
Elpidio Herrera: el maestro y alquimista santiagueño, creador de la sachaguitarra
En el pueblo santiagueño de Atamishqui se habla en quichua, se baila chacareras en patios de tierra y se mantiene el ritual de tirar cohetes en medio de la pista de baile. En ese lugar nació y vivió su existencia el músico Elpidio Herrera, creador de la sachaguitarra, el instrumento que le hizo recorrer el mundo.
Tenía 71 años y sufrió un ACV. El pueblo lo despidió en el Museo de la Sachaguitarra y a pesar del dolor sonaron chacareras en su honor.
Luthier, recopilador, compositor y continuador de la tarea difusora de Sixto Palavecino -tras su partida hace una década y con el que tocó varios años-, transmitió un repertorio en quichua que seguramente continuará su hijo Manolo que integra su conjunto.
"Siempre digo que yo continúo con el trabajo de él (por Elpidio, su padre). No sé si lo voy a lograr, pero lo voy a intentar. También vengo rescatando letras que él las tenía escritas en papelitos y que mi mami siempre las guardó". Eso había dicho Manolo Herrera cuando el grupo sacó en 2018 su disco Huañoj Tacko.
El aporte de Elpidio como creador de la sachaguitarra labró su nombre en el bronce de la cultura popular santiagueño. El instrumento hecho de calabaza y con cuerdas de acero, se transformó en su manera de enlazar el mundo tecnológico y el sonido del monte. "La primera vez que fabriqué una guitarra fue cuando me acordé de aquello que contaba mi padre cuando los mayores usaban la caspiguitarra (guitarra de palo). Encordaban una madera y con eso cantaban las chacareras de mi pago. Era la manera de expresar sus cosas porque no tenían posibilidades de comprarse un instrumento".
Criado en una familia de musiqueros y artesanos, Elpidio imitó las costumbres de sus mayores y empezó a crear sus propios instrumentos. "No fue una ocurrencia, sino una búsqueda interna -le dijo a LA NACION en 2003-. Me inclino a pensar que esto surgió de mi amor por la tierra, la naturaleza y el paisaje. La gente del programa de radio Alero Quichua Santiagueño me contagió el entusiasmo de mostrar mi lugar. Ellos me animaron a presentarme con mi caspiguitarra y me recibieron de una manera hermosa. Después empecé a buscar otra forma. Un día, una señora que había escuchado la audición trajo una calabaza a mi casa y le dijo a mi madre: 'Esto es para Elpidio, para que la haga sonar'. Sin darse cuenta, esa señora me estaba dando una caja de resonancia".
Asi nació la sachaguitarra en el taller de su casa: cuerpo de calabaza, cuerdas de acero y traste de guitarra. Podía sonar como un violín, una guitarra eléctrica con efectos de pedal o como zampoñas andinas. Se tocaba con un pequeño arco como de violín o con púa. El sonido de la sachaguitarra tenía algo magnético y provocaba cierto embrujo. Cuando lo escuchó León Gieco lo invitó a participar de su mítico proyecto "De Ushuaia a La Quiaca" junto a Gustavo Santaolalla. Lo mismo le pasaría a Leo Martinelli del proyecto de folclore digital Tremor, que viajó hasta Atamishqui para comprarle una sachaguitarra.
En 2014, en un asado en Ciudad Evita se pergeñó quizás el proyecto más singular que le propusieron. Tenía que armar un espectáculo junto a Leo Martinelli. Ambos habían forjado un vínculo desde que Martinelli fue hasta Atamishqui. Juntos fusionaron las Sachaguitarras con Tremor para tocar en una de las noches de cierre del Fifba (Festival del Bosque) frente a veinte mil personas. Los sonidos del monte de la sachaguitarra enamoraron al público joven del festival. Elpidio tenía una premisa sencilla. "Tocale lo tuyo, lo que representás. Así lo hago siempre cuando salgo de mi Atamishqui. No llevo otro perfume que no sea el nuestro".
En el fondo de su casa, Elpidio todavía seguía cultivando calabazas.





