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"Una copia más, un músico menos", rezaba hace unos años una campaña publicitaria. Lo cual puede sonar perturbador pero tras un análisis más profundo no lo es tanto, ya que por suerte los pibes pueden elegir el disco que se copian pero no el músico que boletean con él. Imaginate si con cada MP3 que alguien se bajara viniera adosada la posibilidad de liquidar a un rockstar: a esta altura del rolinguismo, el nü metal, el folk jipivintash y un par de géneros más no quedarían más que los huesitos.
La defensa incondicional de un músico a su discográfica es lo más parecido al Síndrome de Estocolmo que ofrece el rock universal. Hay que tener una estructura mental muy específica para salir con los tapones de punta a bancar al que te da 0,08 centavos por disco vendido y te ordena ir a promocionarlo al programa de Dallys Ferreyra, pero no escasean los que incursionan en tales tareas. De alguna manera, ser parte del plantel de una compañía discográfica multinacional es el cable a tierra del músico: desorientado por el vértigo de la vida libre, bohemia y sin ataduras, su inconsciente necesita algún resquicio de esa sensación de estabilidad y opresión que experimenta cada día el empleado administrativo raso. Por eso, a la hora de elegir bando, ni se duda: uno se pone del lado del que se compra yates con nuestra creatividad, nos pone debajo de Luis Miguel en su lista de prioridades y nos soba el lomo a cambio, y va duro contra el sangriento enemigo, en este caso encarnado por diabólicos manteros que rascan el mango en la Estación Turdera y desalmados purretes que nos taringuean el disco y encima después tienen el descaro de decir en Internet que es buenísimo y gastar su cochino dinero pagando la entrada para ver nuestros shows. Terrible es poco.
El consejo prioritario está dado: luchemos a brazo partido para perpetuar la cálida y confortable sensación de estar contratados, en blanco y con aguinaldo y vacaciones para así lograr que nada interfiera con nuestra decisión de hacer lo que más nos gusta en la vida: tuitear y comportarnos como imbéciles. O sea: la alternativa es la autogestión, que de alguna forma nos permitiría no depender de ninguna decisión corporativa tomada por un cocainómano con barba candado en Miami para llevar adelante nuestras carreras, pero... ¿quién se quiere levantar a las 9 de la mañana para ir a pelearle precio al dueño de la fábrica de cajitas de CDs? Alta paja.
De todas maneras, les ofrecemos aquí un breve diálogo (como siempre: verídico, pero con los nombres cambiados para no herir la sensibilidad de Fito Páez), mediante el cual ilustraremos una típica relación artista - discográfica, a efectos de que sepan qué se les viene y lo cintureen como güorlchampions. A saber.
ALDO ROCKSTAR: Exijo que se haga todo lo que esté a su alcance para evitar que mi obra no se filtre en Internet. Yo no me rompí el lomo grabando en dos días este disco de covers de La 25 en ukelele para que después aparezca taringueado en cuevana. O algo así, no sé mucho de esta cosa nueva de la Internet yo.
EJECUTIVO INESCRUPULOSO: Quedate tranquilo Aldo, yo mismo me aseguré de que, para que no ande circulando antes de tiempo, a los periodistas no les manden una copia sino que tengan que ir un domingo a las 7 de la mañana a una oficina en Longchamps cuya dirección sólo obtendrán a partir de descifrar un código milenario garabateado en un soquete al que accederán si encuentran la casa del Indio Solari por las suyas y se pueden colar al patio trasero sin que el centinela abra fuego.
AR: Creo que será suficiente.
EI: Yo digo que sí. Ahora hay que guardar esta, la única copia que existe por ahora, en la caja fuerte blindada. Cadete, vení por favor. Llevá el disco nuevo de Aldo y dáselo al guardián de la caja fuerte.
CADETE TARINGUERO: Eeeehjejeje.
(Cuatro minutos después)
EI: No me explico cómo, pero el disco ya lo están picando en una FM barrial de Gerli. Quedate tranquilo que les hicimos juicio penal y les mandamos a un sicario a romperles el cráneo, pero igual es un bajón. Cadete, averiguame qué pasó.
CT: Eeeehjejeje.
AR: Bueno, ya está, ya se la mandaron. Decime qué hacemos ahora para evitar que los pibes se lo bajen gratis en vez de comprárselo.
EI: Fácil. Las últimas biblias del marketing musical dicen que para tentar hay que garantizar accesibilidad. Por eso firmamos un convenio con una disquería al costado de la ruta en Trelew que lo va a estar vendiendo en forma exclusiva con un precio sugerido de 178 pesos. Pero también sale en formato digital para abaratar costos, por 177 más IVA.
AR: ¿Y qué onda con Radiohead o Pez, que los suben ellos gratis?
EI: Comunistas. Y necropedófilos, dicen.
AR: Ah, mirá que loco. Igual también leí por ahí, o me contó mi asistente, que hay que ofrecer un plus con cada disco para que la gente quiera gastar plata en algo que puede obtener gratis. ¿O estoy equivocado?
EI: No, tenés toda la razón. Por eso armamos una acción de mercadotecnia directa por la cual a cada ser humano que compre el disco, vos mismo, en persona, le vas a regalar un pin, le vas a dar un abrazo o lo vas a bultear de querusa, depende de lo que el tipo o la mina elija.
AR: No pienso bultear gente para que me compre el disco.
EI: Mirá, ¿ves esto que parece un firulete en el margen del contrato? Ahí dice que si firmás estás de acuerdo con que la compañía establezca acciones de bulteado indiscriminado sin que ello pudiera motivar reclamos, quejas o voces de "eh amigo" de tu parte. Y vos firmaste. Andá a bultear.
AR: Diantres. ¿Puedo usar guantes?
EI: No veo por qué no. Cadete, tomá ocho pesos y andá a comprarle unos guantes de lana al Once a Aldo. Cuando volvés pedile a los de promociones que te den la muestra del nuevo de Metallica recién grabado y me la traés.
CT: Eeeehjejeje.
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