40 años sin Marilyn
Marilyn Monroe alimentó su propio mito de muñeca sexy, pero al mismo tiempo fue una chica que sólo quería divertirse, una mujer atormentada, una señorita caprichosa. Hoy, a exactas 4 décadas de su muerte, repasamos algunos hechos clave de su vida
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Todos saben cómo termina esta historia. Con ella muerta un 5 de agosto de 1962, en su cama, y el mundo estallando en versiones conspirativas: suicidio, negligencia, el FBI, la CIA, los Kennedy.
La única verdad es que el cuerpo deseado por más hombres al mismo tiempo en los años 50 volvió, polvo al polvo. Y si no fuera porque su ex marido y beisbolista Joe Di Maggio murió en 1999 sin volver a pronunciar el nombre de Marilyn en vano, ella tendría hoy, allá en su tumba, una visita y un ramo. Pero él está muerto, y ella también, y lo que quedan son biografías, pedazos de Internet, gente que cuenta cosas. Di Maggio impidió a la prensa asistir al funeral discreto, se abrazó al cuerpo muerto de su darling y mientras la besaba en los labios (maquillados por Allan Snyder, amigo al que ella le había hecho prometer que, si pasaba lo que pasó, se ocuparía de darle el aspecto que mejor sabía y más le gustaba), mientras la besaba en los labios, decíamos, susurró cariño, te amo. Y lloraba como un hombre.
Dicen que Di Maggio fue el único que la amó sin condiciones. El hombre al que ella recurría cuando necesitaba. Siempre necesitaba. Joe Di Maggio le pegaba. Duro. Pero de cosas así está repleta la vida de la señorita Monroe.
La estrategia
Nació en Los Angeles el 1º de junio de 1926, hija de la soltera Gladys Baker y de un padre que pudo haber sido cualquiera de los varios amigos de su madre. Norma Jeane –ése era el nombre original–, a los días de haber nacido fue dada en adopción a los Bolender, una familia para la que el cine era pecado y con la que vivió siete años.
A ese primigenio acto de abandono se le sumó la pérdida de su perro Tippy, muerto bajo las balas de un vecino al que molestaba con sus ladridos. Su madre, Gladys, fue internada en una clínica psiquiátrica y Norma Jeane quedó al cuidado de una amiga de su madre, Grace McKee, que nunca cumplió su promesa de adoptarla. Pasó por tres orfanatos. Cuando fue actriz consagrada, esos orfanatos se transformaron en cinco, diez, doce. Sabía que la historia de la infancia desvalida surtía efecto en el público y la prensa.
Después de una carrera rápida como modelo (cierto fotógrafo la descubrió en la fábrica de paracaídas donde trabajaba), Marilyn aterrizó en los estudios de la Fox en 1946, pero tuvo que haber escándalo para que su nombre empezara a sonar.
En 1949, un fotógrafo llamado Tom Kelley le había hecho tomas para un almanaque: desnuda sobre terciopelo rojo. Estaba filmando para la RKO una película a las órdenes de Fritz Lang (Clash by night), en 1952, cuando alguien llamó al estudio: “Adivinen quién es la chica del almanaque”.
Los ejecutivos de la Fox la interrogaron. Ella contestó: “Sí, soy yo, aunque siempre pensé que Tom (Kelley) no encontró mi mejor ángulo”. Entonces, la maquinaria Marilyn entró en funcionamiento. Antes de que la historia pudiera volverse en su contra, concertaron una entrevista con Aline Mosby, periodista de United Press International, y al terminarla, en tono de confidencia, Marilyn le tomó el brazo y le dijo: “Aline, cariño, tengo un problema y no sé qué hacer.
Hace años, cuando no tenía dinero para comer, un fotógrafo me pidió que posara desnuda para un calendario artístico. Gané 50 dólares que necesitaba desesperadamente. Nunca pensé que pudieran reconocerme, y ahora dicen que esto arruinará mi carrera. Necesito tu consejo. Quieren que niegue que soy yo, pero no puedo mentir. ¿Qué puedo hacer?” Al otro día, Los Angeles Herald publicaba en primera plana: “Marilyn Monroe reconoce que es la rubia del calendario”. Sólo alguien muy poco compasivo podía censurar a una pobre huerfanita, sorprendida en su buena fe.
Años más tarde, en rueda de prensa para anunciar la producción de la película El príncipe y la corista, un fino bretel de su vestido se rompió. Ella, sin inmutarse, reclamó un alfiler y lo emparchó. El bretel se soltó todavía dos veces más. Al otro día su foto y la noticia de la filmación de la película estaban en primera plana. El episodio del bretel había sido astutamente planeado en bambalinas.
Marilyn sabía arrear a su rebaño
En los primeros años de su carrera, la internaron para operarla de apendicitis. Al levantar la sábana en el quirófano, el doctor Marcus Rabwin se encontró con esto: Marilyn se había pegado una carta sobre el abdomen.
“Doctor Rabwin, es muy importante que lea esto antes de la operación. Corte lo menos posible. Sé que pensará que es por vanidad, pero le aseguro que no se trata de eso. Por favor, salve lo que pueda. Usted tiene hijos y debe saber lo que significa. Por favor doctor Rabwin, en nombre de Dios, querido doctor, no me quite los ovarios. Vuelvo a rogarle que haga todo lo que pueda por evitar que queden cicatrices grandes. Gracias de todo corazón.” Tenía un cuerpo del que se sentía orgullosa, y que usaba con olímpica intención. Sus escotes bajaban hasta la cintura, se hundían con envión en lo profundo de su espalda.
Le gustaba que la miraran, jugaba el papel de niña candorosa en tremebundo envase. En 1961, cuando el fotógrafo Douglas Kirkland de la revista Look le hizo unas fotos, ella se deslizó bajo sábanas de seda, se quitó la ropa y empezó a posar. Al rato pidió que se fueran todos del estudio: “Quiero estar sola con este chico, creo que así todo saldrá mejor”. Kirkland recordó que ella lo sedujo todo el tiempo, que lo hizo sentar en la cama, a su lado, “dejando en claro lo que quería decir y qué estaba ofreciendo”.
Asegura que nada pasó, y después, cuando le mostró el resultado, ella eligió las fotos que “le gustaría mirar a un camionero, la idea que puede tener un hombre así de cómo puedo lucir yo entre sábanas de seda blanca”.
Prodigarse. Eso quería. Y si bien las generosidades del alma eran bien vistas en la industria, las del cuerpo eran un poco menos aceptadas.
Los maridos
Ella fue infiel, tuvo novios, amantes, amigos, compañeros. Pero maridos tuvo tres. A todos los llamó Daddy: papi.
El primero fue James Dougherty, con el que vivió cuatro años, desde sus dulces 16.
En 1954, se casó con el campeón de béisbol Joe Di Maggio. El matrimonio duró nueve meses. En 1956, se casó con Arthur Miller. Se divorció en 1961.
Dougherty la humillaba señalándole sus ineptitudes como ama de casa. Miller la trataba como a una nena. Di Maggio quería que se dedicara a ser esposa, ama de casa y madre de sus hijos. Ella debía quererlo, porque a veces le decía que sí. Cuando en La comezón del séptimo año se filmó la escena del vestido blanco volando alrededor, Di Maggio estaba ahí. Vio a su mujer mostrando bombachas para todos y esa noche, en privado, la molió minuciosamente a golpes. Ella pidió el divorcio dos semanas más tarde, pero nunca dejaría de estar cerca de Joe Di Maggio.
Después se casó con Arthur Miller, intelectual de izquierda, dramaturgo serio. Un día encontró una libreta de anotaciones de Miller, en la cual él habría mencionado cierto temor a que su creatividad se viera afectada por las demenciales demandas emocionales de ella. En 1961 se divorciaron.
Pobre artista pobre
“Después de todo, soy una mezcla de sencillez y complejos.” Eso decía de sí misma. Y entre esa sencillez y esos complejos, su relación con los estudios de filmación era difícil. En la última entrevista que diera en su vida, a la revista Life, en junio de 1962, Marilyn decía: “El público no sabe cómo este mundillo trata a su estrella. Como cuando hice Los caballeros las prefieren rubias. Jane Russell era la morocha y yo la rubia. Ella ganaba 200.000 dólares por su rol, y yo 500 por semana. No me dieron ni un camerino. Yo dije que era mi derecho. Después de todo, yo era la rubia de Los hombres las prefieren rubias. Ellos repetían que yo no era una estrella”.
Se hizo fama de llegar tardísimo al set sin saberse la letra, presa de un repetido ataque de inseguridad que la hacía repetir escenas agotando la paciencia de técnicos, directores y actores. Hizo La comezón del séptimo año y, en 1958, Una Eva y dos Adanes, en ambas dirigida por Billy Wilder. Wilder dijo que desde la Garbo no había visto otra actriz que tuviera ese voltaje en la pantalla. Pero también dijo, cuando alguien le preguntó si volvería a filmar con la señorita Monroe, que su médico se lo desaconsejaba y que ya era demasiado viejo y rico como para tener que pasar por eso otra vez.
La quebradiza sensibilidad de Marilyn se pulverizaba ante cualquier síntoma de rechazo. En una especie de diario que llevaba por consejo de su analista escribía cosas así: “Mi problema de desesperación en el trabajo y en la vida... Debo empezar a enfrentarlo, haciendo de mi rutina de trabajo algo más constante y más importante que mi desesperación”.
Sus demoras la hicieron sentir terriblemente culpable cuando después del rodaje de Los inadaptados, con dirección de John Huston, Clark Gable, su compañero de rodaje, falleció. “Dios mío, lo hice esperar durante horas en ese rodaje.” Desde 1947 hasta 1954, Marilyn hizo 24 películas. De 1955 a 1962, cinco. En 1954, empezó a tomar somníferos debido a los problemas para dormir que le causaban los continuos viajes en avión. Ya no pudo vivir sin su Nembutal.
Me quieren volver loca
En febrero de 1961, la crítica destrozó dos de sus películas (Los inadaptados y El multimillonario). Empezó a encerrarse en su casa y a tomar pastillas. Su analista, Marianne Kriss, la internó engañada en el pabellón psiquiátrico del hospital de Nueva York. La encerraron bajo llave en una habitación acolchada.
En una carta que le escribió a Greenson –su analista desde 1960, al que veía cuatro y cinco veces por semana, y hasta más de una vez por día– cuenta: “Me preguntaban –los médicos y enfermeras– por qué no era feliz allí (todo estaba bajo llave, la luz eléctrica, los cajones de las cómodas, los cuartos de baño, los armarios, y las puertas tienen ventanucos, para que los pacientes resulten visibles en todo momento). Respondí: Bueno, si me gustara estar aquí estaría loca”.
Finalmente, llegó la caballería bajo la forma de Joe Di Maggio, que la sacó bajo amenaza de tirar abajo el edificio.
Ser maravillosa
Durante la filmación de Something’s Got to Give, en 1962, dirigida por George Cukor, Marilyn se enfermó de sinusitis, pero le costó convencer al estudio de que su fiebre no la dejaba trabajar.
Los de la Fox le enviaron un médico que dijo que no obligaría a trabajar en ese estado “ni al cocker de la película”. El 19 de mayo de ese año, viajó a Nueva York para cantar en el cumpleaños del presidente Kennedy. Llegó tarde. El presentador de turno, Jack Benny, la presentó como La retrasada Marilyn Monroe. En castellano suena mal, pero en inglés suena peor: the late se aplica a los que llegan tarde, pero también a los difuntos.
En su última entrevista para Life dijo: “El ser sex symbol se convierte en una cosa y yo odio ser una cosa. No me considero una mercancía, pero estoy segura de que mucha gente lo ha hecho. Tal vez hablo como víctima, pero creo que lo he sido”.
Ernesto Cardenal, cura y poeta nicaragüense, escribió la Oración por Marilyn Monroe: “Señor, / recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe/ aunque ése no era su verdadero nombre/ (pero tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años/ y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)/ y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje/ sin su agente de prensa/ sin fotógrafos y sin firmar autógrafos/ sola como un astronauta frente a la noche espacial”. Ella lo dijo fácil, y también bonito: “No me importa el dinero. Sólo quiero ser maravillosa”.
EN LA RED
¿Se imaginan a la rubia platinada más sexy de todos los tiempos con la cara cubierta de arrugas? Cuesta esbozar en nuestras mentes el rostro de la vejez de una de las mujeres más glamorosas del siglo XX, que fue capaz de conquistar los corazones de los prestigiosos Billy Wilder, Frank Sinatra y Joe Di Maggio, entre otros.
Pero quizás así se vería de haber llegado a la vejez. De hecho, algunos internautas se animaron a imaginar su cumpleaños número 75 y le dedicaron una celebración virtual en www.geocities.com/sugar19509/index.html y www.marilyncollector.com/legend/mmbirthday.html )
Su muerte, un misterio
Hipótesis pasional: Marilyn Monroe se suicidió al comprobar que ni Robert ni Bob Kennedy estaban dispuestos a romper sus matrimonios para formar pareja con ella.
Hipótesis conspirativa: en épocas de la Guerra de Fría, Rusia abona la teoría de que la CIA ordenó su asesinato para desvincularla de la familia presidencial. Para profundizar en esta hipótesis, nada mejor que las 90 páginas de un informe del FBI que se publica en www.marilynsplace.net
Hipótesis mafiosa: Marilyn, que mantuvo relaciones amorosas con dos líderes de la mafia norteamericana, fue víctima de una estrategia que este clan tejió para desprestigiar a los Kennedy.
Hipótesis biográfica: una infancia signada por el abandono, sucesivos fracasos amorosos y el deseo frustrado de ser madre la conducen a la trágica decisión de tomar un frasco entero de tranquilizantes la noche del 5 de agosto de 1962.
Vida y obra
Su participación en más de treinta producciones cinematográficas y las peripecias de una tormentosa vida sentimental, son objeto del relato en cinco idiomas que propone su sitio oficial ( www.marilynmonroe.com ).
Además, quien quiera conocer los sueños y deseos de la diva los encontrará en la página que postula su eternidad y vigencia ( www.eternallymarilyn.net ).
De colección
Días antes de morir, Marilyn diseñó un nuevo testamento en el que estipuló que sus pertenencias personales quedarían en manos de Lee Strasberg, su maestro de actuación en el Actor´s Studio . Años después, estos fueron subastados por la casa Christies en cifras millonarias y algunos de ellos se exhiben en la página de su museo .





