habían escrito en sus obras, ¿las invalida o, para superarlos, sólo vale escribir más elocuentemente que ellos? Si a las obras de los genios hubiera que juzgarlas según la personalidad de sus autores, ¿cuántas quedarían en pie? ¿O no se sabe que los genios, precisamente por serlo, han sido casi siempre humanamente insoportables?
La reconciliación
La ovación de Jerusalén actualiza la tesis de Samuel Huntington en "El choque de las civilizaciones", según la cual a lo que estamos asistiendo con la llamada globalización no es al nacimiento de un espíritu universal de raíz occidental sino a un proceso más limitado: la reconciliación de Occidente consigo mismo.
Cuando el marxismo se derrumbó bajo el Muro de Berlín, lo que allí cesó según Huntington fue sólo una herejía occidental. ¿O Marx no era, después de todo, alemán? En la Unión Europea, se reconciliaron Francia y Alemania. En Irlanda, católicos y protestantes. El Papa le pidió perdón al pueblo judío. Ahora el pueblo judío perdonó la música de Wagner y, en el fondo, a la nación alemana que la inspiró.
Pero los múltiples apretones de manos a los que estamos asistiendo en Occidente, ¿abarcan acaso a las civilizaciones no occidentales? Avanzada de Occidente en el Medio Oriente, Israel testimonia a su pesar la tesis de Huntington. En una sala de Jerusalén, Wagner fue ovacionado. Fuera de ella, Occidente y el Islam siguen batallando.
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